Capítulo 5 #3
Allí estaba la nena de cabello rubio irlandés decidiendo si llevaría su suéter celeste o su suéter púrpura a los cuentacuentos de esa tarde en la librería de los Harper.
Fiona se detuvo ante la puerta de su habitación cuando la vio debatiéndose, y con sus nudillos le dio un par de golpes a la puerta abierta. La niña giró para verla con curiosidad.
—¿Ya estás lista?
—Casi —bajó sus ojos verdes profundos al par de abrigos tirados sobre la cama—. Aún no me decido por uno…
—Celeste —sugirió la madre—. Date prisa.
Pasaremos primero por el conservatorio antes de ir a la librería de tu nueva amiguita —desapareció en un par de segundos dejando a la niña con la tarea de terminar de vestirse y avanzó hasta la habitación contigua, donde estaba Rory con una consola de videojuego en las manos, concentrado en lo que sea que estaba viendo en la pantalla.
Fiona repitió el gesto del par de golpes en la puerta, pero con su hijo mayor tuvo que ser más enfática.
—¿Sí, mamá? —dijo al fin quitándose uno de los audífonos.
—Hola —le sonrió con suavidad y él le correspondió el gesto—.
Llevaré a tu hermana al conservatorio justo ahora y luego a escuchar cuentos en una librería cerca de aquí…
—Le hizo una mueca cómica—. ¿No te gustaría acompañarnos?
Creo que Rowan se sentirá más segura si vas con ella…
Además, contigo se comunica de maravilla y, si hay algo que le guste o no, no dudará en decírtelo.
—Está bien —se incorporó dispuesto y se deshizo de la consola—. Iré con ustedes. Esa idea del conservatorio me gusta mucho .
—¿No me digas que también te interesa la música? —Rory rio al ver cómo su madre palidecía un poco. Imaginó que para Fiona era una responsabilidad económica considerable asumir los posibles gastos de Rowan en caso de que se decidiera por algún instrumento.
—No sé —se rascó un poco detrás de la oreja—. Me parece que la música no es lo mío.
No lo reconocería delante de su hijo, porque no quería hacerle un desaire, pero respiró aliviada.
El Harmony Theatre apenas daba lo suficiente para mantenerse, por lo que Fiona, que trabajaba como administradora municipal, tenía una responsabilidad económica significativa no solo al hacerse cargo de sus hijos, sino también de algunos asuntos de sus padres.
Eso la hizo pensar, fugazmente, en la posibilidad de que Rowan se inclinara por el piano, motivada por su nueva amiguita, y sintió un poco de nervios.
Es cierto, en la buhardilla había un piano viejo que Moira siempre se aseguraba de mantener afinado.
Por mucho tiempo estuvo sobre el escenario del teatro y, una vez dispusieron usar el espacio como sala de cine, fue mudado a la «residencia» de los Gallagher, pero…
¿Esa reliquia sería suficiente para que la niña aprendiera?
De no ser posible esa alternativa… ¿Cuánto podría costar un instrumento de semejantes características?
Sacudió la cabeza de un lado a otro haciendo un esfuerzo para no anticiparse a los acontecimientos y en menos de cinco minutos, Fiona y sus dos hijos ya subían al auto para visitar el conservatorio.
Cuando la madre giró la cabeza para cerciorarse de que Rowan se pusiera el cinturón de seguridad, constató, perpleja, que la niña había ignorado su sugerencia de vestir el suéter celeste, poniéndose el púrpura.
Suspiró girando un poco los ojos y puso el vehículo en marcha.
El conservatorio de la ciudad funcionaba en un edificio que podía ser pariente, arquitectónicamente hablando, del Harmony Theatre.
Se trataba de una gran casa de tres pisos, de estilo victoriano, con enormes ventanales alargados y escalinatas de madera que crujían todo el tiempo bajo los pies.
La señora Blackwood salió al encuentro de Fiona y de sus hijos en el vestíbulo de ese recinto, iluminado por una enorme cúpula de cristales en el techo, que permitía el paso de la luz natural.
En torno a esa estancia circular, las escalinatas que conducían a los pisos superiores describían zigzags que se abrían hacia pasillos a un lado y al otro.
Al principio, Rowan sintió fascinación. Encontrar similitudes en la mampostería y en las molduras con el teatro de su abuelo la entusiasmó, pero una vez comenzó a ver a niños de su edad y a otros un poco más grandes, transitar de un lado a otro llevando consigo sus instrumentos, se sintió nerviosa y no solo tomó la mano de Rory, también se escondió un poco detrás de él.
—Está bien —susurró el chico, dulce—. No pasa nada, te vas a divertir.
Distraerse con la silueta de la señora Blackwood la sacó un poco de su timidez inicial.
Aquella mujer regordeta llevaba un moño alto muy apretado que parecía estirar de una forma graciosa su cara.
Su cabeza tenía forma de globo, ni más ni menos.
La directora del conservatorio le hablaba a Fiona con pasión acerca de todas las posibilidades que tendría Rowan para escoger un instrumento, al tiempo que le explicaba cuáles serían las características de su formación y con qué asiduidad debería asistir a sus clases.
Uno de los primeros salones que visitaron fue el de piano y allí, un grupo de unos diez o doce niños, ya estaban de pie junto a sus banquillos, guardando sus partituras para volver a casa por ese día.
Fiona escuchaba con atención las recomendaciones de la señora Blackwood acerca de ese instrumento y por qué podría ser una opción más que conveniente para que la niña se iniciara en el mundo de la música, mientras la cabecita de Rowan no hacía más que pensar y pensar en su nueva amiga.
Haló un par de veces la camiseta de su hermano, que se inclinó un poco para estar a su altura y allí le confesó:
—Mi nueva amiga toca piano.
—¿Y quieres aprender piano como ella?
Rory miró cómo los ojos verdes profundos de Rowan se desviaban de nuevo al interior de ese salón, detallando los rostros serios de cada uno de esos chiquillos.
—No lo sé. ¿Crees que Indie se decepcione si elijo otro instrumento?
—No debería —dijo sonriendo—. Me parece que un amigo de verdad debe alegrarse por tu decisión y respetarla.
—Además —añadió la chiquilla en voz baja—, ¿y si no soy tan buena? —Rory le sonrió con un gesto condescendiente—. Índigo es muy buena con el piano… Y yo no sé si…
—Hey —le puso la mano en uno de sus pequeños hombros—. Elige el que más te guste a ti, Rowie. Todos en casa te apoyaremos y sé que tu amiguita también lo hará.
La nena se quedó pensativa y ya la señora Blackwood tenía una pregunta para ella, mientras Fiona la miraba con un gesto nervioso.
—¿Y bien, Rowan? —La niña puso sus ojos en los de esa mujer de moño y expresión cómica—. ¿Te gustaría audicionar para el piano? ¿Quisieras empezar con este instrumento?
—Prefiero ver otros —dijo en tono suave y la mujer, sonriente, respetó su decisión.
Le pidió a los Gallagher que la siguieran.
Algunos pasos más tarde llegaron al salón donde se encontraban los estudiantes de violín y a la niña el sonido de ese instrumento le pareció, al instante, un lamento.
Su sonido melancólico la hizo pensar de inmediato en la música triste que escuchaba en muchas de las películas de su abuelo, pero no.
No se imaginaba para nada tocando una cosa como aquella.
Continuaron el recorrido y las opciones se iban agotando, hasta que al llegar al tercer piso, al pasar por una puerta apenas entreabierta, Rowan escuchó un sonido resonante, profundo, que se sintió en su pecho.
Fiona, la señora Blackwood y el mismo Rory continuaron avanzando sin reparar en la niña, que se había detenido para asomar con timidez su carita a través del resquicio de la puerta.
Allí, en el medio de ese salón completamente vacío, vio a un hombre de cabello blanco manipulando con suma pasión un contrabajo, del cual emergían las notas del Concierto número 2 de Giovanni Bottesini [23] .
No se dio cuenta cuándo, a su rostro pecoso, le siguió el resto de su cuerpo y ya estaba allí, de pie en ese salón, mirando con curiosidad el gesto de fascinación de aquel sujeto y cuán rápido se movía su mano, sus dedos, sobre las cuerdas.
—Qué grande es —susurró la nena refiriéndose al contrabajo.
No pasó mucho tiempo para que Fiona, seguida de la señora Blackwood, se asomara a esa sala en la que solo estaba ese hombre tocando, bañado por la luz generosa que se colaba por una hilera de altos ventanales.
—¡Rowie! —musitó sin ánimos de interrumpir, pero la niña no la escuchó o fingió no hacerlo—.
¡Rowie! —dijo un poco más fuerte y la señora Blackwood tomó con delicadeza su hombro.
Cuando Fiona se volvió para poner sus ojos grises sobre el rostro de esa mujer, ella le pidió con un gesto sutil que esperara un poco para no interrumpir al músico y algunos minutos después, con el final de su interpretación, la madre recuperó el habla—: ¡Rowan!
—La niña volteó, pero no solo ella: también el contrabajista del fondo—. ¡Ven! ¡No debes entrar ahí sin permiso!
—¡Ese! —Señaló sin titubear el instrumento ante la mirada atónita de la señora Blackwood—. Quiero aprender a tocar ese.
—Cariño —intervino la directora del conservatorio mientras la madre solo balbuceaba—, ese es un contrabajo y… —Rio con gentileza—, bueno… Es demasiado grande para ti.
Rowan frunció el ceño y bajó la mirada, jugueteando con la costura de su manga. Fiona estaba a un tris de tomarla por la mano para sacarla de allí, cuando se escuchó la voz del sujeto al fondo:
—¿Así que te gusta el contrabajo? —La niña lo miró con un brillo de esperanza en sus ojos profundos—. ¡Ven acá, chiquilla! —Rowan volteó la cabeza, miró los ojos grises de su madre que vibraban inquietos y dirigió de nuevo su atención hacia el contrabajista que repitió, en tono dulce—: ¡Ven!