Capítulo 5 #2
Después de ver Nosferatu desde las alturas, tanto Rowan como Indie cambiaron la última fila del teatro por el gran balcón.
Allí, sentada en una de las butacas delanteras, la nena rubia veía con curiosidad cómo la hija menor de los Harper se agachaba y asomaba sus ojos por cada una de las máscaras de bronce que decoraban la balaustrada.
Abajo, la sala se iba llenando de a poco para la primera función de ese día.
—… Así que papá y mamá intentarán convencernos mañana de que escojamos otro libro para formar el club.
—No es mala idea —reconoció Rowan con desencanto.
—¿En serio? —Indie se incorporó y giró para verla asombrada. No se podía creer que la niña vampiro se rindiera tan fácilmente.
—Sí —se encogió de hombros—. Verás, ya no tengo el libro.
—¿De verdad? —Corrió a sentarse a su lado para saber más detalles—. ¿Por qué?
—Mi mamá me lo decomisó —admitió con vergüenza—. Estuvo ordenando mi cuarto el fin de semana, revisando todos los libros que tenía en él y… pues… Descubrió que le había quitado el libro a mi hermano Rory.
—¿El libro era de tu hermano?
—Sí —por un momento sintió que al enterarse de todo aquello, Índigo ya no tendría interés en ser su amiga, pero la franqueza era natural en ella, así que prosiguió a pesar de las posibles consecuencias—: Hace semanas unos amigos de Rory vinieron a la casa, estuvieron jugando en el cuarto de mi hermano y luego tomaron la merienda mientras yo estaba en la mesada de la cocina haciendo los deberes.
—Indie la miraba con atención—. Escuché que uno de ellos comenzaba a hablar del libro y a contar algunas cosas…
—Miró a la otra con emoción—. ¿Sabías que uno de los relatos habla de una chica que puede escuchar voces a través de una cajita de música ?
—¡No! —La emoción fue compartida. Índigo alzó la mirada con determinación—. ¡Debemos recuperar ese libro!
—El mismo chico le prestó el libro a mi hermano y… —Volvió a conectar con la vergüenza—. Y unos días más tarde, lo tomé de su escritorio —miró de inmediato a Indie—. ¡No lo robé! ¡No creas! ¡Mi intención siempre fue devolverlo!
—Lo sé —le sonrió—. Yo también le robo… —Se aclaró la garganta—. Es decir, yo también le pido prestadas cosas a mi hermana y siempre se las devuelvo… —Se quedaron pensativas—. Sobre todo cuando ella descubre que las tengo.
—Bueno —musitó—. Mamá encontró el libro y se lo devolvió a Rory. Él ni siquiera recordaba que lo tenía. Así que… ¡Ya no tengo el libro con el que formaríamos el club y…! —Hundió más su cabecita en su pecho—. Y yo no sé si después de todo te interese tener un club conmigo.
—¡Sí! —Le tomó la mano de inmediato. Se miraron a los ojos y se sonrieron—. Siempre podemos formar un club de cualquier cosa, ¿sabes?
Rowan sintió felicidad y alivio, así que no perdería a su única amiga después de todo… ¿A que era dulce la vida?
—Hay tantos clubes… —continuó Indie, en el fondo también aliviada, ya no tendría que enfrentarse a sus padres por su empecinamiento—. Hay clubes para jugar a las cartas, clubes para jugar al ajedrez, clubes para hornear galletas…
—Clubes para bordar…
—Bordar es aburrido.
—Cierto —recapacitó—. Clubes para ver películas…
—En ese preciso instante la luz de la sala comenzó a bajar, anunciando el comienzo de aquella función.
Rowan e Indie se vieron a los ojos en la penumbra.
La luz del reflector proveniente del cuarto de proyección matizó un brillo en su mirada—. ¡Un club para ver películas, eso es!
—¡Sí, sí! —La tomó de la mano y con cuidado, debido a la relativa oscuridad, fueron a las sillas que se encontraban en el centro del palco, en la primera fila—. ¡Me encanta este club de ver películas…! —La sala se quedó en la más absoluta oscuridad por instantes—. Pero… ¿Qué veremos?
El característico coro de voces masculinas de los créditos de apertura de Brigadoon [21] se escuchó en toda la sala e Indie se quedó perpleja al oír aquello.
—¡ Brigadoon ! —exclamó Rowan a los susurros y se inclinó hacia delante en la silla, apoyando sus bracitos en el barandal—. ¡Lo había olvidado! —Volteó a ver a Indie con una sonrisa como pocas—. ¡Es una de mis favoritas!
—¿Sí? —Escuchar el coro mencionando el nombre del mítico poblado se convirtió para ella en una memoria auditiva que, sin imaginarlo, la acompañaría toda su vida.
Comenzó a tararearlo con suavidad al escuchar el estribillo por segunda vez, a pesar de que era la primera vez en su corta vida que oía esa melodía.
—¡Sí, sí! —Rowan le hablaba cerca del oído, no quería causar molestias en la función de su abuelo otra vez—. Es un pueblo encantado que solo aparece cada cien años…
—¡Un pueblo encantado! —¿Qué podía haber mejor que eso?
—¡Verás!
Encimadas sobre la estructura de metal del balcón, no le quitaron la vista de encima a la pantalla. El resplandor reflejado en sus caritas iluminaba sus sonrisas. Esa tarde de viernes, Índigo Harper descubrió algo que hasta ahora ignoraba: que podía amar los musicales.
III
Do sostenido, fa, sol sostenido, do sostenido agudo, si bemol, sol bemol y fa.
Do sostenido. Nada más escuchar ese sonido brotando del instrumento tras presionar la tecla del piano vertical de la librería, le hizo esbozar una sonrisa.
Supo, pues, que iba por buen camino. Tarareó la melodía que no había logrado sacar de su cabeza y dedujo, sin temor a equivocarse, que se trataba de un fa y de allí, certera, saltó a un sol sostenido.
Ya tenía en sus manos los acordes de la primera mitad de ese estribillo que, como un encantamiento, se paseaba una y otra vez por sus recuerdos.
Dudó un poco, pero apenas subió al do sostenido agudo, corroboró que seguía andando por la senda correcta y de nuevo se detuvo a tararear, acompañando cuanto modulaba en sus pequeños labios con las teclas que había tocado al principio. Al seguir con su suave canturreo, reflexionó:
—Es un bemol, me parece…
Si bemol, sol bemol y volvió sobre fa. Estaba absolutamente feliz, no demoró ni cinco minutos en descifrar la melodía que bailaba en su cabeza desde la tarde anterior. Allí, hipnotizada, intentó sacar el resto de la canción, basándose en su memoria.
Como era de costumbre, Claire estaba atareada.
Los sábados solía haber mucho trabajo en la librería, porque no solo tenían la tarde de actividades con los niños; por la mañana también había un encuentro con los abuelos del vecindario, en el que Lucas les narraba otro tipo de historias, mientras ellos, risueños o somnolientos, le escuchaban.
A pesar de todos los quehaceres que tenía por ese día, no pasó por alto la insistencia de Indie con esa melodía que repetía una y otra vez y frunció el ceño, intrigada.
—Indie… —dijo en voz alta, pero la chica no la escuchó—. Índigo —seguía sonando el piano, la chica no se daba por enterada—. ¡Índigo Harper!
—¿Sí, mamá? —dijo con voz cansina.
—¿Es esa la pieza que la hermana Margaret te pidió que tuvieras lista para la semana que viene?
La nena resopló con hastío.
—No, mamá —su voz sonó plana.
—¿Y por qué no estás estudiando tu lección? —Esta vez le habló asomando la cabeza por detrás del mueble que separaba la sección infantil del resto de la librería.
—Porque no quiero —replicó sin temor a las reprimendas—. No puedo sacarme esta melodía de la cabeza y no puedo concentrarme en Burgmüller [22] ahora.
—Me parece que ya has invertido mucho tiempo en esa cancioncilla, Indie y no has aprovechado la mañana como deberías —la niña se cruzó de brazos, enojada—.
Deja ya la melodía y comienza a trabajar en el estudio que la hermana Margaret te asignó —Claire dio un par de toques con el dedo a la partitura abierta, allí donde se encontraba La caza de Burgmüller—.
Ya podrás volver después sobre esa improvisación cuando termines con tu lección.
¡Adelante! —La chiquilla alzó sus ojos hasta su madre.
Se disponía a suplicar, pero ella no le dio tregua—: ¡Sin quejas!
Respiró hondo y, de muy mala gana, comenzó a repasar su lección.
De cierta manera, la hermana Margaret la había retado con esa asignación.
Mientras a algunas de las estudiantes les había encomendado La inocencia , a ella le tocó La caza.
Su maestra consideraba que la pequeña confiaba demasiado en su talento, pecando de arrogante en clase.
Si lograba tener lista la lección a tiempo, le cerraría la boca a su maestra, sin lugar a dudas, pero…
—¡No quiero estudiar! —Lloriqueó un poco cubriendo su rostro con sus manitas. Emily la miró acongojada al bajar las escaleras y se acercó a ella.
—Hey… —La nena no abandonó su actitud de hastío—. ¿Qué tienes?
—Nada —dijo sin descubrir su rostro.
Emily se inclinó un poco hacia delante y reparó en lo que estaba sobre el piano.
—Así que La caza , ¿eh? —Suspiró—. Creo que la hermana Margaret te odia, Indie.
—Lo sé —gimoteó descubriendo un poco su rostro. Emily se sentó a su lado.
—Déjame ver… ¿Cuánto llevas?
—Las primeras dos líneas… —Comenzó a tocarlas a regañadientes y de inmediato la hermana la corrigió:
—No corras, no corras —la nena obedeció—.
Eso es, muy bien. Ve despacio, marca cada nota y no te apresures —la supervisó por algunos minutos, le pareció que la chica tenía el talento de sobra para avanzar con buen ritmo—.
Eso es —le dio un par de palmaditas suaves en la espalda—, sigue así, vas mucho mejor…
Trata de adelantar lo más que puedas, hoy es tarde de cuentacuentos y tu amiguita vendrá de visita, así que no querrás perderte la diversión, ¿verdad?
Índigo sintió que aquel recordatorio se convertía en una motivación poderosa y, concentrándose al máximo en su lección, se despidió de Brigadoon por el momento. Después de todo, Rowan bien que valía el esfuerzo.