No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Ambas niñas sofocaron la risa. Se cubrieron los rostros con sus manos e hicieron todo lo posible por contenerse, a sabiendas de que, de armar ellas un escándalo, el abuelo Cormac sería el primero en reprenderlas.

Tras aguantarse por segundos que se hicieron minutos, coloradas por el esfuerzo, volvieron a retomar la película en el preciso momento en el que Hutter [19] , en su habitación, siente la presencia del vampiro y, al abrir la puerta, puede ver la siniestra estampa de Nosferatu acechando.

Aquella escena fue más de lo que Índigo, presumiendo valentía, pudo soportar y se cubrió los ojos con sus manos, aterrada.

—¿Segura de que no tienes miedo? —susurró Rowan a su lado, hasta ella, que ya había visto la cinta varias veces, se asustaba un poco con el vampiro al acecho.

—Ya no estoy tan segura —dijo casi lloriqueando—, pero papá no puede saberlo… —Tomó a Rowan por los hombros y la sacudió un poco—. ¡Prométeme que no se lo dirás!

—¡Indie la cobarde! —dijo y se le escapó la risa.

Ambas niñas rompieron a reír y, conscientes de la que se armaría de ser descubiertas en sus carcajadas, salieron disparadas de sus sillas hasta la puerta que daba acceso al gran balcón y de allí, a las escaleras.

Una vez de regreso al vestíbulo del teatro, como si se tratase de una pequeña estampida, le dieron rienda suelta a su impulso y armaron un escándalo digno de verse y oírse, sujetándose el abdomen con las manitos, tratando de mitigar el dolor que les producía cada nueva risotada.

Rowan Luna no recordaba haber reído así jamás en su vida y Fiona Gallagher, que en ese preciso instante estaba de regreso en el Harmony, se quedó de piedra al ver a su hija conducirse con semejante naturalidad, con esa deliciosa espontaneidad.

¿No se supone que hace solo unos días había recibido una llamada de la señorita Rayburn para comunicarle que la pequeña tenía problemas para relacionarse con otros niños?

Y esa chiquilla regordeta y hermosa, de risita contagiosa y de ojos brillantes, ¿de dónde había salido para robarle esas carcajadas a su pequeña Rowie?

A la contemplación de la inusual escena se sumó Moira, que estaba distraída en la caramelería; Cormac, que abandonó la sala de proyecciones para saber quién osaba perturbar con semejantes risas el clima tenebroso de su película, y Emily, que además irrumpió en el vestíbulo de una forma graciosa, tras salir disparada de detrás de las cortinas que conducían a la puerta del palco, después de descubrir que otra vez, en uno de sus descuidos, la traviesa Indie se le había esfumado.

—¡Vaya por Dios…! —musitó Cormac rascándose la nuca abismado, mirando de soslayo la expresión irresoluta de Moira y de Fiona—.

¿Y esto? —Comenzó a sonreír contagiado por la algarabía de las chiquillas—.

Espera… —dijo reparando en Indie—. A esta pequeñita la conozco —alzó la mirada y allí estaba Emily, ligeramente pálida— y a su hermana también, sí, señor.

Dejaron que las nenas recobraran la calma y, una vez que las niñas comenzaron a resoplar, agotadas por el ataque de risa que habían protagonizado, los adultos comenzaron a pedir explicaciones:

—Rowan —quiso saber Fiona, aún confundida con todo aquello—, ¿qué es todo este escándalo? Ya sabes que no deberías interrumpir así una de las funciones del abuelo…

Cormac detuvo a su hija con un gesto de su mano y le guiñó el ojo con picardía. Ella suspiró y guardó silencio, esperando a ver cómo su padre manejaba la situación, en vista de que era él el principal agraviado.

—Así que se colaron en mi cine —dijo con un gesto bonachón. Emily se cubrió la cara con la mano, abochornada y temiéndose un nuevo escarmiento, e Indie lo miró confundida.

—¡No! —Le aseguró la menor de los Harper y Rowan la secundó de inmediato:

—¡No, no, Pops! ¡Son mis amigas! —dijo con una vocecita que a los adultos conmovió, colgándose con sus deditos del jumper tejido del abuelo—. Yo las invité, por favor… No las saques, no…

Cormac puso su mano sobre la cabecita de su nieta y le sonrió con dulzura. Se inclinó hacia delante para mirarla a los ojos, que parecían una réplica de los suyos.

—No pasa nada, nenita, pero tendrán que hacerme una promesa.

—¡La que quiera! —aceptó Índigo sin chistar, encimándose también sobre el abuelo de Rowan.

—Tendrán que estar muy calladitas allá adentro. En la sala hay mucha gente, esta es una película importante y no queremos que el público se vaya enojado, ¿verdad?

—¡Lo prometemos! —aseguraron al unísono.

—Bien… —Sonrió, se incorporó y señaló el cortinaje que cubría la puerta del gran palco—. Ahora vuelvan a la sala, que se perderán la mejor parte.

Las niñas giraron sobre sus talones felices y se retiraron, seguidas de Emily, que esquivó la mirada de los adultos, avergonzada.

—¿Qué fue todo esto? —susurró Fiona. Su padre volteó a verla con una sonrisa.

—Ya puedes llamar a la señorita Rayburn para decirle que pierda cuidado —puso sus ojos también sobre los de Moira, que, como él, sonreía—. Al parecer, Rowie ya tiene a una amiguita.