Capítulo 3 #3
—Índigo —intervino Emily sintiendo que ya era suficiente de las tonterías de esas dos por ese día—. Entrega el libro y volvamos a casa.
Rowan las miró con desilusión.
—¿Ya? —soltó espontáneamente ante la mirada indiferente de la chica de quince años—. ¿No quieren quedarse y ver al vampiro? —A Índigo se le iluminaron los ojos—. Está por empezar…
—¡Emily! —suplicó la hermana en un segundo y la adolescente se negó en el acto—. —¡Emily, por favor, por favor! —Se colgó de su suéter—. ¡Te lo pido! ¡Haré todo lo que quieras! ¡Todo! —La chica la miró, considerándolo—. Doblaré tus calcetines, ordenaré tu habitación… ¡Todo!
La adolescente miró a Rowan de soslayo. En la mirada y el gesto de la nena rubia identificó también el deseo de que accediera. Suspiró.
—¿Cuánto dura esa película, pequeña?
—Lo que duran todas las películas —dijo alzándose de hombros.
—Bien… —Acceder a la petición de Índigo fue provocar una algarabía en ella. La niña del teatro fue más comedida, pero también experimentó una emoción suprema que, a sus nueve años y con su personalidad, pocas veces había vivido.
Rowan de inmediato le dijo a Índigo que la siguiera a su escondite de siempre, pero la chica de cabello negro tenía una idea mejor:
—¿Y si la vemos desde arriba?
—¿Desde el palco? —Abrió la boca abismada.
—¡Sí, sí! Será divertido estar ahí con todas esas máscaras, ¿verdad?
A Rowan se le había contagiado el entusiasmo en un segundo.
El palco del teatro se usaba muy poco, en primer lugar porque, para desgracia de los Gallagher, nunca habían logrado un aforo tal que lo justificara, y en segundo lugar porque las vigas de madera crujían un poco, incomodando a los que estaban debajo, pero al ser solo tres personas, ¿qué problema podían causar?
La nieta de Cormac accedió a la petición de Indie y condujo a las hermanas Harper por una puerta que estaba cubierta con gruesos cortinajes.
Detrás de ella había una escalera amplia, lujosa a pesar de los años, que subía al gran balcón.
Una vez allí se encontraron con la sillería e Indie, con todo el palco solo para ella, escogió la silla de la primera fila, justo en el centro.
Se volvió para llamar con la mano a Rowan y pedirle que se acomodara junto a ella.
Emily, conservando las distancias, miró con atención cómo las niñas se preparaban para disfrutar de la película, mientras con su teléfono en la oreja se disponía a llamar a su madre para informarle de los planes que surgieron de un momento a otro y asegurarle que, una vez salieran de allí, le llamaría de nuevo para anunciarle que iban de regreso a la librería.
Una vez Claire estuvo al tanto, la adolescente se sentó tres filas por detrás de las niñas, en un puesto en el que no perdería de vista a Indie ni que lo quisiera.
En ese preciso instante, la hermanita giró la cabeza buscándola y, una vez sus ojos se encontraron, Emily le hizo un gesto amenazante con sus dedos, asegurándole así que no bajaría la guardia por nada.
A Indie poco le importó. Echada hacia delante en su silla, con los bracitos apoyados en la balaustrada, estaba asomada al gran palco del teatro desde donde podía ver a las personas allá abajo, acomodándose en sus asientos o escogiendo uno.
—Hoy hay más gente —señaló, esta vez echando un vistazo a través de los ojos vacíos de una de las máscaras de bronce que representaba la comedia.
—Sí —Rowan imitó su posición y también echó un vistazo. La máscara que cubrió el rostro de la menor de los Gallagher era la de la tragedia—. Buenas noticias para mi abuelo.
—¡Oh! —Sintió vergüenza de inmediato y se incorporó, volviendo a su asiento—. ¡Emily y yo no compramos nuestra entrada!
—Está bien —dijo y se alzó de hombros—. Yo las invité.
—¡Yo también te invitaré! —Rowan la miró de soslayo una vez regresó a la butaca—. Ahora que sé que no eres un fantasma ni nada, puedo llevarte a la librería de mis padres y podrás tomar chocolate con galletas mientras leemos o contamos historias —la vio a los ojos—, ¿qué te parece?
Eso sonaba como un plan fantástico para una niña solitaria y ensimismada como ella.
—Yo… —balbuceó—. Yo no suelo leer cosas normales para una niña de mi edad —pensó en Tom Sawyer, en la Edda prosaica y en los problemas con la señora Doyle.
—Mi papá cree lo mismo —rio recordando la observación de Lucas Harper a propósito de la novela de Christopher Pike—. ¿Y qué lees?
—Pues… —Se sintió avergonzada. ¿Cómo tomaría esa niña lo sucedido con los héroes del Valhalla?—. Pues hace unas semanas hubo un problema en la escuela —Indie la miró con atención—. Verás, conseguí un libro en la biblioteca que hablaba de los dioses nórdicos, el Valhalla…
—¡Ah, sí! —soltó con naturalidad, dejando a Rowan perpleja—. Papá cuenta cuentos de Odín, Loki y otros todo el tiempo… ¡A los niños y a mí nos encanta!
La nena rubia se quedó muda por unos segundos y la luz de la sala comenzó a bajar, anunciando así que la función estaba por empezar.
Índigo se acomodó en su silla, tomándose todo aquello muy en serio, y Rowan, muerta de la curiosidad por esa pequeña que la acompañaba esa tarde, se puso cómoda también con una sonrisa leve en los labios.
La expresión de Indie fue memorable cuando vio el primer rótulo de la película, anunciando que se trataba de una sinfonía de terror .
La música que acompañaba las imágenes, siguiendo el estilo de la partitura compuesta por Hans Erdmann [18] originalmente para el film, la envolvió por completo y su sorpresa fue suprema al descubrir que lo que veían era cine mudo.
—¡No hablan! —susurró abismada.
—No —corroboró Rowan con una sonrisa. Se miraron a los ojos—. Es cine mudo.
—¿Por qué? —No lo podía creer.
—El abuelo dice que hace mucho, mucho tiempo, cuando el cine empezó, no sabían ponerle sonido. Solo la imagen.
Índigo abrió la boca en señal de sorpresa y volvió a concentrarse en la película.
—¿Por qué alguien se llamaría Nosferatu? —Volvió de nuevo la chiquilla parlanchina hablando a los susurros—. Suena como un estornudo, ¿verdad?
—El abuelo dice que es otro tipo de vampiro o algo así.
—¡Sabes muchas cosas para ser una niña de nueve años!
—¡Y tú preguntas muchas cosas para ser una niña de nueve años! —Se vieron a los ojos y Rowan sonrió con sutileza.
La misteriosa diligencia que conducía al castillo del temible Conde Orlok en la película apareció en la pantalla y Rowan, mirando el perfil de Indie, quiso saber:
—¿De verdad no te da miedo? —La pequeña a su lado sonrió a medias.
—Nah… ¡Me alegra que tu abuelo haya decidido poner películas más divertidas!
—La miró con una sonrisa traviesa—. Creo que tu libro da más miedo que esto…
—Volteó a la pantalla. Para ese momento, el conde Orlok, con sus ojos enormes, acompañaba a su invitado en una cena muy misteriosa—.
Este vampiro solo me da un poco de risa, aunque a veces…
—Se cubrió la cara un poco con el borde del cuello de su suéter, al ver cómo aquel vampiro miraba con deseo la sangre en el dedo del protagonista—. A veces sí me asusta un poquito.
Rowan rio a los susurros.
—Estás un poco loca, niña.
—Mira quién habla… —replicó con una sonrisa—. ¡La niña que vive en un teatro encantado!
—No está encantado —protestó con una vocecita suave—. Solo… Solo habitado por historias.
—¡Y por vampiros con nombres de estornudo!
En ese momento, la luz del proyector parpadeó, haciendo que las sombras en la pantalla bailaran de forma extraña por un segundo.
—¿Viste eso? —susurró Índigo emocionada.
—Solo es el proyector… Mi hermano Rory me explicó cómo funciona… —Sin embargo, sus ojos brillaron con la misma chispa de posibilidad—. A menos que…
—A menos que el conde ese haya encontrado un nuevo hogar.
Rowan la miró con un gesto indescifrable. La nenita rubia sonrió ampliamente. En ese instante sintió, como nunca, que esa niña desconocida hablaba su mismo idioma.
Se quedaron un buen rato en silencio con sus cabecitas dando vueltas sobre mil cosas.
—Dime… ¿Conoces a alguien que se parezca a él? —Señaló al conde Orlok en la pantalla. Rowan volvió a contener la risa y meneó la cabeza a un lado y al otro—. ¡Yo sí! El señor Morel, mi profesor de francés… ¡Tiene las mismas garras!