Capítulo 3 #2
—¡Ay! —Se tomó la cara entre ambas manos con un gesto dramático—. ¿Por qué todos dicen eso? ¿Sabías que no me dan miedo las historias de terror?
—No me digas —replicó incrédulo.
—Te digo. ¡Tengo una amiga vampiro! —Tommy la miró con admiración y espanto—. ¡Y no! ¡No soy como Tommy, que duerme con una lamparita de noche!
—¡Oye! —El pequeñito de cinco años protestó, haciendo reír a los padres de Índigo.
—Lo siento, Tom… —Se disculpó la hija de Lucas, quien de inmediato le dijo con un susurro cómplice al padre—: pero es la verdad…
Lucas intercambió una mirada con Claire, puso la caja de libros en el suelo y suspiró. Cogió entre sus manos el preciado libro de su hija y lo golpeó un par de veces contra su palma.
—¿Este libro tan importante tiene algo que ver con la forma en la que desapareciste hace unos días en ese teatro viejo?
—Tal vez… —Índigo intentó por todos los medios hacerse la desentendida, pero ya debería saber de sobra que ese viejo truco podía funcionar con media humanidad, menos con sus padres—.
¿Sabías que ese teatro viejo tiene muchas sillas?
¡Y máscaras! ¡Unas máscaras que parece que siempre te están observando!
—Y una niña llamada Rowan —completó Claire mirando a los ojos a Lucas.
—Una niña que lee a Christopher Pike con una linterna en la última fila del teatro mientras pasan películas aburridas —añadió Índigo, frenética—. ¿No es eso más interesante que cualquier historia que pueda contar aquí?
—¿Sabes qué? —Lucas se agachó para estar a la altura de su hija—. Tienes razón. A veces, las mejores melodías son las que descubrimos por accidente y no las que están en las partituras…
—¿Podrías decírselo a la hermana Margaret? —Lucas rio con ganas e Índigo se colgó de inmediato de sus hombros—. ¿Entonces puedo ir? ¿Puedo ir?
—Con dos condiciones —intervino Claire e Índigo resopló un poco—. Primero: Emily irá contigo.
—¿Emily? —Casi se desmaya del aburrimiento—. ¡Pero ella está castigada! Ya saben… —Miró a los padres con complicidad y movió sus labios caricaturescamente, lanzando besos al aire.
—Segunda condición —continuó Lucas, conteniendo una risa ante las travesuras de la hija—. Tendrás que contarnos la historia completa cuando regreses… ¡La verdadera! No una de tus versiones mejoradas con vampiros y fa ntasmas incluidos.
Índigo se quedó pensativa considerando la oferta.
—¿Puedo al menos añadir unos detalles a mi historia?
—Tres como máximo —negoció el padre.
—¡Trato hecho! —Indie le arrebató el libro de las manos y lo abrazó contra su pecho—. ¡Les prometo que esta será la mejor historia que haya traído a la librería!
II
Con la promesa hecha y el libro bajo el brazo, el destino llevaba de vuelta a las hermanas Harper al viejo cine de la ciudad.
Arrastrando los pies como si fuesen de plomo, Emily divisó la fachada lateral del Harmony Theatre y suspiró.
¿Qué le hacía pensar a sus padres que le quedaban ganas de volver a poner un pie en ese lugar después de que la última vez la hubiesen echado a la calle?
Ahora que lo consideraba, más allá de la incomodidad de volver a ver al viejo proyeccionista, también pensó en Dorian Cole.
Se había armado tal escándalo en casa por el episodio de los besos y la manera en la que el chico había tratado a las hermanas Harper, que su padre fue inflexible, prohibiendo a su hija mayor volver a frecuentar a ese chico.
Desde luego, cuando rompió con Dorian, en parte avergonzada, en parte decepcionada, el muchacho soberbio y orgulloso lo tomó muy mal, recurriendo a insultos y a otros malos tratos para hacerle saber su descontento.
Era una verdadera suerte que tanto su hermana menor como ella asistieran a un colegio privado de señoritas, porque ni siquiera era capaz de imaginar el bullying que podía haber protagonizado por cortesía de ese chico de estudiar ambos en la misma escuela.
—Es un imbécil… —reconoció con los pómulos colorados, hablando consigo misma, mientras miraba con atención cómo Índigo se adelantaba por varios pasos a ella en el cruce de la esquina para llegar así a la acera de enfrente y, una vez en ella, al viejo teatro.
La niña leyó en la antigua marquesina el nombre de algunos de los títulos que estaban en cartelera aquella semana.
— Nosferatu… —musitó. Sintió curiosidad en un segundo.
Se detuvieron ante la fachada del Harmony Theatre. Emily lucía poco convencida.
—No tienes que entrar si no quieres —la tranquilizó Índigo como si leyera sus pensamientos—. Puedo ir sola.
—Ni lo sueñes —masculló cruzándose de brazos—. No volveré a estar castigada otras dos semanas por tu culpa, Indie.
—Bien —alzó los hombros—. Te prometo que si el abuelo de mi amiga intenta sacarte, te defenderé.
—Sí, claro —dijo girando sus ojos con hastío.
Avanzaron hacia el vestíbulo del teatro, Índigo caminaba a grandes zancadas, haciendo que lo que llevaba en su mochila sonara un poco a su paso. Allí estaba no solo el libro de Rowan que había ido a devolver, sino también su libreta de pentagramas y su estuche de lápices y creyones.
Una vez pasaron la entrada, la niña miró a un lado y al otro, reparando en un cartel de buen tamaño que anunciaba: «HOY: Nosferatu (1922) - F. W. Murnau».
Índigo se detuvo ante la imagen del vampiro, reparando en sus ojos expresivos, en sus profundas ojeras y, ¿cómo no? En sus colmillitos graciosos, tan inusuales en comparación con las representaciones vampíricas más contemporáneas.
—Así que sí es un vampiro… —ratificó por lo bajo, sin una pizca de miedo.
—¿Podemos ir a devolver el libro y largarnos? —protestó Emily—. Lo creas o no, debo estudiar para mi examen de matemáticas del lunes.
—No es tan simple —reconoció mirando de nuevo de un lado a otro—. Los vampiros no se muestran a todos así como así… ¡Menos que menos salen a la luz!
—¿Estás segura de eso? —dijo sonriendo con malicia mientras seguía de cerca a su hermana, que ya se encaminaba hacia las pesadas cortinas púrpura del final, las mismas que cubrían las puertas que daban acceso a la sala.
—Ay, por favor —protestó—. ¿Qué sabes tú de eso, Emily?
Apartaron las cortinas con la mano y las atravesaron, quedando en un pasillo oscuro y breve, cubierto por una segunda cortina, que aseguraba de ese modo que la claridad de la calle no entrara a la sala de cine por nada.
—Puedes esperar aquí… —sugirió la hermana menor—. Sé exactamente dónde debe estar.
—No. Ya te dije que no te quitaré los ojos de encima esta vez, así que lo que tengas que hacer lo harás conmigo pisándote los talones.
Índigo resopló con aburrimiento. Imaginó que, con la hermana merodeando, la chica misteriosa del teatro no se manifestaría así nomás y estaba ideando un plan en su cabeza para zafarse de la tutela de Emily cuando, al estar a punto de correr la segunda cortina, esta se abrió de golpe, mostrando la silueta de Rowan Luna en la penumbra.
La chica regordeta de cabello oscuro atajó un grito al igual que su hermana. No se esperaban semejante emboscada.
—¡Tú! —susurró Rowan un poco abismada al reconocer el rostro de la niña que había conocido algunos días atrás.
—¡Apareciste! —Índigo estaba fascinada a pesar de la sorpresa de la primera impresión—. ¡Qué suerte!
—¿Qué hacen aquí? —dijo sin ánimos de ser brusca, pero estaba tan poco acostumbrada a relacionarse con otros que era normal para ella caer sin querer en las imprudencias. Miró a la hermana de Índigo de arriba abajo—. ¿El abuelo te perdonó?
Emily se alzó de hombros e Indie la sacó del aprieto en un segundo:
—¡Vine a devolver tu libro! —Hizo el amago de buscarlo en la mochila y pensó un par de segundos—. ¿Vamos a un lugar donde haya más luz? ¿Puedes?
Rowan rio con suavidad. No se podía creer que aquella niña siguiera con la idea de que ella podía ser algún tipo de ente .
—No sé… —Le siguió el juego—. Podría intentarlo, pero si algo sale mal…
—¡Está bien! —Se asustó Índigo. Lo menos que quería era que su primera amiga vampiro se muriera por culpa de ella—. Iré yo para buscar mejor tu libro y volveré con él. No te muevas de aquí.
Emily se sobó las sienes con desconcierto. ¿De verdad Indie podía tragarse semejante estupidez? Aun así la siguió, atenta.
De pie junto al cartel de Nosferatu , la niña había puesto su mochila en el suelo e inclinada hacia ella, rebuscaba dentro para dar con la copia de The Midnight Club que Rowan le había entregado.
Una vez la tuvo y se incorporó, sintió una manito tibia sobre su hombro y apenas se giró, vio a la nena rubia detrás de ella, perfectamente iluminada por el sol de la tarde que entraba por las amplias puertas del vestíbulo .
Sonreía. Índigo pudo ver con absoluta claridad cuán profundos y oscuros eran sus ojos verdes, de qué color era su cabello, de un rubio irlandés inconfundible, cómo caían los mechones ondulados sobre su frente y la manera en la que cientos de pecas tomaban posesión de sus mejillas sonrosadas.
Era casi de su misma altura, un poco más delgada que ella.
—Hola.
Índigo se cubrió la cara con ambas manos en un gesto casi teatral mientras Rowan reía, despreocupada.
—El único vampiro aquí es este —señaló a Max Schreck [17] encarnando al temible Conde Orlok.
La niña de cabello negro volvió a reparar en esa figura espigada de garras enormes. Lo miró a él y de nuevo a Rowan, que se veía rozagante y llena de vida.
—Pues sí… —reconoció ante la mirada atónita de Emily—. No tienes los ojos así, ni sus garras, ni… —Miró su boca con atención, eran dos labios finos de color coral, preciosos—. Sonríe.
—¿Qué? —Casi le provoca la risa, pero se contuvo.
—Sonríe, sonríe, a ver… —Rowan lo hizo con tremenda timidez—.
¡Ahí está! ¡Tampoco tienes los colmillos graciosos de este…
—Señaló a Orlok y suspiró. No sabía decir si estaba aliviada o un poco decepcionada—.
¡En fin! —musitó encogiendo sus hombros—.
Creo que cuando les diga a mis papás que no eres vampiro, me dejarán llevarte a la librería porque no morderás a los otros niños.