Capítulo 3
I
—Y entonces… —El piano vertical de la librería se escuchó en todo el lugar, anunciando con esos acordes tenebrosos que Indie se estaba aproximando al momento culminante de su historia—: ¡El fantasma resultó ser el bibliotecario!
Los niños sentados a su alrededor sobre los cojines de colores de la sección infantil de la librería-café de los Harper contuvieron el aliento, mientras la nena volteaba a verlos, triunfal.
Levantó despacio sus dedos delgados de las teclas del piano y se giró sobre el banquillo en el que estaba sentada.
—¿Y qué pasó después? —preguntó Tommy, un chiquillo de cinco años que además era el menor de todo el grupo. Llevaba entre sus manos una taza vacía de la que antes había bebido un chocolate caliente mientras escuchaba las narraciones de Índigo.
—Bueno… —Indie se regodeó en una pausa dramática más que merecida, consciente de que los pequeños que esa tarde escuchaban sus historias estaban en el colmo del suspenso.
Alzó los ojos hasta el Kit-Cat Klock [13] , un reloj de pared que simulaba la forma de un gato negro de enormes pupilas que se movían a un lado y a otro, al compás de su cola, que también servía como péndulo.
Eran las 5:55—. Creo que esa es una historia que quedará para otro día, porque…
¡Ya es hora de cerrar! —Y esa última frase la dijo canturreando, acompañando cada sílaba de las notas que el piano le regalaba.
El coro de protestas proveniente de los cinco niños que allí estaban con ella se escuchó por encima del sonido del instrumento.
«¡No es justo!», dijo una de ellos. «¡Siempre nos dejas en la mejor parte!
» protestó otro. «¡Por favor, Indie, cinco minutos más!
», suplicó una nena de siete años, la mayor de toda la audiencia.
—Dicen por ahí que las mejores historias son esas que siempre te dejan queriendo más —la voz se escuchó desde el mostrador.
Claire Harper, la madre de Índigo, sonreía mientras limpiaba la máquina de café por aquel día, dejándola lista para la jornada siguiente—.
Además… —Ella también reparó en la hora—.
Me parece que algunos de ustedes ya deberían volver a casa y prepararse para la cena, ¿no?
A regañadientes, los niños comenzaron a ponerse de pie.
La librería de los Harper era muy popular en el vecindario y era normal que los chicos acudieran a ella para pasar un rato entre juegos e historias.
Por recomendación de Claire, los pequeños visitantes se aseguraron de llevarse consigo todo lo que hubiesen traído a la tarde de cuentos: juguetes, suéteres o mochilas.
Mientras su público se dispersaba, Índigo cerró la tapa del piano y caminó hasta el mostrador donde estaba su madre. Allí el aroma del café hacía un maridaje perfecto con el olor a libros nuevos y galletas recién horneadas.
—¿Cómo termina esa historia? —susurró Claire, viendo por encima del hombro de su hija a los niños salir de la librería de la mano de sus padres. Le pasó una galleta que todavía estaba tibia.
—No lo sé —admitió Índigo, mordisqueando la galleta—. Todavía no la termino de inventar, pero… —Señaló a su madre con los dedos de la misma mano con la que sostenía una mitad de su postre—, te diré un secreto: el bibliotecario no es el fantasma.
—Me pareció que era demasiado obvio, pero…
¿Quién soy yo para contradecir a la autora?
—Bajó los ojos y vio cómo su hija, ya con las manos libres, tamborileaba con la punta de sus dedos el borde del mostrador, como si reprodujera en su cabeza una melodía imaginaria.
Índigo Harper no podía, ni aunque quisiera, estarse quieta—.
Por cierto… La hermana Margaret habló conmigo esta mañana.
Dice que has estado improvisando otra vez durante sus clases de piano.
—¡Ay, mamá! —Se quejó—. Es que las partituras de Clementi [14] son aburridas. Les falta… ¡Sorpresas! —Hizo una pausa y añadió—: Pero practiqué la sonata que tengo que tocar en el recital. ¡Lo prometo!
—Demuéstralo.
Y la niña no se hizo esperar. Saltó hasta el piano vertical y en un instante comenzó a escucharse la Sonatina 1 de Muzio Clementi.
Claire apoyó su rostro en su mano y miró, con una sonrisa de satisfacción, cómo los deditos de Índigo se paseaban por las teclas como si aquello que hacía con el instrumento fuese cualquier cosa.
A punto estuvo de aplaudir con entusiasmo al ver los avances de su hija, cuando inició una segunda interpretación: esta vez la primera Sonatina de Kuhlau [15] .
—¡Vaya! —susurró abismada con la expresión juguetona de la nena ante el piano. ¿Sabría la hermana Margaret de los avances de su hija? Cuando finalizó el tercer movimiento, recibió una gran ovación de su madre, que no podía ocultar su orgullo y admiración.
Índigo se puso de pie, hizo una inclinación hacia delante, graciosa y teatral como solía serlo, provocando risas en la madre, y cerró con cuidado la tapa del piano.
—¿Ves? —dijo volviendo al mostrador—. La hermana Margaret solo exagera porque no hago las cosas como ella quiere.
—Ya hablaremos de eso —dijo la madre sin poder borrar la sonrisa de asombro de su rostro—. Ahora… Cuéntame de esa visita al cine que hiciste hace unos días. —Índigo la miró con curiosidad—. Emily mencionó que desapareciste por un buen rato y que la pusiste muy nerviosa.
La niña miró a un lado y a otro, pensativa.
Volvió a alejarse del mostrador, esta vez para buscar su mochila en un rincón de la librería.
Sacó de ella un libro que llevaba envuelto en papel de seda para protegerlo y se aproximó a la mamá.
Claire vio con curiosidad el tomo y cómo su hija lo iba descubriendo con cuidado.
Leyó en la portada el título The Midnight Club y se percató con curiosidad de la expresión de la chiquilla.
—Conocí a alguien —dijo acariciando la portada del libro—. Una niña vampiro que vive en el teatro —Claire contuvo una risa al escuchar semejante cosa—. Se llama Rowan.
—¿Rowan? Es un buen nombre para una niña vampiro —volvió a apoyar su mejilla en su mano, sonreída—. Dime… ¿Es otro de tus personajes?
—Creo que no —la miró con una expresión graciosa—. ¡Nunca ninguno de mis personajes me había dado un libro!
—Me parece que tus amigos imaginarios están llegando muy lejos… —Volvió a poner sus ojos sobre el libro que la niña llevaba en las manos—. Hablando en serio… ¿De dónde salió esa niña que vive en un teatro?
—No tengo idea, pero… —Miró a su madre—. ¡Pero es diferente! —Claire entrecerró un poco sus ojos—. Es como los libros que guardas allá —señaló la vitrina que permanecía cerrada con llave—. Los que dices que hay que saber apreciar.
Claire alzó despacio las cejas. Que su hija hiciera un nuevo amigo no era algo que le asombrara en lo más mínimo, era alegre, radiante, llena de vida y de ocurrencias.
Conocía a otros chicos con la misma facilidad con la que se inventaba una historia o con la que improvisaba algo ante el piano, pero…
Pero nunca la había escuchado hablar así de nadie más.
—¿Diferente cómo, Indie?
—Es como… —Se quedó pensativa y de la nada se le escapó de entre los labios una risita traviesa que llamó la atención de su madre—.
¡Es como las clases de piano en la escuela!
Como cuando tengo que repetir una y otra vez esos ejercicios aburridos y de pronto…
¡Boom! —Abrió los brazos, histriónica—. Se me viene una improvisación divertida que me hace sentir algo aquí —señaló su pecho—. Así es ella.
Claire estaba abismada con aquella descripción, pero un estruendo en la sección de novedades la sacó por completo de su perplejidad. Madre e hija voltearon de inmediato y notaron a un personaje que habían olvidado por completo: se trataba del pequeño Tommy.
—¡Lo siento! —gritó. Su cara estaba colorada.
—¡Yo lo arreglo! —Se ofreció Índigo de inmediato y fue cuanto antes a poner orden entre la avalancha de libros que el chiquillo había tirado.
Claire reflexionó un par de segundos y recordó que el padre de Tommy le había pedido que lo mantuviera en la librería mientras iba por unas cosas a la tienda.
—¡Ven acá! —Lo llamó amorosa y lo acomodó junto a ella en los cojines de colores de la sección infantil—. Leamos algo antes de volver a tirar los libros de la tienda, ¿te parece?
El chiquillo cabeceó un sí y al otro lado de la librería se escuchaba la vocecita aguda de Índigo tarareando una canción.
—¡Mamá! —Llamó mientras se agachaba a recoger los últimos tomos.
—¿Sí? —replicó mientras se alargaba para tomar de la estantería un libro que le sirviera para entretener a Tommy mientras regresaba su padre.
—¿Puedo ir mañana al teatro? Prometí devolver el libro a la niña vampiro.
—Tendrás que preguntarle a tu padre —aseguró y ya abría ante los ojos fascinados de Tommy un libro repleto de color—. Mañana es sábado y son sus días de cuentacuentos.
—¡Pero, mamá! —protestó mientras colocaba en su lugar el último libro caído—. Los cuentacuentos son para niños pequeños —asomó la cabeza por el librero que separaba del resto de la tienda la sección infantil—. Yo ya soy grande.
—¿Ah sí? —Sonrió—. ¿Es por eso que acabas de pasar una hora contando historias de fantasmas a otros niños?
—¡Eso es diferente! Mis historias son más… más…
—¿Sofisticadas ?
—¡Exacto! —Índigo volvió a tomar entre sus manos el libro de Rowan—. Además, papá no necesita de mi ayuda. Ya sabes que tiene su propia forma de contar historias.
—¿Y quién tocará el piano?
Como si lo hubieran invocado, Lucas Harper apareció desde la trastienda con una caja de libros nuevos en las manos.
—¿Alguien dijo algo de mis historias?
—¡Papá! —Índigo corrió hacia él, esquivando con habilidad las pilas de libros y las estanterías—. ¿Puedo faltar mañana al cuentacuentos? —Lucas la miró con atención—. ¡Tengo que devolver algo importante!
El padre miró el libro en las manos de su hija y frunció el ceño.
—Christopher Pike [16] … ¿No te parece que es un poco intenso para ti?