Capítulo 2 #4
—Me parece una alternativa razonable. No sabemos si la ausencia de Fernando está afectando a Rowan de alguna manera… —La abuela movió sus ojos de un lado a otro, reflexionando—. La señorita Rayburn cree que Rowan podría tener problemas para expresar sus emociones…
—Eso solo lo dice porque una niña de nueve años tiene más sesos que los dinosaurios que enseñan en su escuela —de nuevo Cormac opinó, ofuscado.
—También sugirió que motive a la niña a hacer alguna actividad, más allá de la escuela y de pasar todo el día aquí, leyendo o en la sala de cine.
—¿Y qué tienes en mente? —Quiso saber la abuela de inmediato.
—No lo sé… Justo ahora no se me ocurre nada que a Rowan pueda interesarle, pero… ¡Pero lo pensaré!
—¿Y el psicólogo? —Cormac gruñó al escuchar a Moira insistir con esa posibilidad—. ¿La llevarás a terapia como sugiere la directora de la escuela?
—No lo descartaré —le importó poco que su padre la mirara con desaprobación—. Me parece que si se trata de ayudar a Rowie a ser una niña feliz, cualquier esfuerzo será poco… ¿No es verdad?
Rory miró la determinación de su madre y se quedó pensativo. ¿Cómo podría, a sus dieciséis años, ayudar?
Mientras Fiona pensaba en una actividad que pudiera captar el interés de su peculiar hija, ajena a los ojos expectantes de su madre, en otro rincón del viejo teatro, Rowan ya estaba inmersa en su propio mundo de descubrimientos.
Esa mañana de domingo, después de desayunar junto a los suyos, Rowan tuvo la firme intención de ir a leer a la sala del teatro, pero le pareció escuchar ruidos en el cuarto de proyección y esto avivó su curiosidad.
Subió las escalerillas y empujó la pesada puerta metálica hasta asomar su cabeza por ella y sentir cómo la recibía, en solo un segundo, el característico olor a aceite, polvo y celuloide proveniente de ese lugar.
Se sorprendió al ver que no era el abuelo el que trabajaba en la sala.
Rory, inclinado sobre la máquina de proyección, tenía la concentración dibujada en el rostro.
Fue curioso, pero ahí, tan seguro de lo que hacía y de cómo lo hacía, a Rowan le pareció que su hermano lucía mucho mayor.
Quizás esa percepción que superaba sus dieciséis años no solo era consecuencia de su físico, sino también de la certeza de sus movimientos, idénticos a los de alguien que tiene décadas en el oficio.
—¿Qué haces?
Rory escuchó la voz de su hermana menor desde el umbral.
Volteó a verla y notó de qué forma los mechones de cabello, con ese incandescente rubio irlandés, le caían desordenados sobre la frente.
Le sonrió con afecto. Pocos tenían acceso a la sala de proyección, el verdadero santuario de los Gallagher, pero Rowan era parte de esa historia.
—Pops me pidió que limpiara el obturador —volvió a concentrarse en lo que hacía—. Dice que hay que mantenerlo limpio para que la imagen no parpadee.
—¿Puedo ver? —La nena se acercó, curiosa.
Rory se echó a un lado para hacerle espacio a su hermanita. Suspiró.
—Supe que has tenido problemas en la escuela…
La pequeña fingió indiferencia, encogiéndose de hombros.
—La señorita Rayburn exagera como siempre.
—Mamá está preocupada, Rowie —le habló sin juicio, concentrado en lo que ajustaba en el interior del proyector—. Cree que lees demasiado sobre cosas… No sé… Complicadas…
—¿Y tú qué crees? —Lo miró atenta. Su hermano era lo más parecido a un dios después de su amado abuelo. Casualmente, esa mañana de domingo llevaba debajo del brazo un ejemplar de Moby Dick [11] .
—Que deberías aprender esto —señaló con su dedo el proyector y dibujó en sus labios una sonrisa.
—¿En serio? —En un segundo olvidó por completo su intención de leer—. ¡Pero Pops es muy cuidadoso con su proyector! ¡Nos meteremos en un problema grave si se entera de que me dejaste tocarlo!
—Nada de eso… Pops me enseñó cuando tenía tu edad, así que no creo que se enoje con nosotros. Esa vez me dijo que entender cómo funciona la máquina es entender cómo funciona la magia.
Rory guió las manos pequeñas de su hermana mientras la escuchaba lanzar por lo bajo una expresión de asombro e incredulidad. Estaba a punto de enseñarle el ritual para preparar el proyector, paso a paso.
—Primero hay que revisar que la lámpara de xenón esté correctamente alineada —señaló el reflector parabólico ante los ojos atónitos de la nena—. Nunca debes tocar la lámpara con los dedos, porque el aceite de tu piel podría hacer que estalle cuando se caliente… ¡No debes olvidarlo! ¿Eh?
Los ojos verdes de Rowan se abrieron con fascinación.
—Ahora vamos a preparar la película… —Rory extrajo con cuidado una lata metálica de la estantería que estaba detrás de ellos, allí donde el abuelo almacenaba buena parte de los films que seleccionaba y clasificaba para su agenda semanal de proyecciones.
Rowan vio cómo, con movimientos precisos, su hermano sacaba el rollo de película y lo colocaba en el plato superior del proyector.
—Siempre debes verificar que el lado de la emulsión esté hacia adentro…
Hacia la lente. Así, ¿ves? —Tomó el extremo de la película y comenzó a enhebrarla a través del mecanismo, mostrándole el recorrido sinuoso—.
Debes aprender esto de memoria: la película pasa primero por el rodillo superior, luego por la ventanilla, donde realmente se proyecta cada fotograma.
Después, pasa por el rodillo de sonido… Este…
—Señaló—. El que lee la banda sonora del borde y…
—Hizo un poco de esfuerzo ante los ojos atentos de la niña—.
Y llega al carrete inferior, que es el que la recoge. ¡Ya está!
Tomó las manecitas de Rowan para que sintiera la tensión en la cinta.