No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

La puerta de la señorita Rayburn al abrirse la hizo incorporarse en la silla, aunque la directora le sonreía con un gesto amable, prácticamente indulgente.

—¡Señora Gallagher! ¡Qué bueno tenerla de nuevo por aquí!

—No puedo decir lo mismo —dijo riendo con nerviosismo mientras veía a la mujer ante ella extenderle el brazo para invitarla a pasar—. Es la tercera vez que vengo a su oficina para hablar de mi niña en menos de dos meses.

—No se preocupe —la alentó a sentarse. La vio pasar ante ella y cerró la puerta con cuidado a sus espaldas. Rodeó despacio el escritorio y se sentó arrimando la silla un poco y mirando a Fiona Gallagher a la cara—. Le aseguro que esta vez Rowan no ha tenido problemas con ninguno de sus maestros.

—¡Vaya! —Se tomó el pecho con alivio—. ¡No sabe cuánto me alegra saberlo, señorita Rayburn!

—Digamos que la nena está siendo bastante comedida en sus intervenciones. Demasiado, diría yo.

—¿A qué se refiere? —Fiona frunció un poco el ceño.

—La razón por la que decidí llamarla esta vez es porque nos preocupa la actitud de Rowan en general —se inclinó sobre su escritorio y cruzó los dedos de sus manos por encima de él—. Dígame, señora Gallagher, ¿ha considerado nuestra sugerencia de llevar a la niña a terapia?

—Pues… —Se sintió incómoda e irresponsable—. Para ser honesta, señorita Rayburn, no —la miró con un dejo de vergüenza—. Hemos estado hablando mucho con ella en casa, sí, en especial por ese asunto relacionado con los héroes y la muerte…

—Bien —miró de soslayo los artículos de escritorio que tenía dispersos sobre su mesa de trabajo y respiró hondo—.

Entiendo que quieran hacerse cargo personalmente de las necesidades emocionales de la niña y de su atención, pero…

—Volvió a mirarla a los ojos—. Nunca está de más una ayuda extra, en especial si es profesional.

—Lo entiendo —balbuceó—. Entiendo lo que me dice y, si usted asegura que es necesario, yo…

—Está bien, está bien —la tranquilizó con un gesto de sus manos—. Más allá de que la niña dé muestras de un pensamiento sumamente agudo y progresista a sus nueve años, nos inquieta mucho su manera de relacionarse con otros niños.

—¿De relacionarse, dice?

—Sí —alzó los hombros—. Verá, nos preocupa un poco que su forma de pensar la aleje de otros chicos de su edad.

Es probable que las cosas que la niña defiende con tanta pasión ante sus profesores no coincidan con las preocupaciones o los intereses de otros niños de nueve —Fiona la vio un poco desconcertada—.

No me malinterprete —Rayburn se acomodó mejor en su silla, reposando la espalda de ella, intuyendo la inquietud de la madre—.

Su hija tiene una forma de pensar y de ver el mundo sobresaliente, señora Gallagher, de eso no nos cabe la menor duda… Ni a mí, ni a ninguno de sus maestros…

—Quizás… Quizás se deba al ambiente en casa —Fiona se acomodó un poco el cabello rojizo detrás de sus orejas—.

Rowan vive conmigo y con sus abuelos. Todos somos adultos y…

Y aunque considero que tiene una buena relación con Rory, su hermano mayor, es cierto que no hace cosas que cualquier niño, a su edad, haría.

—Descríbame un poco el ambiente en casa —pidió la directora—. Por ejemplo… Hábleme de un día cualquiera en la vida de Rowan.

—Lee —la directora la miró con detenimiento—. Ama leer. Puede devorar un libro tras otro, especialmente si son de Roald Dahl…

—Eso me alegra —reconoció.

—Y… Pasa mucho tiempo en la sala de cine de su abuelo —la señorita Rayburn frunció un poco el ceño—. No sé si lo sabe, pero mi padre es propietario de un viejo cine en la avenida Harmony.

—¿El Harmony Theatre? —Se sorprendió.

—¡Ese! —Sonrió con un poco de vergüenza y volvió a acomodarse el cabello detrás de las orejas—. Somos los locos del teatro viejo , como nos conoce la gente en Willowbrook.

—¡Nada de eso! —admitió, encantada—. Me gusta mucho ir a ese lugar. Dígale a su padre de mi parte que adoro la selección de clásicos que proyecta en su sala.

—¡Lo haré! ¡Gracias!

—Sin embargo… —Se tomó el mentón entre los dedos—. Ahora que lo pienso, me parece que la programación del cine no es muy acorde a los intereses de una niña de nueve…

—Tal vez no —bajó la mirada, incómoda—. Mi padre cuida mucho el contenido que proyecta, pero es cierto que en muchas de esas películas se tratan temas que Rowan no está en edad de entender, pero…

—Alzó sus ojos grises hasta la directora—.

¡Pero desde que era solo una nena, mi Rowie ama estar allí!

Creció viendo cómo papá se encargaba de la sala de proyección, ha visto una y otra vez muchas de las películas que presentamos en el cine sin mostrar desinterés o aburrimiento… ¡La verdad, no sé qué decirle!

—Eso explicaría por qué su pensamiento es tan avanzado, aun siendo una nena de cuarto grado —le sonrió—.

También explica que no tenga tema de conversación para interactuar con otros niños y que viva siempre en las nubes.

Crecer tan vinculada al cine de seguro ha desarrollado en ella una mente muy imaginativa.

—No lo dudo —reflexionó un poco sobre eso.

—Sin embargo, su poca disposición a compartir o a interactuar con otros no es saludable. —Fiona volvió a ver a la directora con atención—. ¿Ha pensado en alguna actividad que la saque de sus libros? ¿De esa sala de cine?

—Habla de…

—Hablo de hacer deporte, tomar clases de pintura… ¡Clases de danza o actuación! —Se lo propuso con una sonrisa—. Ya que adora el cine, ese tipo de actividades podrían complementar muy bien su afición y la llevarían a comunicarse con otros en distintos códigos .

—Suena fantástico —admitió pensativa.

—Señora Gallagher, piénselo. —Ambas mujeres volvieron a verse a los ojos—. Iniciar terapia y complementar esto con alguna actividad que la saque del entorno meramente escolar puede ser lo que la nena necesita para canalizar mejor muchas de sus inquietudes.

—Sí, sí. Lo que sugiere suena muy bien.

—De acuerdo, entonces —le extendió la mano para tomársela por encima del escritorio. Fiona se la estrechó con suavidad—. Discúlpeme por angustiarla con este nuevo llamado, pero me preocupa Rowan.

—Lo entiendo y lo agradezco —tomó su bolso, dispuesta a ponerse de pie en ese instante.

—Es una niña con un potencial tremendo, pero le cuesta expresar lo que siente.

—Nunca lo había visto de ese modo.

—Bien —se puso de pie y detrás de ella, la madre de Rowan—. Vaya tranquila y haga lo que tenga que hacer, señora Gallagher.

—Gracias y, por favor… Si ocurre algún otro incidente o ve algo extraño en mi Rowie, no dude en llamarme.

—Así lo haré, pierda cuidado.

De nuevo la cabeza de Fiona daba vueltas. ¿Qué se supone que le propondría a Rowan para animarla a hacer alguna actividad que la motivara lo suficiente como para sacarla de la sala de cine del abuelo? Cruzó los dedos para sus adentros, tal vez, al conversarlo con sus padres, se les ocurriría algo.

Los Gallagher vivían en la buhardilla del teatro.

Habían tomado ese lugar como residencia por tres generaciones.

Para muchos de los habitantes de Willowbrook parecía una verdadera excentricidad hacer de un teatro viejo como aquel un hogar, pero esa familia sentía que ese edificio era parte indispensable de su historia.

Los pasos de Fiona al subir las escaleras que la llevarían a la parte alta del lugar, se escucharon en el salón y Moira miró a la puerta de la buhardilla atenta, esperando a que su hija la atravesara de un momento a otro.

Ella también estaba nerviosa. Sabía de sobra que era la tercera vez que su hija debía ir a la escuela a entrevistarse con la directora por asuntos relacionados con Rowan e ignoraba cuál era la naturaleza de la nueva irregularidad.

Ver a la hija volver con una expresión pensativa y cansada no ayudaba a sosegarse.

—¿Y bien? —Se acercó Moira mientras Fiona dejaba su bolso en el mueble contiguo a la puerta. Cormac estaba sentado en el sillón con el periódico a un lado, atento al par de mujeres, y Rory también veía a su madre con curiosidad desde el arco de la cocina.

Los ojos inquietos de Fiona se pasearon por todo el lugar.

—¿Y Rowan?

—En su habitación —aclaró el chico de dieciséis años—. Hace poco la vi en su cama leyendo.

—¿Leyendo? —Fiona puso una expresión graciosa—. ¿Leyendo qué?

— Moby Dick , me parece…

—¡Vaya! —Se tomó el pecho con alivio y en un instante abrió tamaños ojos, haciendo a Rory reír—. ¿Y eso está bien para una niña de nueve años?

—A juzgar por las cosas que leía Matilda [10] , creo que sí… —Mi ró al abuelo al otro extremo de la habitación, que también sonreía—. ¿Tú qué dices, Pops?

—Digo que dejes la paranoia, mujer —respondió riendo mientras miraba a su hija—. Que esa escuela de Rowan esté repleta de viejos seniles no te da derecho a sufrir un colapso nervioso cada vez que tu niña decide tomar un libro.

—Depende del libro —miró a su madre—, ¿no es verdad?

—¿Otra vez Rowie cometió una imprudencia? —preguntó Moira mortificada.

—No, no… —Fiona caminó hasta el mueble en el que estaba su padre para sentarse a su lado.

Moira la siguió y Rory, aunque discreto, no le perdió detalle a esa conversación—.

Esta vez no hubo ningún problema con los maestros, pero…

La señorita Rayburn está preocupada por la niña.

—Los abuelos la miraron con atención mientras ella explicó en pocas palabras toda la conversación que había tenido algunas horas antes con la directora.

—No me sorprende que esa mujer lo vea así —concluyó Cormac restándole importancia—. Una niña con tanta personalidad no va a perder su tiempo rodeándose de mocosos llorones.

—¡No digas eso, papá! —Fiona lo miró severa y preocupada—. Supongo que a su edad, no es prudente que la niña esté tan ensimismada… Nuevamente, la señorita Rayburn sugirió llevarla a terapia.

—¿Y ella pagará las facturas del psicólogo? —refunfuñó el padre de nuevo. Fiona lo miró con hastío y reparó en Moira, quien al parecer tenía mejor disposición.