No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

I

El padre de Rowan jamás regresó. Nueve años después de su partida, los Gallagher seguían sin saber si aquel hombre de sonrisa espléndida y mirada dulce había mantenido una doble vida hábilmente oculta; si los contratiempos y la vergüenza lo habían convertido en prisionero de sus propias circunstancias; o si, desesperado por volver a los brazos de su familia, había tomado un atajo que terminó siendo un camino sin retorno.

Amanecía. Además de guardar algo sencillo de comer en su mochila, bebió con entusiasmo el café de olla que tanto amaba y que su esposa aprendió a preparar para él con todo el amor y el entusiasmo del mundo, superando con creces el de su propia madre.

Llevaba poca ropa. La suficiente, decía él con una sonrisa de confianza dibujada en los labios, porque solo estaría fuera de casa por algunos días.

«Todo saldrá bien», dijo con voz risueña mientras besaba los labios de Fiona.

¿Qué podía salirse de control si lo más difícil ya había pasado?

Lo único que le quedaba era volver a su país para formalizar un trámite migratorio que había culminado con éxito para él y, en adelante…

¡En adelante, todo un camino de posibilidades se abría ante los pasos de esa hermosa familia de cuatro!

Tomó entre sus brazos a Rory, que en ese entonces tenía siete años, lo abrazó por minutos, le prometió que le traería un juguete fantástico de su tierra, un regalo que ya tenía en mente.

Rowan dormía. A sus dos meses de nacida era un botoncito de rosa precioso, coronado además por la pelusita rojiza que colmaba su coronilla.

Fiona la puso al alcance de sus labios y él, que había mantenido el humor intacto esa mañana en que se despedía de los suyos, no pudo evitar quebrarse un poco ante su pequeña.

Intentó contenerse, pero le fue imposible impedir que una de sus lágrimas fuera a parar a la mejilla de la nenita y que otra, una que no alcanzó a detener a tiempo, se enredara en sus pestañas coloradas.

Respiró hondo y se incorporó. Fiona se alarmó al verlo así y casi lo disuade de marcharse, insistiéndole por enésima vez con el argumento de que tal vez había otro modo de hacer el trámite sin que tuviera que ausentarse de casa, pero él, diseñado para sortear hasta las batallas más dolorosas con una sonrisa de las buenas, la tranquilizó.

La abrazó, conteniéndola a ella y a la nenita en torno a su pecho, entre sus brazos fuertes, y repitió aquella frase que ya era su estribillo:

—Todo saldrá bien.

Los besó de nuevo, uno a uno, mil veces. Todas las veces que fuesen necesarias, y se marchó. Nunca más volvieron a verlo.

No murió; al menos no que supieran. No fue secuestrado; y si eso fue lo que sucedió, sus captores jamás lo consideraron lo suficientemente valioso como para pedir algo a cambio de su libertad.

No estaba en prisión; Fiona se había encargado, junto a su padre, de averiguar a fondo esa posibilidad, sin éxito.

Fernando Luna simplemente desapareció.

Se fue con el mismo rayo de sol que le brilló en la hebilla de la mochila cuando, de pie en la avenida, se volvió para decirle adiós con la mano a su familia y subir a un taxi.

Quizás, en alguna parte, el artífice de su vida dejó de soñarlo para sí y muy en especial para los que tanto lo amaban y que ahora, más que nunca jamás, lo necesitaban.

Allí, de vuelta al presente, Fiona Gallagher se inclinó hacia delante en la silla de madera sobre la que estaba sentada, la misma que crujió en ese pasillo pálido de escuela.

Hundió su rostro mortificado entre sus manos muy blancas, llenas de pecas en el dorso, y se masajeó un poco los pómulos.

Volvió a pensar, por enésima vez en ese día, aquella semana, durante el mes que estaba en curso, que todo sería más sencillo si Fernando no se hubiese ido; si Fernando no se hubiese borrado de sus vidas.

¿Cuántas veces la habían llamado ya de la escuela para hablar de Rowan? Era la tercera vez por aquel año y apenas estaban en marzo. ¿Qué se supone que había hecho la niña esta vez?

«Mi Rowie jamás hace algo malo», le había dicho Moira Gallagher, su madre, esa mañana al saber que de nuevo se ausentaría para entrevistarse con la señorita Helen Rayburn, la directora del plantel. Suspiró mortificada.

La primera vez que tuvo que comparecer ante el despacho de la señorita Rayburn, entonces los comanches y los apaches tuvieron la culpa, aunque, para ser justos, el verdadero responsable fue el señor Weatherby, maestro de historia.

Aparentemente, la niña estuvo haciendo preguntas provocadoras e insultantes durante su clase, o al menos así lo interpretó el sujeto, tan académico y apegado a los antiguos métodos de enseñanza como lo estaría cualquier docente a sus sesenta años de edad.

Fiona tuvo que escuchar en silencio, con su hija indiferente sentada a su lado, cómo el maestro acusaba a la nena de azuzar a sus compañeros con pensamientos transgresores y peligrosos.

Para sustentar sus palabras, Weatherby narró, ante la mirada confusa de la madre y la expresión atenta de la señorita Rayburn, todo lo que sucedió el día del primer incidente.

Esa mañana, el maestro de historia ilustraba a sus alumnos con un discurso aprendido casi de memoria acerca de la situación que vivieron los colonos con los nativos apaches y comanches y cómo fue que resolvieron expulsarlos del territorio, cuando de pronto Rowan pidió el derecho de palabra.

Creía el señor Weatherby que la posible duda de la niña sería un simple formalismo, hasta que la escuchó decir: «Si alguien ya vivía aquí antes que esos colonos y luego ellos deciden que todo esto les pertenece…

¿Eso no se supone que es robar?» El señor Weatherby, tan entendido en sus asuntos, intentó disipar la inquietud de la nena, asegurándole que las cosas eran más complicadas de lo que ella, a sus nueve años, era capaz de entender, y la hija de Fiona no se hizo de rogar al sentirse subestimada por su maestro, contraatacando: «Si todo esto era el hogar de los indígenas, no entiendo por qué en las películas del oeste siempre los hacen ver como si fueran los malos…

¡Solo defendían lo que era suyo!», y aquello fue más de lo que el profesor podía soportar.

A regañadientes e indignada, la m enor de los Gallagher tuvo que abandonar el aula hasta ir a parar a la oficina de la señorita Rayburn, la misma en la que se encontraba sentada junto a su madre ese día de la primera citación, cuando el profesor la acusó abiertamente, bautizándola como la abogada de los nativos .

Aquella primera visita a la escuela terminó con una serena conversación en la buhardilla de los Gallagher, en la que Fiona y su madre vieron desde la cocina, mientras preparaban la cena, cómo Cormac se sentaba junto a Rowan en la mesa, aspiraba su pipa y luego de una honda bocanada, le susurraba, cómplice:

—Así que otra vez pusiste al viejo McCullough en aprietos, ¿eh?

—Weatherby… Su nombre es Weatherby.

—Bien, ese… —aclaró jugando con la pipa entre sus gruesos dedos—. El sujeto que te enseña historia.

—No lo puse en aprietos, Pops… —Se alzó de hombros—. Es solo que no quería reconocer que estaba equivocado.

—Bueno… —Sonrió con un dejo de nostalgia y miró con sus ojos azules, muy claros, la lámpara que colgaba del techo—. Ya sabes lo que siempre digo, Rowie: la historia es un hueso duro de roer… —Abuelo y nieta se miraron a los ojos—. Cada uno la cuenta a su manera, pero no siempre lo hacen bien.

—No entiendo por qué es tan difícil decir la verdad —susurró desanimada, tomando su cara diminuta entre sus manos y clavando sus ojos en el frutero sobre la mesa.

—La verdad es incómoda, Rowie —la nena volteó a verlo de inmediato—. La verdad nos llevaría a admitir que algo que aprendimos o que dimos por cierto, no está bien, ¿entiendes? Y eso… Eso no es sencillo de tragar ni para el viejo que te enseña historia, ni para nadie.

—¿Y entonces? —La niña lo miró con un sentimiento genuino. El abuelo sonrió con dulzura—. ¿Qué debo hacer, Pops? ¿Callarme la próxima vez?

—No —acompañó sus palabras con un movimiento de su cabeza.

—¡Papá! —La voz de Fiona se escuchó desde la cocina y Cormac volteó a verla de inmediato.

Notó, en su mirada desconcertada, que no le parecía gracioso que alentara a la niña a meterse en nuevos problemas, pero él la tranquilizó alzando un poco su mano.

Volvió a mirar a su nieta—. No, Rowie, la solución no es callarse, sino aprender a escoger las batallas.

¿Sabes? A veces las cosas no se tratan de tener la razón.

—¿Y…?

—A veces las cosas se tratan de hacer que las personas correctas te escuchen.

Rowan puso sus ojos verdes profundos en la nada por un par de segundos. ¿Estaría preparada a sus nueve años para entender la magnitud de lo que le decía su abuelo?

—¿Y cómo puedo lograr eso, Pops?

—Con paciencia, astucia y… ¡Muchos libros de historia!

Cormac rio, dejando escapar el humo de su pipa a través de sus labios mientras la niña lo miraba con soberano aburrimiento.

II

La segunda llamada a la oficina de la señorita Rayburn corrió por cuenta de la Edda prosaica [7] .

Incómoda y avergonzada, Fiona se acomodó en la misma silla en la que lo había hecho semanas atrás, esta vez teniendo a su lado a la adorable señora Doyle, la maestra de literatura.

Pocos minutos más tarde, la madre de Rowan vio con curiosidad cómo Helen Rayburn colocaba sobre su escritorio un libro viejo y aparentemente irrelevante.

En su lomo llevaba la inconfundible etiqueta con la cota de la biblioteca y, por un instante, se quedó un poco perpleja.

—No me diga que… —susurró—. No me diga que esta vez me hizo llamar porque Rowan olvidó devolver un libro a la biblioteca, porque…

—No, no —Rayburn meneó la cabeza de un lado a otro con indulgencia—. No es tan simple.

—No, en lo absoluto —intervino la señora Doyle con una expresión grave.