Capítulo 1 #3
—Índigo Harper —le sonrió, presumida—. Pero todos me dicen Indie.
—Rowan Luna —dijo a secas—. Deberías ir antes de que a tu hermana le dé un ataque —volvieron a escuchar a Emily llamarla a los susurros desesperada, intentando hallarla en la oscuridad.
Los ojos de Indie bajaron de nuevo hasta la portada del libro que la chica rubia tenía en sus manos y Rowan no tuvo más remedio que componer un gesto divertido, acompañado de una sonrisa.
Cerró el tomo y lo alargó hasta ponerlo al alcance de la otra, quien la miró con asombro y emoción.
Boquiabierta, tomó la novela con cuidado, mirándola como si acabaran de entregarle un lingote de oro.
—¡Prometo devolverlo sin doblar las páginas…!
—Ni mancharlas de chocolate… —apuntó.
—¡Y sin mancharlas de chocolate! —Su sonrisa fue espléndida—. ¡Sí! ¡Gracias! —Alzó su mano derecha y mostró su palma—. ¡Palabra de scout !
—¿Eres scout ? —La vio con curiosidad.
—¡Claro que no! —Se echó a reír—. Pero suena como si fuera verdad, ¿no?
Rowan tuvo que admitirlo, pero ya Indie se ponía de pie para ir al encuentro de Emily, que estaba a un tris de perder la paciencia.
Desde su rincón en la penumbra, la nena del teatro vio cómo la pequeña desconocida corría por la hilera de sillas frente a ella sonriente, mientras la hermana adolescente se llevaba la mano al pecho con alivio.
Una vez la tuvo a su alcance, la tomó con fuerza por el brazo, sacudiéndola con brusquedad y arrastrándola fuera de la sala de cine.
Todos los empujones del mundo no serían suficientes esa tarde para borrarle la sonrisa del rostro a Índigo Harper.
Afuera, con la luz del sol de un crepúsculo de marzo cayendo sobre la fachada del número 288 de Harmony Road, las reprimendas de Cormac Gallagher, el abuelo de Rowan y propietario del cine, regresaron:
—¡Tienen prohibido volver a poner un pie en mi cine! ¿Lo oyen?
Dorian se volvió hacia ese hombre fuerte y robusto de unos sesenta y dos años de edad mientras se acomodaba con altivez su chaqueta de jean, la misma que Cormac le descompuso al sacarlo de un tirón de la butaca de la sala.
—¿Quién querría volver a esta casa de espantos, viejo estúpido? —masculló.
Emily intentó contener la insolencia del novio, pero fue demasiado tarde. El chico, desgarbado e indignado, alargó su mano hasta sujetar con ella la capucha del hoodie que Índigo llevaba esa tarde y haló a la niña, haciéndola dar un traspié y arrastrándola avenida abajo.
—¡Eh tú, rufián! —intervino de nuevo el proyeccionista—.
¡Quítale las manos de encima a esa niña!
—Puso sus ojos con severidad sobre el rostro de la adolescente—.
Y tú, deberías escoger mejor a las personas de las que te rodeas…
—Emily bajó la mirada avergonzada—. ¡Es impensable que puedas soportar a semejante patán como novio!
¡No solo te irrespeta a ti, sino también a la chiquilla!
Cormac miró cómo Dorian dejaba en paz a Indie. Ella de inmediato corrió hacia el abuelo y se puso de pie ante su estampa, alzando entre sus manos el libro de Rowan.
—¡Soy amiga de su nieta! —aseguró y la expresión de sorpresa del irlandés fue tremenda.
Si no le hubiese mostrado el libro, jamás lo habría creído—.
¿Ve? ¡Me prestó su libro de adolescentes muertos y le prometí que no le doblaría las páginas, menos que menos lo llenaría de chocolate!
¿Qué dice? —Lo miró a los ojos y el sujeto ya sonreía—. ¿A mí sí me dejará volver?
—¡Indie! —gritó Emily hastiada, deseando salir de allí cuanto antes. Dorian, por su parte, ya se había alejado del lugar por varias decenas de metros.
—¿Qué me dice? —insistió la pequeña—. ¿Me dejará volver?
—¡Índigo! —repitió la hermana.
—Lo haré, pequeña —aseguró Cormac sonriendo—. Siempre que te comportes, las puertas de mi cine estarán abiertas para ti.
—¡Gracias! —De un salto giró hacia su hermana, que la esperaba en el colmo de la impaciencia y, un segundo más tarde, se detuvo y volvió a mirar al dueño del Harmony Theatre—. ¿Le puedo hacer una sugerencia?
Cormac se cruzó de brazos, haciendo un esfuerzo por no mostrar su mejor sonrisa. Ni supo por qué intuyó que aquella chiquilla era de armas tomar.
—A ver, Indie…
A la nena le sorprendió que la llamara por su nombre, pero no debería asombrarle, la hermana le había gritado tantas veces que, para ese momento, todo el que transitaba por Harmony Road aquella tarde sabía de sobra quién era esa nena de nueve años, ligeramente regordeta, de cabello negro revuelto y ojos verdes vivaces.
—¿No ha pensado en poner películas de dibujos animados? —soltó sin temor a las imprudencias—. ¡La que vimos hoy era aburridísima! —Cormac no contuvo un segundo más la carcajada.
—Lo pensaré, ¿te parece?
—¡Hecho! —Alzó su pulgar con entusiasmo—. Quizás la próxima vez que venga tenga una buena para ver.
—¡Índigo! —gritó Emily una vez más—. ¡Vámonos ya!
Y resuelta a no hacer esperar más a su hermana por temor a una reprimenda mayor, la pequeña corrió avenida abajo con el libro de Rowan en sus manos.