Capítulo 1 #2
—¿Genial? —Sonrió de medio lado con suspicacia—. ¿Eso le dirías a un vampiro que está a punto de morderte ?
—Lo siento —la hermana de Emily se alzó de hombros—.
No tengo mucha experiencia hablando con vampiros.
Eres la primera que conozco —reparó en ella por algunos segundos.
Aunque la otra chiquilla también la miraba con detenimiento, eso no la incomodó—.
Dime, ¿por eso te sientas en la última fila? ¿Para que la luz no te haga daño?
—¿Daño? —Frunció el ceño con curiosidad.
—Daño. Ya sabes. Los vampiros se mueren con la luz.
—Ah, sí, claro… No te preocupes por mí —volvió a las páginas de su libro con serenidad—, la luz no puede dañarme.
Fingió que leía por algunos segundos esperando la nueva reacción de Indie ante sus palabras, pero la pequeña de cabello oscuro sentada a su lado parecía estar atenta a otras cosas.
Rowan alzó sus ojos hacia la chica y vio su perfil iluminado por esa escena oscura en la que Gregory Peck narraba su inconfundible sueño surrealista.
Boquiabierta, la chiquilla que estaba de visita por el cine aquella tarde miraba aquellos escenarios con curiosidad y a la nena de rizos rubios solo le bastó ver de soslayo la pantalla para descubrir en ella los decorados que en algún momento el mismísimo Dalí [5] diseñó.
—¿Qué es eso? —susurró Indie por fin un poco estupefacta—. Es como una pesadilla, pero más rara y extraña, ¿no?
— Es una pesadilla —aseveró Rowan mirando de nuevo su libro.
—Sí, pero… ¿Por qué todo se ve torcido?
—Por Dalí.
—¿Dalí? —Se miraron.
—Dalí. Un pintor del que mi abuelo siempre habla. Ya sabes, el de los relojes que se derriten como mantequilla. Mi abuelo dice que pintaba sueños…
—¿Sueños? —Se emocionó y su mirada asombrada fue el mejor testimonio de eso—. ¿Como ponis con alas, unicornios rosa con melenas brillantes y cosas así?
Rowan esbozó una diminuta sonrisa.
—¿Ponis y unicornios rosa? No lo creo.
—¿Lo conoces? —Frunció el ceño con curiosidad y Rowan rio apenas ante semejante pregunta, mientras negaba con la cabeza—. ¿Vive en Willowbrook?
—¿Vivir? —Atajó su carcajada pensando en lo que diría su abuelo si escuchara semejante pregunta—. ¡Está muerto!
—¿Lo mordiste? —Indie la miró con tamaños ojos y la pequeña rubia rio con ganas.
—No, niña, no. Dalí no vive en Willowbrook y tampoco lo mordí —cerró su libro y usó su dedo, además de su linternita, para no perder la página—. Y a estas alturas ya deberías saber que no soy un vampiro ni nada de eso.
Índigo alargó la mano con cuidado y rozó la rodilla de la niña a su lado, que estaba sentada en la silla de medio lado, con las piernas flexionadas y subidas sobre ella. Notó que estaba tibia.
—Pareces viva —admitió.
—¡Más que Dalí, te lo juro!
Volvieron a permanecer en silencio. Índigo se hundió en la butaca y miró de soslayo el libro que la chiquilla a su lado mantenía abierto.
—¿Qué lees?
—The Midnight Club [6] .
— ¿Y de qué va?
—Un grupo de adolescentes hace un pacto: el primero que muera, tiene que intentar mandar una señal desde el otro lado.
—¿Qué? —Prácticamente lo gritó—. ¡Eso es lo más genial que he oído en mi vida!
Rowan se enderezó en su asiento, sorprendida por el genuino entusiasmo de la otra niña.
Sus ojos se agrandaron y bajó las piernas de la butaca y se giró para mirarla de frente.
Había algo desconcertante en encontrar a alguien que, en lugar de asustarse, se emocionara tanto con una historia sobre la muerte.
—Eres una niña —aseguró sin dar crédito a sus palabras, aunque una pequeña sonrisa comenzaba a formarse en sus labios—. No has escuchado tantas cosas.
—¡Bueno, pues hasta ahora! —Le propinó un codazo suave en el brazo.
Ambas volvieron a mirarse a los ojos y se sonrieron.
Indie reflexionó un par de segundos—. Si no eres un fantasma ni nada —la escrutó con la mirada—, ¿por qué estás sentada en la última fila de un teatro viejo y tenebroso leyendo un libro sobre adolescentes que se mueren?
—El teatro es de mi abuelo —alzó la mirada como si pudiera imaginar todo lo que estaba encima de sus cabezas en el gran palco y más allá—. Está allá arriba, en su cuarto de proyección, ocupándose de sus asuntos.
Índigo volvió a reparar en la película y no ocultó su gesto de desazón y aburrimiento.
—¿Y a tu abuelo le gustan estas cosas? —La nena a su lado la miró—. No sé si lo sabe, pero esta película es terrible… —Volvieron a verse a los ojos—. ¿Podrías decirle de mi parte que la próxima vez piense en dibujos animados?
—Es cine clásico —aseguró con cara de pocos amigos—. Es para gente inteligente .
Índigo reparó en un detalle que hasta el momento no había visto: desde allí podía divisar, dispersos por el otro extremo de la sala, a una media docena de personas.
Así que Emily, Dorian, ella y la niña misteriosa no eran los únicos ahí.
Aun así, le pareció que la inteligencia parecía estar de vacaciones aquella tarde, eso sin mencionar que, a su parecer, su hermana y su novio no gozaban de sentido común.
Meneó la cabeza de un lado a otro con desaprobación.
—¿Vienes con los que se están besuqueando? —Indie sintió que la otra niña le había leído el pensamiento y no le quedó más remedio que asentir a pesar de su vergüenza—. Pues deberías decirles que los van a echar a la calle si no se comportan…
Pero ya era demasiado tarde. Más allá del sonido de la película, escucharon unos pasos contundentes.
En solo segundos vieron la silueta robusta del abuelo de Rowan avanzar por el pasillo central, con una linterna en sus manos.
Iluminó sin que le temblara el pulso el rostro de los dos adolescentes que de inmediato se separaron y, a los susurros, pero con tono severo, les recriminó:
—¡Largo de aquí! ¡Los quiero fuera de mi cine ahora mismo! —Levantó a Dorian de la butaca como si se tratase de un muñeco de ventrílocuo, tomándolo por la manga de su chaqueta—. Si creen que pueden venir a hacer sus porquerías aquí, están muy equivocados… ¡Este es un lugar respetable!
El chico se incorporó como pudo y Emily, debatiéndose entre la indignación y la vergüenza, se puso de pie con torpeza. Prácticamente, se había olvidado de Indie.
—Te lo dije —aseguró Rowan con gesto de suficiencia. Para ese momento, ya ambas niñas miraban la escena de lo más entretenidas, con los bracitos cruzados y apoyados en las butacas de la penúltima fila.
—Se lo tienen merecido… —Indie le sonrió con picardía—. Deja que papá y mamá se enteren …
—Maldita sea… —Escuchó a Emily murmurar, esta vez muy cerca de la puerta de salida, escoltada por el abuelo de Rowan y su gesto de pocos amigos—. ¡Indie! ¿Dónde mierdas se metió?
—¿Indie? —La nena rubia volteó a ver el perfil de la chica a su lado de inmediato.