No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

I

—Ni lo sueñes, Índigo. —A Emily no le importó sujetar con firmeza el menudo brazo de su hermana de nueve años, que de inmediato protestó con un gemido al sentir cómo la apretaba—. Te conozco y no me harás una de las tuyas… ¡Esta vez no!

—Déjala —susurró Dorian sentado a su lado, apoyándose un poco sobre el costado de Emily y volteando la cabeza hacia las butacas traseras de esa sala prácticamente desierta—. Creo que somos los únicos acá, así que no causará problemas.

—Pero… —Dudó—. ¿Y si le ocurre algo? —Emily miró nerviosa los ojos de su novio de dieciséis años—. Papá y mamá me matarán si se pierde o…

—Bastará con advertírselo… —Dorian miró a Indie a los ojos, quien ya componía un gesto de fastidio—. ¿Escuchaste, mocosa? —La pequeña se indignó, pero permaneció en silencio—. Nada de tonterías. Si pones un pie fuera de aquí, este será el peor día de tu corta vida… ¿Me oyes?

Pero la niña lo ignoró. Se puso de pie y giró sobre sus talones para alejarse lo antes posible de su hermana y de su patético acompañante.

¿Dorian Cole diciéndole lo que debía hacer o no?

¿A ella? Era ridículo. Supuso que esa tarde podía poner a sus padres al corriente acerca de las imprudencias del chico y las tonterías de Emily.

Ya se frotaba las manos pensando en el lío que provocaría cuando una escena de Spellbound [1] que iluminaba la sala, acompañada de la inquietante música compuesta por Miklós Rózsa, [2] la hizo dar un pequeño salto.

Ya había llegado al extremo opuesto de la fila de butacas en la que Emily y Dorian se habían acomodado muy cerca del pasillo central de ese teatro venido a menos.

Por un momento, la música, acompañada de cuanto ocurría en la pantalla de ese teatro del siglo XIX, la hizo debatirse entre el aburrimiento, el desconcierto y la inquietud.

¿Qué era ese sonido que parecía un zumbido punzante?

La niña volvió sus ojos verdes a la parte de atrás, en penumbras, y por un instante toda la resolución que la había empujado a alejarse de quienes la acompañaban flaqueó, haciéndola considerar la posibilidad de obedecer por aquella oportunidad y volver a su sitio como una chica buena.

«Las chicas buenas no hacen cosas interesantes, ¿verdad?», pensó.

Se habría encaminado de regreso a su butaca encantada de la vida, de no ser porque la luz proveniente de la pantalla que iluminaba la sala a medias le permitió ver que Dorian y Emily parecían estar ocupados en otras cosas.

La joven se resistía entre risitas nerviosas mientras el novio, incisivo, la atraía hacia su cuerpo e insistía en besarla en el cuello.

Índigo compuso un gesto de verdadera repulsión y supo que, ante semejantes aproximaciones, prefería enfrentarse al demonio o al fantasma de ese viejo teatro antes que ser testigo de los besuqueos de aquellos adolescentes.

Respiró hondo y, como la pequeña que sale de aventuras, Índigo se perdió por uno de los pasillos laterales.

Sus dedos menudos, curiosos, acariciaron las molduras de madera, buscando el polvo, pero nada.

¡Un milagro, pensó, para un lugar donde las polillas debían darse un festín a diario!

Solo entonces fue capaz de reparar en todo lo que la rodeaba.

Alzar la mirada fue como descubrir un tesoro: un palco amplio y enorme, cubriendo un tercio de la sala.

Las sombras danzaban entre cientos de butacas apenas divisibles, enmarcadas por una arquería espaciosa y columnillas que, aunque delgadas, parecían sostener el cielo del viejo teatro.

¿Cómo podía alguien acceder a ese lugar?

¿Escaleras? ¡Supo al instante que le encantaría echar una miradita desde el barandal!

Pero… ¿Dónde estaban exactamente esas escaleras que antes, cuando llegaron a ese edificio, no las vio?

Buscó el acceso lo mejor que pudo, moviendo la cabeza de un lado a otro, pero ver cómo de pronto esa zona se sumía en las sombras como producto de un blackout en la pantalla la espantó.

La curiosidad por aquella galería de sillas desiertas se le desvaneció de inmediato al imaginar a entes ausentes sentados entre ellas y prefirió quedarse con los muebles a su alrededor.

A fin de cuentas, si divisaba algo extraño, siempre podría gritar y correr de regreso con su hermana, aunque ella (Índigo volvió a reparar en Emily)…

¡Ella parecía estar ahora muy lejos de allí, entre los brazos de Dorian!

—¡Pero qué asco! —masculló con su vocecita aguda.

Volteó hacia el fondo de la sala y se propuso que su destino final sería la última fila.

En ella se refugiaría hasta que llegara la hora de volver a casa.

Se le dibujó una sonrisa de maldad al imaginar cómo mortificaría a Emily, escondiéndose por minutos luego de que la tratara de ese modo y permitiera que Dorian le hablara de tan mala manera.

Casi podía escuchar los gritos y sollozos de su hermana adolescente en su imaginación ante su supuesta desaparición mientras reía, traviesa.

Lamentó, eso sí, que la película, salvo los sonidos, fuese tan rematadamente aburrida, porque al menos se habría distraído con todo lo que parecía ocurrirle a ese sujeto atormentado interpretado por Gregory Peck [3] , ¿pero qué podía saber ella de un thriller psicológico a sus nueve años?

Caminó golpeando con la palma de su mano cada butaca que encabezaba la nueva hilera de sillas que alcanzaba.

Pensó que al hacerlo levantaría de ellas la pequeña nube de polvo, pero no.

Estaban impecables a pesar de ser de quién sabe qué época.

Avanzó hasta que notó que, una vez estuvo debajo del enorme palco, la atmósfera se volvía más oscura y, por lo tanto, tenebrosa.

No pasó por alto el detalle de la balaustrada que decoraba el balcón, la cual tenía piezas de bronce que recreaban máscaras grotescas de la tragedia y la comedia.

A su alrededor, el trabajo de herrería era espléndido.

Espirales forjadas en metal dorado servían de estructura para contener a esos medallones con rostros, cuyos ojos vacíos la hicieron experimentar cierta incomodidad, pero resolvió ser valiente.

Volteó una vez más hacia la pantalla, su hermana y el novio apenas se divisaban y, a paso resuelto, llegó al fin al último rincón de ese teatro, allí donde las sillas parecían más desvencijadas que nunca.

No era momento para pensar en espectros, pero un escalofrío le recorrió la espalda.

El fantasma de la ópera [4] , esa lectura impuesta por una de sus profesoras, había sembrado una semilla de terror en su mente.

Ahora, la sombra del personaje de Leroux parecía acechar en cada rincón oscuro, haciéndola temblar con la idea de una mano espectral surgiendo de una puerta oculta y arrastrándola a las tinieblas.

Casi podía escuchar el lamento silencioso.

Con los ojos bien abiertos miró cada resquicio de las molduras de madera, incluso las que estaban sobre su cabeza, sirviendo de contención al enorme palco superior.

Estaba tan perturbada, imaginando de dónde podría un espectro indeseable venir a su encuentro, que no reparó en esa mirada persistente, que no dejaba de observarla de arriba abajo a pesar de la oscuridad.

Un destello cortesía del filme que se proyectaba en la pantalla actuó como lo haría un relámpago en medio de una noche de tormenta y allí, acurrucada en la butaca del rincón, con un libro abierto entre las manos, acompañado de una delgada linternita negra y una mirada indescifrable, vio a una niña que la miraba con sumo interés.

Índigo podría haber lanzado un grito de los buenos, de no ser porque se tomó un par de segundos para pensarlo mejor: ¿podía un espíritu en pena, que vaga errante entre las sombras de ese viejo teatro, verse con tanta claridad? Lo dudaba.

Se armó de valor, dio una honda inspiración y se acercó a la niña, que no le desvió la mirada ni por un instante, atravesando para llegar a ella la última hilera de sillas.

—¿Tú también te escondes de los besuqueos? —susurró. Ambas niñas voltearon a ver a Emily y a Dorian allá, muchas hileras más adelante. Sus cabezas se habían mimetizado con la curva del respaldo de la sillería, pero era evidente, por los movimientos sutiles, que se besaban.

—No —bajó la mirada a las páginas de su libro abierto y un haz de luz imperceptible salió de su linternita, de nuevo encendida—, me escondo de las personas en general. Además, las personas no siempre ven a los que se esconden bien .

Índigo reparó en la jovencita por un par de segundos. No podía asegurar nada ante semejante oscuridad, pero le pareció que su cabello era de un característico rubio irlandés; era pecosa y de ojos profundos. Inclinó un poco la cabeza hacia un lado y frunció el ceño.

—¿Eres un vampiro?

La niña misteriosa levantó lentamente la mirada de su libro, estudiando a Índigo con una mezcla de fastidio y curiosidad.

Por un momento, sus ojos recorrieron el rostro expectante de la intrusa, como evaluando si valía la pena seguirle el juego.

Sus labios se curvaron apenas, conteniendo lo que podría haber sido una sonrisa.

—No —Indie vio con sus ojos verdes cómo la desconocida pasaba la hoja de su libro con una calma sorprendente—, pero si lo fuera, tú serías la primera en saberlo.

—¿Sí? —Se sentó a su lado interesada. La pequeña del teatro desvió la mirada de sus páginas y la puso allí, en los ojos brillantes y curiosos de Índigo Harper.

—Sí. Serías mi primera víctima.

Indie tuvo que cubrirse la boca para no reír con imprudencia. A pesar de su discreción, la chiquilla con el libro abierto ante sus ojos pudo escuchar su risita pícara e ingenua y se sorprendió un poco al ver que sus palabras no la habían inquietado en lo más mínimo.

—¡Qué genial!

Ahora era ella, la nena sentada en la penumbra, la que fruncía el ceño con curiosidad ante la ingenuidad de esa niña que había ido a importunarla a su butaca predilecta de ese cine desierto.