No mires debajo de la cama CAPÍTULO 29 — La última noche de mi madre
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CAPÍTULO 29 — La última noche de mi madre

Martín subió el primer escalón. La casa no hizo ningún ruido.

Subió el segundo. Nada. El tercero. La fotografía que llevaba en la mano se calentó.

Martín miró el reverso. La frase seguía allí: ESTA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE PUDE AbrAZARTE.

Debajo había aparecido otra línea. Una que antes no estaba.

NO FUE LA NOCHE EN QUE MORÍ. Martín se detuvo. Aurelio estaba detrás.

—¿Qué significa?

—Que tu madre no murió aquella noche.

Martín se giró.

—Pero murió hace diecisiete años.

—Sí.

—Entonces, ¿qué pasó?

Aurelio miró hacia arriba.

—Ella siguió viviendo.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Dónde?

Aurelio no contestó. Martín continuó subiendo. Cada escalón parecía llevarlo más lejos de la casa. Al llegar al piso superior encontró un pasillo que no recordaba. Había tres puertas. La primera tenía escrito: 1988. La segunda: 1992. La tercera: 2009. Martín se quedó inmóvil.

—2009…

Aurelio asintió.

—El año en que murió tu madre.

Martín se acercó a la tercera puerta.

—Entonces aquí está su último recuerdo.

Aurelio negó.

—No.

—¿No?

—Aquí está el recuerdo que ella quería que encontraras.

Martín abrió la puerta. La habitación estaba oscura. Encendió la luz. Era un dormitorio. Había una cama. Una mesilla. Un armario. Y una mujer sentada junto a la ventana. Su madre. Martín dejó de respirar. Era exactamente como la recordaba. Pero parecía mucho más joven. La mujer levantó la cabeza.

—Hola, hijo.

Martín no respondió. Su madre sonrió.

—Has tardado mucho.

Martín sintió lágrimas en los ojos.

—¿Eres tú?

—No del todo.

La respuesta lo dejó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

La mujer señaló la silla que había junto a ella.

—Siéntate.

Martín no se movió.

—¿Eres un recuerdo?

—Sí.

—¿Un recuerdo verdadero?

Su madre lo miró.

—Eso tendrás que decidirlo tú.

Martín se sentó. La mujer comenzó a hablar.

—Tu padre te contó que yo hice un pacto.

—Sí.

—No fue exactamente así.

Martín frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Yo no hice un pacto para salvarte.

—¿No?

—Lo hice porque ya era demasiado tarde.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Su madre miró hacia la puerta.

—Cuando naciste, él ya estaba contigo.

—La presencia.

Ella asintió.

—Tu padre quería destruirla.

—Pero no podía.

—No.

—Por eso la encerró.

—Sí.

Martín bajó la mirada.

—Entonces, ¿qué hiciste tú?

Su madre tardó unos segundos en responder.

—La alimenté.

Martín levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Le di recuerdos.

—¿Míos?

—Sí.

Martín sintió un vacío en el estómago.

—¿Por qué?

—Porque cada recuerdo que le daba era uno que ya no podía utilizar contra

ti.

—No entiendo.

Su madre se acercó.

—La presencia no se alimentaba de sangre.

—Lo sé.

—Se alimentaba de identidad.

Martín recordó las palabras de la criatura. Los nombres. Las voces. Las fotografías. Las vidas.

—¿Y tú le diste mis recuerdos para mantenerla dormida?

—Sí.

—¿Cuántos?

Su madre lo miró.

—Todos los que pude.

Martín sintió rabia.

—Me robaste mi infancia.

—Te salvé la vida.

—No sé si fue salvarme.

Su madre bajó la mirada.

—Yo tampoco.

Silencio. Martín preguntó:

—¿Por qué nunca me dijiste la verdad?

—Porque si la recordabas demasiado pronto, la presencia despertaría.

—Pero ahora ha despertado.

—Sí.

—Entonces todo lo que hiciste…

Su madre sonrió tristemente.

—Funcionó durante treinta y ocho años.

Martín se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabes que tengo treinta y ocho?

La mujer lo miró.

—Porque este recuerdo fue creado cuando todavía estabas vivo.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Qué?

La mujer se levantó.

—Yo morí en 2009.

—Sí.

—Pero antes de morir dejé este recuerdo preparado.

Martín no podía apartar la mirada.

—¿Para mí?

—Para ti.

—¿Por qué?

Su madre señaló una puerta pequeña al fondo de la habitación.

—Porque sabía que algún día regresarías.

Martín se levantó.

—¿Qué hay detrás?

—La verdad sobre 2009.

—¿Cómo moriste?

Su madre respondió:

—No morí.

Martín sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué?

—Mi cuerpo murió.

—Entonces…

—Mi último recuerdo no.

Martín comprendió.

—¿Dónde está?

Su madre señaló la puerta.

—Ahí.

Martín se acercó. Antes de abrirla, su madre lo llamó.

—Hijo.

Martín se giró.

—¿Sí?

Ella sonrió.

—Hay algo que quiero que recuerdes antes de entrar.

—¿Qué?

—Nunca te quité los recuerdos para castigarte.

Martín permaneció en silencio.

—Te los quité porque te quería.

La mujer comenzó a desaparecer.

—Mamá…

—Y porque tu padre tenía razón en una cosa.

—¿Cuál?

Su madre miró hacia la puerta.

—La casa nunca fue la prisión.

Martín sintió frío.

—¿Entonces qué era?

La sonrisa de su madre desapareció.

—El escondite.

Martín se quedó solo. La puerta pequeña estaba delante de él.

La abrió. Al otro lado había un dormitorio.

Una cama. Una ventana. Un teléfono. Y una mujer sentada en el suelo.

Su madre. Pero esta vez estaba mucho más vieja.

Y estaba llorando. Era el año 2009. Martín observó la escena. Su madre hablaba por teléfono.

—No puedo seguir.

Una voz respondió al otro lado. Martín reconoció la voz. Era su padre. Pero su padre llevaba muerto diecisiete años.

—Tienes que hacerlo.

—Ya no puedo protegerlo.

—Si lo recuerdas, volverá.

—Ya lo sé.

—Entonces olvídalo.

La madre comenzó a llorar.

—Es mi hijo.

—Precisamente.

Silencio. Después su madre preguntó:

—¿Y si la puerta vuelve a abrirse?

La voz de su padre respondió:

—Entonces tendrá que decidir él.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Decidir qué?

Su madre dejó el teléfono. Miró directamente hacia él. Como si pudiera verlo.

—Si quiere seguir siendo Martín.

Martín se quedó inmóvil. La mujer levantó una mano. Señaló la cama.

—O si quiere recordar quién era antes de que nosotros le diéramos ese

nombre.

La escena terminó. Martín retrocedió. La puerta se cerró sola. Aurelio estaba detrás de él.

—¿Lo has entendido?

Martín asintió lentamente.

—Mi madre dejó este recuerdo para que yo pudiera elegir.

—Sí.

—¿Elegir qué?

Aurelio miró hacia el fondo del pasillo. Allí había aparecido una nueva puerta. No tenía fecha. No tenía nombre. Solo una inscripción: ANTES DE MARTÍN. Martín sintió un escalofrío.

—¿Qué hay ahí?

Aurelio respondió:

—Lo que eras antes de recibir ese nombre.

Martín se acercó. Puso la mano sobre el pomo. Y desde el otro lado… escuchó la voz de su madre. Esta vez no era un recuerdo. Era un susurro.

—Hijo…

Martín cerró los ojos.

—¿Sí?

La voz respondió:

—No abras.

Martín abrió los ojos. Porque por primera vez… su madre no le estaba diciendo que no mirara debajo de la cama. Le estaba diciendo que no abriera una puerta. Y Martín comprendió que, quizá, aquella era la primera vez en toda su vida que su madre tenía miedo de lo que había al otro lado.