CAPÍTULO 28 — Después del silencio
La casa dejó de respirar. Martín permaneció inmóvil.
Esperó. Un segundo. Dos. Tres. Nada. Ni una voz.
Ni un golpe. Ni una respiración debajo de la cama.
Aurelio estaba junto a la puerta. El niño de ocho años había desaparecido.
La figura de su padre también. Por primera vez desde que había entrado en aquella casa, Martín estaba completamente solo.
Y eso debería haberle dado miedo. Pero no. Sintió algo diferente. Silencio.
—Se acabó.
Nadie respondió. Guardó la fotografía de su padre en el bolsillo.
Después miró la cama. Durante treinta y ocho años había tenido miedo de mirar debajo.
Ahora sabía que el miedo no estaba allí.
El miedo estaba en todo lo que había creído.
En las voces. En los recuerdos. En las preguntas sin respuesta.
En la idea de que algo podía decidir quién era.
Martín se agachó. Levantó la colcha. Miró debajo.
Nada. Sonrió. Se incorporó. Entonces escuchó un ruido.
Un pequeño golpe. Toc. Martín se quedó quieto.
Otro. Toc. Y otro. Toc. Tres golpes. Martín cerró los ojos.
—No.
El sonido volvió. Toc. Toc. Toc. Pero esta vez no procedía de debajo de la cama. Venía de la puerta de la habitación. Martín giró lentamente la cabeza. La puerta estaba cerrada. Al otro lado había alguien. Una sombra apareció bajo el hueco. Dos pies pequeños. Descalzos. Martín sintió un escalofrío.
—Aurelio…
No hubo respuesta. La sombra no se movió. Martín caminó hacia la puerta. Cada paso parecía demasiado fuerte. Cuando llegó al pomo, escuchó una voz. Infantil.
—¿Martín?
No respondió. La voz volvió.
—¿Estás ahí?
Martín reconoció la voz. Era la del niño de ocho años. Pero el niño había desaparecido.
—¿Eres tú?
Silencio.
Martín recordó la regla. No responder. Pero había aprendido algo más. Las voces podían ser recuerdos. Podían ser imitaciones. Podían ser trampas. Así que hizo otra cosa. Preguntó:
—¿Qué te enseñó mi padre antes de morir?
Silencio. La voz respondió:
—Que no miraras debajo de la cama.
Martín cerró los ojos.
—Eso ya lo sé.
—Entonces abre.
Martín no abrió.
—Dime algo que solo él me dijera.
Silencio. La voz tardó mucho en responder.
—Te decía que escondieras sus zapatos debajo de la cama.
Martín sintió un escalofrío. Otra vez aquella frase. Pero esta vez no la creyó.
—No.
Silencio.
—Esa frase está en mis recuerdos.
La voz no respondió. Martín dio un paso atrás.
—Tú puedes leer mis recuerdos.
La sombra bajo la puerta desapareció. Martín sonrió.
—Ya no puedes engañarme.
Nada.
La habitación quedó en silencio. Martín esperó. Entonces escuchó un sonido detrás de él. Una respiración. Muy cerca. Se giró. Aurelio estaba sentado sobre la cama. Martín se quedó inmóvil.
—¿Dónde estabas?
El niño lo miró.
—Esperándote.
—Pensé que habías desaparecido.
—No.
—¿Entonces qué pasó?
Aurelio bajó de la cama.
—La presencia se ha ido.
Martín sintió alivio.
—¿De verdad?
Aurelio asintió.
—Pero dejó algo.
Martín frunció el ceño.
—¿Qué?
El niño señaló el suelo. Había una pequeña mancha negra. Martín se acercó. No era sangre. No era suciedad. Parecía una sombra líquida.
—¿Qué es?
Aurelio respondió:
—Un recuerdo.
Martín lo tocó. La sombra desapareció de su dedo. Durante un segundo vio una imagen. Una habitación. Una cama. Una mujer. Su madre. Estaba sentada junto a él cuando era un bebé. Lloraba. Pero no por miedo. Sonreía. Martín escuchó su voz.
—Perdóname.
La imagen desapareció. Martín se quedó inmóvil.
—¿Por qué me pidió perdón?
Aurelio no respondió.
—Aurelio.
El niño miró hacia la ventana.
—Hay recuerdos que todavía no has recuperado.
Martín sintió que el frío regresaba.
—¿Qué recuerdos?
Aurelio señaló la fotografía de su padre.
—Los de tu madre.
Martín se quedó en silencio. Había olvidado algo. No sabía qué. Pero lo sentía. Una ausencia. Un hueco. Como una habitación cerrada dentro de su memoria.
—Mi madre murió hace diecisiete años.
Aurelio asintió.
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver con esto?
—Ella también sabía.
Martín apretó los dientes.
—¿Sabía qué?
—Lo que llevaba contigo.
Martín negó.
—Mi madre hizo un pacto.
—Sí.
—Pero pensé que había sido para salvarme.
Aurelio lo miró.
—Lo fue.
—Entonces, ¿por qué me pidió perdón?
El niño respondió:
—Porque para salvarte tuvo que hacer algo que nunca quiso hacer.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Qué hizo?
Aurelio señaló la puerta.
—Te quitó un recuerdo.
Martín permaneció inmóvil.
—¿Cuál?
—El último que tenías de ella.
La habitación pareció hacerse más fría. Martín recordó a su madre. Su rostro. Su voz. Sus manos. Pero había algo extraño. No recordaba su último abrazo. No recordaba sus últimas palabras. No recordaba el día en que murió. Solo sabía que había muerto.
—¿Por qué me lo quitó?
Aurelio respondió:
—Porque en ese recuerdo estaba la respuesta.
—¿La respuesta a qué?
Aurelio levantó la cabeza.
—A quién abrió realmente la puerta.
Martín miró la habitación. El silencio había desaparecido. Ahora escuchaba algo. Una respiración. Muy lejana. No debajo de la cama. No detrás de la puerta. Venía de algún lugar de la casa. Martín sintió que la piel se le erizaba.
—Pensaba que todo había terminado.
Aurelio negó.
—Terminó una cosa.
—¿Cuál?
—La que estaba dentro de ti.
Martín miró hacia el pasillo.
—¿Y qué queda?
Aurelio respondió:
—La razón por la que entró.
Martín sintió un peso en el pecho.
—¿Qué razón?
El niño señaló las escaleras.
—Tu madre.
Martín miró hacia arriba. Las escaleras que había bajado tantas veces estaban allí otra vez.
Pero ahora había algo diferente. En el primer escalón había una fotografía.
Martín la recogió. Era su madre. Joven. Sonriendo.
Y junto a ella había un niño. Martín. Tenía cuatro años.
En el reverso había una fecha: 1992. Debajo, una frase escrita por su madre: Esta fue la última noche que pude abrazarte.
Martín sintió que se le cortaba la respiración. Aurelio susurró:
—Ahora empieza la parte que tu padre no pudo contarte.
Martín miró las escaleras. Arriba estaba el recuerdo de su madre. Abajo… la oscuridad. Y esta vez no sabía qué le daba más miedo.