CAPÍTULO 27 — La última carta
Martín no se movió. La respiración debajo de la cama continuaba.
Lenta. Profunda. Humana. No parecía la respiración de una criatura.
No parecía la respiración de la entidad.
Parecía la de un hombre cansado. La de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando.
Martín miró el papel que tenía entre las manos.
La letra de su padre continuaba. Había más palabras al dorso.
Las leyó. Hijo: Si has llegado hasta aquí, significa que has recordado demasiado.
Por eso tengo que contarte la verdad que no pude decirte cuando tenías cuatro años.
Martín tragó saliva. Aurelio estaba detrás de él.
El niño de ocho años permanecía junto a la cama.
Y finalmente intentó convencerte de que era parte de ti.
Martín recordó aquella noche. La puerta.
La llave. Su padre. El miedo. No pude destruirla.
Así que hice lo único que podía hacer. Martín dejó de leer.
Debajo de la cama… la respiración continuaba.
La encerré dentro de un recuerdo. Martín sintió que comprendía algo.
La puerta. La casa. La cama. No eran el lugar donde estaba la criatura.
Eran parte de una prisión construida dentro de su memoria.
La carta continuaba. Para mantenerla encerrada necesitaba que olvidaras.
Por eso hice que olvidaras aquella noche.
Por eso te enseñé la regla. Por eso tuve que dejarte.
Martín apretó el papel. La última frase de aquel párrafo decía: Pero no morí por culpa de la presencia. Martín se quedó inmóvil. Leyó otra vez. No morí por culpa de la presencia. Debajo había una línea separada. Yo elegí quedarme. Martín levantó la mirada.
—¿Qué significa eso?
La respuesta no vino de Aurelio. Vino de debajo de la cama.
—Significa exactamente lo que dice.
Martín sintió que el cuerpo entero se le paralizaba. Era la voz de su padre. No una imitación. No una voz distorsionada. Era exactamente como la recordaba. Martín se arrodilló.
—Papá.
El niño de ocho años gritó:
—¡No respondas!
Martín se detuvo. Había cometido el error de responder. La respiración cesó. Silencio. Martín cerró los ojos.
—Perdón.
La voz volvió.
—No tienes que disculparte.
Martín miró debajo de la cama. No vio nada.
—¿Eres tú?
—Sí.
—¿De verdad?
Silencio.
—No lo sé.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Porque llevo treinta y cuatro años aquí.
Martín apretó los puños.
—¿Aquí dónde?
—En el recuerdo.
La voz se quebró.
—Y después de tanto tiempo, ya no sé qué parte de mí sigue siendo real.
Martín sintió dolor.
—¿Estás atrapado?
—Sí.
—¿Por qué no sales?
—Porque si salgo…
Silencio.
—…él sale conmigo.
Martín entendió.
—La presencia.
—Sí.
—Entonces te quedaste para mantenerla encerrada.
—Sí.
—Todo este tiempo.
—Sí.
Martín cerró los ojos.
—¿Por qué no me lo dijiste?
La voz respondió:
—Porque eras un niño.
—Ahora tengo treinta y ocho años.
—Lo sé.
—Entonces dime la verdad.
Silencio. Después:
—Tu padre murió en 1992.
Martín sintió un nudo en el pecho.
—Sí.
—Pero el recuerdo de aquella noche siguió vivo.
—Sí.
—Y yo estoy dentro de ese recuerdo.
Martín miró a Aurelio.
—¿Y él?
Aurelio bajó la cabeza.
—Yo también.
Martín comprendió algo. Su padre. Aurelio. El niño de ocho años. Todos eran fragmentos atrapados en la misma prisión de memoria. No estaban físicamente allí. Eran recuerdos. Recuerdos que la presencia había aprendido a utilizar.
—Entonces…
Martín miró la oscuridad debajo de la cama.
—¿Quién está realmente debajo?
La voz de su padre respondió:
—Nadie.
Martín frunció el ceño.
—¿Qué?
—La cama está vacía.
Martín sintió un escalofrío.
—Pero acabo de escucharte.
—No estás escuchándome debajo de la cama.
Martín dejó de respirar.
—Entonces, ¿dónde estás?
La respuesta llegó desde detrás de él.
—Aquí.
Martín se giró. Su padre estaba de pie junto a la puerta. Martín se quedó completamente inmóvil. El hombre parecía exactamente como lo recordaba. Pero había algo diferente. Sus pies no tocaban el suelo. Era un recuerdo. Una imagen. Una presencia conservada dentro de la memoria. Su padre lo miró.
—Hijo.
Martín sintió las lágrimas.
—Papá.
El hombre sonrió.
—Ahora sí puedes hablarme.
Martín se levantó lentamente.
—¿Por qué?
—Porque ya sabes que no soy él.
Martín se quedó confundido.
—¿No eres mi padre?
El hombre negó.
—Soy el recuerdo de tu padre.
—¿Y qué diferencia hay?
—Toda.
El rostro del hombre comenzó a cambiar. Primero desapareció la piel. Después los ojos. Después la boca. Hasta convertirse en una silueta.
—Tu padre murió en 1992.
Martín retrocedió.
—Sí.
—Pero su último recuerdo quedó atrapado aquí.
—¿Para protegerme?
—Para protegerte.
La silueta señaló su pecho.
—Y para mantener dormido lo que llevas dentro.
Martín sintió el latido. Tum. La silueta habló:
—Pero ya no está dormido.
Tum.
—Y tampoco está atrapado.
TUM. Martín cayó de rodillas. El suelo comenzó a abrirse. La casa entera tembló. Las paredes se agrietaron. La cama se levantó del suelo. Aurelio gritó:
—¡Está saliendo!
Martín levantó la cabeza.
—¿Qué hago?
La silueta de su padre respondió:
—Recuerda la última parte de la carta.
Martín miró el papel. Había una frase que no había leído. La tinta comenzó a aparecer lentamente. NO PUEDES ENCERRARLO OTRA VEZ. Martín tragó saliva. Debajo apareció otra línea. SOLO PUEDES DEJAR DE SER SU CASA. Martín comprendió.
—¿Cómo?
La silueta de su padre sonrió.
—Ya lo sabes.
Martín miró su pecho.
—Tengo que expulsarlo.
—No.
—Entonces…
Su padre respondió:
—Tienes que dejar de alimentarlo.
—¿Con qué?
—Con miedo.
Martín miró hacia la cama. La oscuridad comenzó a extenderse. Y la voz de la presencia habló desde todas las paredes:
—Si dejas de tenerme miedo…
Martín se puso de pie. La voz continuó:
—…dejaré de existir.
Martín negó.
—No.
La casa tembló.
—Eso no es verdad.
La presencia guardó silencio. Martín dio un paso hacia la cama.
—No quieres miedo.
Otro paso.
—Quieres que crea que eres más fuerte que yo.
Otro.
—Quieres que crea que puedes decidir quién soy.
La oscuridad comenzó a retroceder. Martín respiró profundamente.
—Pero no puedes.
El latido se detuvo. Por primera vez en treinta y ocho años…
silencio. Martín miró debajo de la cama.
No había nada. Solo polvo. Solo oscuridad.
Y una pequeña caja de madera. La recogió.
Dentro había una fotografía. Martín la miró.
Era su padre sosteniéndolo recién nacido.
La fecha: 12 DE MARZO DE 1988. En el reverso había una última frase.
Hijo, si alguna vez consigues llegar hasta aquí, recuerda esto: Tú no eres la puerta.
Martín terminó de leer. Tú eres quien decide si se abre. Y entonces… la casa dejó de respirar.