CAPÍTULO 26 — La voz de mi padre
El ojo permaneció abierto. Martín no podía apartar la mirada. Era su ojo. No parecido. No semejante. El mismo. La misma forma. El mismo color. Incluso la pequeña mancha junto al iris que tenía desde niño. El niño de ocho años se escondió detrás de él.
—No lo mires.
Martín no respondió. El ojo parpadeó. La habitación entera parpadeó con él.
Por un instante, Martín dejó de ver el dormitorio.
Vio un hospital. Después su casa. Después un pasillo.
Después un cementerio. Después una habitación infantil.
Todo ocurrió en menos de un segundo. Como si alguien estuviera pasando las páginas de su vida demasiado deprisa. Entonces el ojo habló.
—¿Me reconoces?
Martín sintió un escalofrío.
—No.
El ojo sonrió. No tenía boca. Y aun así sonrió.
—Mientes.
Martín apretó los dientes.
—No eres mi padre.
La voz cambió. Ahora era exactamente la de su padre.
—No.
Una pausa.
—Pero él sí está aquí.
Martín sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Dónde?
—Debajo.
El niño de ocho años comenzó a llorar.
—No lo escuches.
La voz volvió.
—Hijo…
Martín cerró los ojos.
—No.
—Soy yo.
—No.
—Martín.
—No.
—Mírame.
Martín abrió los ojos. El ojo seguía allí. Pero ahora había algo detrás. Una silueta. Un hombre arrodillado. Martín sintió que el mundo se detenía. Su padre. El rostro. La ropa. La cicatriz. Todo.
—Papá…
El hombre levantó la cabeza.
—Hijo.
Martín dio un paso. El niño de ocho años gritó:
—¡No!
Martín se detuvo. El hombre sonrió.
—¿Por qué no vienes?
Martín lo observó.
—Porque estás debajo de la cama.
El hombre bajó la mirada.
—Siempre estuve aquí.
—No.
—Desde 1992.
Martín sintió un escalofrío.
—Mi padre murió en 1992.
—Sí.
—Entonces no puedes estar aquí.
El hombre sonrió.
—No estoy vivo.
Martín se quedó inmóvil.
—¿Qué eres?
—Su recuerdo.
Martín comprendió. No era necesariamente una mentira. La casa podía conservar recuerdos. Había conservado el de su padre. El problema era que no sabía si aquel recuerdo pertenecía realmente a él… o a la criatura.
—Dime algo.
El hombre asintió.
—Lo que quieras.
—¿Qué me dijiste antes de morir?
El hombre respondió inmediatamente:
—Que no miraras debajo de la cama.
Martín negó.
—Eso no fue lo último.
El hombre guardó silencio.
—¿Qué me dijiste después?
Silencio. Martín esperó. El hombre no respondió. El ojo comenzó a cerrarse. Martín comprendió.
—No lo sabes.
El hombre levantó la cabeza.
—Sí lo sé.
—Entonces dilo.
Silencio.
—Dilo.
La figura comenzó a deformarse.
—No…
Martín dio un paso hacia ella.
—¿Qué me dijiste?
El rostro del hombre empezó a perder sus rasgos.
—No recuerdo.
Martín sintió que algo cambiaba.
—Tú no eres mi padre.
La figura gritó. El ojo se abrió completamente. La habitación tembló. El niño de ocho años gritó:
—¡Martín, ahora!
—¿Ahora qué?
—¡Recuerda!
Martín cerró los ojos. Buscó en su memoria.
1992. La habitación. Su padre. La puerta.
La llave. Su muerte. Pero había algo más.
Algo que había estado oculto detrás de aquella noche.
Una última frase. Martín la buscó. Nada.
Volvió a buscar. Nada. Hasta que apareció.
Una imagen. Su padre estaba frente a él.
Tenía una mano sobre su pecho. Y estaba llorando.
—Hijo…
Martín recordó.
—No olvides…
La memoria se cortó. Martín abrió los ojos.
—¿Qué?
La voz de su padre apareció dentro de su cabeza. No olvides que la puerta no está debajo de la cama. Martín quedó paralizado. La frase continuó. Está dentro de ti. El ojo se cerró. La oscuridad debajo de la cama comenzó a retroceder. El niño de ocho años levantó la cabeza.
—Lo has encontrado.
Martín respiró con dificultad.
—¿Qué?
—La verdadera puerta.
Martín miró su pecho.
—¿Soy yo?
El niño negó.
—No.
—Entonces, ¿qué?
—El recuerdo.
Martín comprendió. Su padre no había intentado encerrar la entidad debajo de la cama.
Había utilizado la habitación como una representación.
La verdadera prisión estaba dentro de la memoria de Martín.
La casa no era el lugar donde estaba encerrada.
Era el mecanismo que impedía que Martín recordara cómo controlarla.
Y ahora había recuperado esa memoria. Martín miró debajo de la cama.
La oscuridad había desaparecido. Pero había algo en el suelo.
Una pequeña caja metálica. La misma que su padre había escondido en 1992.
Martín la recogió. Estaba cerrada. No tenía cerradura.
Solo una inscripción: PARA MARTÍN. El niño de ocho años se acercó.
—Ábrela.
Martín negó.
—¿Y si es otra trampa?
—Entonces ya estamos dentro de ella.
Martín pasó los dedos por la tapa. La caja comenzó a calentarse. Una línea apareció en el metal. Después otra. Y otra. Hasta formar una frase. NO AbrAS LA CAJA. Martín soltó una risa nerviosa.
—Eso sí que parece una trampa.
Aurelio apareció detrás de ellos.
—No.
Martín se giró.
—¿Qué?
Aurelio señaló la caja.
—No es una advertencia.
—¿Entonces?
—Es una orden.
Martín lo miró.
—¿De quién?
Aurelio respondió:
—De tu padre.
Martín volvió a mirar la caja.
—¿Cómo lo sabes?
El niño bajó la voz.
—Porque yo estaba allí.
Martín se quedó inmóvil.
—¿En 1992?
Aurelio asintió.
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque yo estaba contigo desde entonces.
Martín negó.
—No.
Aurelio lo miró.
—No como una persona.
—Entonces, ¿qué eras?
El niño respondió:
—Tu miedo.
Martín apretó la caja.
—¿Y por qué estabas allí?
Aurelio miró hacia la puerta.
—Porque tu padre necesitaba que alguien recordara por ti.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Recordara qué?
Aurelio señaló la caja.
—Lo que hizo después de cerrar la puerta.
Martín miró la tapa. La inscripción comenzó a cambiar.
1992. Después: NO FUE SU MUERTE. Martín dejó de respirar.
La siguiente frase apareció lentamente. FUE SU ELECCIÓN.
Y debajo, una última línea: TU PADRE SIGUE ESPERANDO.
La caja se abrió sola. Dentro había una fotografía.
Un trozo de papel. Y una llave. Martín tomó el papel.
Solo tenía una frase escrita con la letra de su padre: Si estás leyendo esto, hijo, significa que has vuelto a abrir la puerta. Martín siguió leyendo. No intentes salvarme. Una lágrima cayó sobre el papel. No intentes encontrarme. La siguiente línea estaba escrita con tinta más oscura.
Porque si has llegado hasta aquí, ya sabes dónde estoy. Martín levantó lentamente la mirada. Debajo de la cama… algo volvió a respirar. Y esta vez la respiración no era de una criatura. Era la de su padre.