CAPÍTULO 25 — La noche de 1996
Martín volvió a entrar en la casa. Aurelio caminaba detrás de él. La puerta se cerró. No hubo golpe. Simplemente desapareció. Martín se volvió. Ya no había entrada. Solo una pared.
—Estamos dentro —dijo Aurelio.
—¿Dónde?
El niño señaló el pasillo.
—En la noche que empezó todo.
Martín miró hacia delante. El pasillo cambió.
Las paredes se hicieron más pequeñas. El suelo se llenó de juguetes.
Una bicicleta infantil apareció junto a una puerta.
Y al fondo… una habitación. Martín la reconoció.
Su habitación de 1996. Tenía ocho años. La puerta estaba entreabierta.
Desde dentro llegaba el sonido de un reloj.
3:17. Martín se acercó. Aurelio se quedó atrás.
—¿No vienes?
—Esta parte es tuya.
Martín empujó la puerta. La habitación apareció delante de él. Su cama. Su armario. La ventana. Los juguetes. Todo exactamente como lo recordaba. Y sobre la cama estaba sentado él mismo. Ocho años. Martín adulto observó al niño. El pequeño tenía los ojos abiertos. Estaba mirando hacia el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó Martín.
El niño no respondió. Martín siguió su mirada. Debajo de la cama había oscuridad.
—¿Lo escuchas?
El niño asintió.
—¿Qué?
—Respira.
Martín sintió un escalofrío. Aquello era exactamente lo que había ocurrido treinta años atrás. Pero ahora podía estar allí. Podía verlo. Podía comprenderlo. El niño se acercó al borde de la cama.
—¿Quién eres?
Martín adulto dudó.
—Soy tú.
El niño negó.
—No.
—Sí.
—Yo soy Martín.
Aquella frase golpeó a Martín.
—Sí.
El niño lo observó.
—Entonces, ¿por qué eres viejo?
Martín casi sonrió. Casi.
—Porque han pasado treinta años.
El niño frunció el ceño.
—¿Treinta?
—Sí.
El pequeño Martín miró el reloj. 3:17. Después volvió a mirar debajo de la cama.
—¿Qué hay ahí?
Martín se arrodilló.
—No lo sé.
—Tú sí.
—Todavía no.
El niño lo miró.
—Entonces todavía no eres yo.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
El niño señaló su pecho.
—Porque yo sé que hay alguien dentro.
Martín dejó de respirar.
—¿Desde cuándo?
—Desde que nací.
Martín recordó 1988. La sombra. La presencia. El primer latido.
—¿Puedes verlo?
El niño negó.
—Solo lo escucho.
—¿Qué dice?
El pequeño Martín bajó la voz.
—Dice que tiene hambre.
Martín sintió que el aire desaparecía.
—¿Hambre de qué?
El niño respondió:
—De mi nombre.
Martín comprendió. Aquella era la primera vez que la presencia había intentado establecer contacto. No quería sangre. No quería carne. Quería identidad. Quería que Martín respondiera. Que pronunciara su nombre. Que aceptara la presencia.
—¿Te llamó?
—Sí.
—¿Qué dijo?
El niño miró debajo de la cama.
—Martín.
El adulto sintió un escalofrío.
—¿Y tú respondiste?
El niño negó.
—Papá me dijo que nunca respondiera.
Martín cerró los ojos. Su padre. La regla. La única protección que había dejado.
—Por eso sobreviviste.
El niño lo miró.
—¿Sobreviví?
Martín abrió los ojos.
—Sí.
—¿Y papá?
Martín tardó unos segundos.
—Murió cuatro años antes.
El niño se quedó inmóvil.
—¿En 1992?
Martín asintió. El pequeño bajó la cabeza.
—Entonces no me enseñó la regla para salvarme.
—Sí.
—No.
El niño negó lentamente.
—Me la enseñó porque sabía que algún día volvería a llamarme.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Quién?
El niño señaló debajo de la cama.
—Él.
Una respiración llenó la habitación. Inhaló. Exhaló. Martín adulto se quedó inmóvil. El niño también. La voz apareció.
—Martín.
El pequeño cerró los ojos. No respondió. La voz volvió.
—Martín.
Silencio.
—Sé que estás ahí.
Martín miró al niño.
—No respondas.
El pequeño asintió. La voz cambió. Ahora era la de su padre.
—Hijo.
El niño abrió los ojos. Las lágrimas comenzaron a caerle por las mejillas.
—Papá…
Martín lo sujetó.
—No.
—Es él.
—No.
—Es papá.
—Tu padre está muerto.
El niño empezó a temblar. La voz volvió.
—Hijo, ayúdame.
Martín apretó los hombros del niño.
—No lo escuches.
—Está sufriendo.
—No es él.
La voz se volvió desesperada.
—Martín, por favor.
El niño comenzó a acercarse al borde de la cama. Martín lo agarró.
—¡No!
Entonces la voz cambió. Dejó de ser la de su padre. Se convirtió en la de Martín adulto.
—Si respondes…
La habitación quedó helada.
—…yo podré salir.
Martín sintió que el corazón se detenía. El pequeño lo miró.
—¿Eres tú?
Martín negó.
—No.
La voz volvió.
—Sí.
—No.
—Yo soy tú.
Martín miró debajo de la cama. Y por primera vez vio algo. Dos ojos. No eran humanos. No eran grandes. No eran monstruosos. Eran exactamente los ojos de Martín. La voz habló:
—Si me miras, recordarás.
Martín respondió:
—Ya recuerdo.
Los ojos desaparecieron. Silencio. El niño de ocho años miró a Martín.
—¿Qué has hecho?
—No lo sé.
Entonces Aurelio apareció en la puerta.
—Has conseguido que te vea.
Martín se giró.
—¿Qué significa?
Aurelio entró lentamente.
—Ahora sabe que ya no estás dormido.
—¿Y?
—Ahora vendrá por ti.
El suelo comenzó a vibrar. La cama se movió. La oscuridad debajo empezó a extenderse. Martín agarró al niño.
—Tenemos que salir.
Aurelio negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no puedes huir.
Martín miró alrededor.
—¿Qué quieres que haga?
Aurelio señaló al pequeño Martín.
—Dile la verdad.
Martín se quedó inmóvil.
—¿Qué verdad?
—La que nunca le dijiste.
Martín miró al niño.
—¿Cuál?
Aurelio respondió:
—Que su padre murió.
El pequeño Martín comenzó a llorar.
—Eso no es la verdad.
Martín sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué?
El niño miró debajo de la cama.
—Papá no murió.
Silencio.
—Papá sigue aquí.
Martín se quedó helado. La voz del padre apareció desde debajo de la cama.
—Hijo…
El pequeño sonrió.
—¿Lo ves?
Martín retrocedió.
—No.
—Sí.
—Tu padre murió en 1992.
El niño negó.
—Eso es lo que te hicieron creer.
La voz volvió.
—Martín…
El adulto cerró los ojos. Y comprendió algo. No podía confiar en los recuerdos. Pero tampoco podía ignorarlos. Porque aquella era precisamente la trampa. La entidad no necesitaba mentir. Solo necesitaba mezclar una verdad con una mentira. Martín abrió los ojos.
—Si eres mi padre…
La voz guardó silencio.
—Dime algo que solo él podría saber.
Silencio.
Martín esperó. La voz respondió:
—Naciste el 12 de marzo de 1988.
Martín negó.
—Eso lo sabe cualquiera.
Silencio.
Entonces llegó la respuesta. Una frase pequeña. Una frase que Martín no había recordado nunca. La frase que su padre le decía cuando era muy pequeño.
—Cuando tengas miedo, mira mis zapatos.
Martín sintió que las lágrimas le llenaban los ojos. Era una frase absurda. Íntima. Suya. De su padre. La voz continuó:
—Siempre estaban debajo de tu cama porque tú los escondías allí.
Martín cayó de rodillas. El pequeño Martín lo miró.
—Es papá.
Martín no respondió. Porque en ese instante comprendió la verdad. La voz podía conocer sus recuerdos. Pero aquella frase… también estaba en su memoria. Podía haberla aprendido de él. Martín levantó la mirada.
—No.
La voz se quedó en silencio.
—No eres mi padre.
El silencio se volvió absoluto. Entonces algo debajo de la cama comenzó a reír. No como una persona. Como una casa. Como una habitación llena de bocas. La risa creció. Las paredes temblaron. Y la voz dijo:
—Muy bien.
Martín abrazó al niño.
—¿Qué quieres?
La respuesta llegó desde todas partes.
—Que sigas dudando.
Martín sintió frío.
—¿Por qué?
—Porque mientras dudes de quién eres…
La cama comenzó a levantarse lentamente.
—…yo puedo ser cualquiera.
Y debajo de la cama apareció una oscuridad inmensa. Dentro de ella… se abrió un ojo. El ojo tenía el mismo color que los de Martín. Y estaba
mirándolo.