CAPÍTULO 22 — Antes del primer recuerdo
Martín abrió los ojos. No estaba en una habitación.
No estaba debajo de la cama. No estaba en la casa.
Estaba flotando en una oscuridad tibia y silenciosa.
No había arriba. No había abajo. Solo un latido.
Tum. Tum. Tum. Martín intentó moverse. No pudo.
Intentó hablar. No tenía boca. Entonces una voz habló a su alrededor.
—Antes de que tuvieras nombre…
Otro latido.
—Antes de que tuvieras recuerdos…
La oscuridad comenzó a iluminarse. Una habitación apareció delante de él.
Una habitación de hospital. Martín la reconoció.
La había visto antes. Pero ahora podía observarla desde un lugar diferente.
Su madre estaba en la cama. Su padre estaba a su lado.
Y entre los brazos de su madre estaba un bebé.
Martín. 12 de marzo de 1988. Un solo nacimiento.
El suyo. Martín observó a sus padres. Su madre lloraba. Su padre parecía aterrado.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Su padre no contestó. Miraba fijamente al bebé. A Martín. Después miró la pared. Había una sombra allí. Una sombra que no pertenecía a nadie. La mujer sin rostro apareció junto a la ventana.
—Ya está aquí.
El padre se colocó delante de la cama.
—No te acerques.
La mujer no hizo caso.
—No he venido por el niño.
El padre apretó los puños.
—Entonces vete.
—He venido por aquello que llegó con él.
Martín sintió un escalofrío. La mujer señaló al bebé.
—Él no está solo.
Su madre abrazó a Martín.
—¿Qué significa eso?
La mujer respondió:
—Significa que desde su primer aliento hay algo unido a él.
El padre negó.
—Eso no es suyo.
—Ahora sí.
La escena se distorsionó. Martín vio al bebé llorando.
Y detrás de él apareció una segunda sombra.
Pequeña. Infantil. No era otro bebé. No era otra persona.
Era una presencia. Algo que había quedado unido a Martín desde el mismo instante de su nacimiento.
Martín comprendió. No había habido otro nacimiento.
Había nacido él. Y con él había llegado aquello. La voz volvió a hablar.
—La presencia.
Martín sintió un escalofrío.
—¿El primero de qué?
La habitación quedó en silencio. La sombra detrás del bebé se movió. La voz respondió:
—El primero en entrar.
Martín comprendió que aquella palabra no hablaba de un niño.
Hablaba de algo que había entrado en su vida antes de que pudiera recordar.
Antes de que pudiera hablar. Antes incluso de conocer su propio nombre.
La escena cambió. Ahora Martín tenía cuatro años.
1992. Su padre estaba arrodillado delante de él. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Escúchame, hijo.
El pequeño Martín lo miraba sin entender.
—¿Qué pasa?
Su padre le puso una mano sobre el pecho.
—Hay algo dentro de ti.
Martín recordó aquella sensación. Una presión. Un latido que no era suyo.
—¿Qué es?
Su padre negó.
—No debes saberlo.
—¿Por qué?
—Porque si lo recuerdas, podrá encontrarte.
El pequeño Martín comenzó a llorar.
—¿Quién?
Su padre lo abrazó.
—No importa.
Pero sí importaba. Mucho. Porque aquel día su padre no estaba intentando cambiar quién era Martín. Estaba intentando impedir que
aquello que había llegado con él pudiera despertar. La escena volvió a cambiar. Martín tenía ocho años. 1996. Estaba sentado sobre su cama. Debajo de ella había algo. Respirando. Su padre estaba en la puerta.
—No mires.
Martín recordó. La voz. Los tres golpes.
La regla. Si alguna vez escuchas que alguien te llama desde debajo de la cama…
no respondas. No porque debajo hubiera otro Martín.
No porque hubiera nacido otro niño. Sino porque aquello llevaba años intentando conseguir una cosa.
Una respuesta. Una identidad. Un nombre.
Una puerta. La imagen se deshizo. Martín volvió a la oscuridad.
—Entonces yo siempre fui yo.
La voz tardó en contestar.
—Sí.
Martín cerró los ojos.
—Martín.
La voz respondió:
—Ese es el nombre que recibiste.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Y mi verdadero nombre?
Silencio.
—Todavía no.
Martín abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque un nombre puede abrir una puerta.
La oscuridad comenzó a desaparecer. Antes de que todo se desvaneciera, Martín volvió a ver la habitación del hospital. Su padre sostenía al recién nacido. Su madre lloraba. Y detrás del bebé… la pequeña sombra. La mujer sin rostro estaba junto a la ventana.
—No es otro niño —dijo.
El padre la miró.
—Entonces, ¿qué es?
La mujer respondió:
—La presencia.
Martín comprendió finalmente el significado. El primero no era el primer niño. Era la primera presencia. La primera cosa que había entrado en él. La primera cerradura. La primera puerta. Y llevaba treinta y ocho años esperando despertar. Martín abrió los ojos. Estaba otra vez en la
habitación infantil. Aurelio estaba delante de él. El niño de cuatro años. El miedo. Martín lo miró.
—Ya lo recuerdo.
Aurelio asintió.
—Entonces sabes quién soy.
—Sí.
—¿Quién?
Martín respondió:
—El miedo que quedó conmigo cuando tenía cuatro años.
Aurelio sonrió.
—Y ahora sabes quién está debajo de la cama.
Martín miró hacia abajo. La oscuridad seguía allí.
—La presencia.
Aurelio negó.
—No.
Martín frunció el ceño.
—¿No?
—La presencia no está realmente debajo de la cama.
Martín sintió que el corazón se le detenía.
—Entonces, ¿dónde está?
Aurelio levantó lentamente un dedo. Y señaló el pecho de Martín. Martín dejó de respirar.
—No.
Aurelio susurró:
—Siempre estuvo dentro de ti.
Martín sintió el latido. Tum. Tum. Tum. El mismo que había escuchado en la oscuridad.
Pero ahora comprendía algo terrible. Aquel latido parecía no pertenecer a su corazón.
Era el otro. La presencia que había llegado con él el día de su nacimiento.
La cosa que su padre había intentado mantener dormida.
La razón por la que había borrado sus recuerdos.
La razón por la que la casa existía. Martín puso una mano sobre su pecho.
—¿Qué quiere?
Aurelio respondió:
—Despertar.
—¿Y si despierta?
El niño sonrió.
—Entonces ya no necesitará esconderse debajo de ninguna cama.
Martín sintió que el latido aumentaba. Tum. Tum. TUM. La casa comenzó a temblar. Las paredes se agrietaron. La bombilla se apagó. Y desde dentro del pecho de Martín… una voz susurró:
—Por fin.
Martín cerró los ojos. La voz volvió a hablar. Esta vez con absoluta claridad.
—Ahora recuerda quién abrió los ojos primero.
Martín abrió los suyos. Y comprendió que la historia no había comenzado aquella noche. Ni en 1992. Ni en 1996. Había comenzado el 12 de marzo de 1988. El día en que nació. El día en que algo más llegó con él. Y aquello… acababa de despertar.