No mires debajo de la cama CAPÍTULO 21 — La puerta principal
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CAPÍTULO 21 — La puerta principal

La llave giró lentamente. Martín no respiró.

El sonido metálico de la cerradura llenó el pasillo.

Una vuelta. Después otra. La puerta comenzó a abrirse.

Martín permaneció inmóvil. No tenía dónde esconderse.

No había ninguna puerta entre él y aquello.

Solo el pasillo. La habitación. La cama.

Y la entrada. La puerta se abrió unos centímetros.

Oscuridad. Nada más. Martín sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.

Entonces apareció una mano. Pequeña. Infantil.

Los dedos se apoyaron sobre el borde de la puerta.

Martín retrocedió. La mano desapareció. Después apareció un rostro.

Un niño. Ocho años. Martín lo reconoció inmediatamente.

Era él. El niño entró en la casa. Miró alrededor. Después cerró la puerta.

—Llegas tarde —dijo.

Martín no respondió.

—¿Dónde está el otro?

—¿Quién?

El niño lo miró.

—El de cuatro años.

Martín sintió un escalofrío.

—Está dentro de mí.

El niño sonrió.

—Entonces funcionó.

Martín frunció el ceño.

—¿Qué funcionó?

—El intercambio.

—¿Qué intercambio?

El niño se acercó.

—Tú querías salir.

—Sí.

—Él quería entrar.

Martín sintió que algo se movía dentro de su pecho.

—¿Quién?

El niño señaló a Martín.

—El que llevas dentro.

Martín retrocedió.

—No.

—Sí.

—Aurelio.

El niño negó.

—No.

—Entonces, ¿quién?

El niño levantó la cabeza.

—La presencia.

Martín sintió que las piernas le temblaban.

—¿El niño que nació antes que yo?

—Sí.

—¿Está dentro de mí?

—Ahora sí.

Martín miró hacia la cama.

—Entonces, ¿qué hay debajo?

El niño sonrió.

—La parte que no pudo entrar.

Martín comprendió. La criatura no había desaparecido. Se había dividido. Una parte estaba dentro de él. Otra seguía debajo de la cama.

—¿Y qué quiere?

El niño dejó de sonreír.

—Salir.

Un golpe sacudió el suelo. Toc. Martín se quedó quieto. Toc. El niño también. Toc. Tres golpes. Debajo de la cama. El niño de ocho años susurró:

—No mires.

Martín recordó la regla. Pero esta vez algo había cambiado. Ya no tenía miedo de mirar. Tenía miedo de lo que pudiera reconocer.

—Tengo que hacerlo.

—No.

—Si no sé qué hay ahí, nunca terminará.

—Ya terminó.

Martín lo miró.

—¿Qué?

—La puerta se cerró.

Martín miró hacia la entrada. Seguía cerrada.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

El niño señaló el suelo.

—Porque tú la trajiste.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Cuándo?

El niño respondió:

—Cuando dijiste tu verdadero nombre.

Martín recordó. La palabra. El nombre que había pronunciado. La casa había reaccionado. Las puertas se habían abierto. Y algo había entrado en él.

—Entonces cometí un error.

—No.

—¿No?

—Hiciste exactamente lo que ella quería.

Martín miró hacia la cama.

—¿La mujer sin rostro?

El niño negó.

—Ella también es una puerta.

—Entonces, ¿quién mueve todo esto?

El niño tardó unos segundos.

—El que está debajo.

El suelo volvió a temblar. La cama se desplazó unos centímetros. Martín retrocedió.

—¿Qué hacemos?

El niño respondió:

—Tenemos que despertarlo.

—¿Despertarlo?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para que recuerde que está muerto.

Martín se quedó inmóvil.

—¿Qué?

El niño señaló debajo de la cama.

—Eso es lo único que puede destruirlo.

Martín no comprendía.

—¿Cómo se destruye algo así?

El niño respondió:

—Haciéndolo recordar su propia muerte.

El ruido debajo de la cama cesó. Silencio. Martín miró al niño.

—¿Cómo?

El niño se acercó a él.

—Tú viste el recuerdo.

—¿Cuál?

—El de 1992.

Martín cerró los ojos. Su padre. La puerta. El niño. La llave. La muerte.

—No murió mi padre —susurró.

—No.

—Murió el primero.

—Sí.

Martín abrió los ojos.

—¿Y mi padre encerró su cuerpo aquí?

El niño negó.

—No su cuerpo.

—Entonces…

—Su recuerdo.

Martín sintió una presión en el pecho. Todo comenzaba a encajar.

Su padre había cerrado la puerta en 1992.

Había encerrado allí la parte del primer niño que no podía morir.

Una memoria. Una identidad. Algo que la entidad utilizaba como ancla.

Y cuando Martín recuperó sus recuerdos… había liberado también aquella parte.

—Tengo que devolverlo.

El niño asintió.

—Sí.

—¿Y cómo?

El niño señaló la cama.

—Debajo.

Martín miró la oscuridad. Esta vez no retrocedió. Se arrodilló.

—Si entro ahí…

—No podrás volver siendo el mismo.

Martín respiró profundamente.

—Ya no soy el mismo.

Metió una mano debajo de la cama. El frío le recorrió el brazo. No encontró suelo. Encontró una superficie húmeda. Después otra mano. La mano de un niño. Martín la agarró. La criatura tiró. Martín fue arrastrado. El niño de ocho años gritó:

—¡Martín!

Y en un instante… Martín desapareció debajo de la cama.

No cayó. No se deslizó. Simplemente dejó de estar en la habitación.

Cuando abrió los ojos… estaba de pie en un dormitorio infantil.

Frente a él había una cama. Encima de ella…

un niño dormía. Martín se acercó. Reconoció la habitación.

Era la suya. Pero había algo diferente. El niño de la cama tenía cuatro años.

Y respiraba lentamente. Martín se inclinó.

El niño abrió los ojos. Lo miró. Y dijo:

—Por fin.

Martín retrocedió.

—¿Quién eres?

El niño sonrió.

—La presencia.

—¿Eres el que estaba dentro de mí?

—Una parte.

—¿Y la otra?

El niño señaló el suelo. Debajo de la cama había una oscuridad absoluta.

—La otra está esperando.

Martín miró.

—¿Esperando qué?

El niño respondió:

—A que tú te acuestes.

Martín sintió que algo respiraba detrás de él. Se giró. No había nadie. Volvió a mirar al niño. Ahora tenía treinta y ocho años. Su mismo rostro. Su misma voz. Y sus mismos ojos.

—¿Qué quieres?

La copia respondió:

—Que recuerdes cómo naciste.

Martín negó.

—Ya lo recuerdo.

—No.

La copia sonrió.

—Recuerdas cómo nació el cuerpo.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Y qué falta?

La copia se incorporó lentamente.

—Recordar cómo naciste tú.

La luz se apagó. Y una voz comenzó a contar desde debajo de la cama.

—Uno.

Martín se quedó inmóvil.

—Dos.

La voz era infantil.

—Tres.

Una mano apareció debajo de la cama.

—Cuatro.

Otra mano.

—Cinco.

Después otra.

—Seis.

Y otra. Martín retrocedió. La voz siguió contando.

—Siete.

—Ocho.

—Nueve.

—Diez.

Cada número traía una nueva mano. Hasta que el suelo quedó cubierto de dedos. La voz llegó al último número.

—Treinta y ocho.

Todo quedó en silencio. Entonces, desde debajo de la cama… algo dijo:

—Ahora recuerda cómo naciste.

Y la habitación desapareció.