No mires debajo de la cama CAPÍTULO 20 — La última cerradura
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CAPÍTULO 20 — La última cerradura

Martín corrió. El niño de cuatro años corría a su lado.

No hablaban. No podían. Detrás de ellos, las habitaciones se derrumbaban unas dentro de otras.

Las paredes se doblaban. Las camas caían desde el techo.

Las puertas aparecían y desaparecían. Y debajo de todas ellas…

algo avanzaba. Algo que no necesitaba caminar.

Algo que podía estar delante y detrás al mismo tiempo.

—¡Más rápido! —gritó Martín.

El niño corría con todas sus fuerzas. Pero era demasiado pequeño. Martín lo levantó en brazos. El niño se agarró a su cuello.

—No quiero volver.

—No vas a volver.

—Mientes.

Martín siguió corriendo.

—Esta vez no.

Al fondo apareció la puerta. La primera puerta.

La que su padre había cerrado en 1992. La misma que había permanecido sellada durante treinta y cuatro años.

Ahora estaba abierta. Y al otro lado estaba la casa.

La casa real. La habitación de Martín. La cama.

La ventana. El reloj. Las 3:17. Martín cruzó el umbral.

El niño también. La puerta comenzó a cerrarse.

Martín se giró. Su padre seguía al otro lado.

Arrodillado. Sangrando por la nariz. Pero vivo. Martín dio un paso hacia él.

—¡Papá!

Su padre levantó la cabeza.

—No vuelvas.

—¡Puedo sacarte!

El hombre sonrió. Una sonrisa triste.

—No.

—¡Sí!

—Hijo…

La puerta seguía cerrándose.

—Escúchame.

Martín se quedó quieto.

—Lo siento.

El hombre tragó saliva.

—Lo siento por haberte hecho olvidar.

Martín negó con la cabeza.

—Querías salvarme.

—Sí.

—Entonces lo hiciste.

Su padre cerró los ojos.

—No.

Los abrió una última vez.

—Te salvé de mí.

La puerta se cerró. Martín golpeó la madera.

—¡Papá!

Nada. Solo silencio. El niño de cuatro años seguía abrazado a él. Martín apoyó la frente contra la puerta.

—¿Se ha ido?

El niño respondió:

—No.

Martín levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Está detrás.

Martín se volvió. La habitación estaba vacía.

—¿Dónde?

El niño señaló debajo de la cama. Martín sintió que el corazón se le detenía.

—No.

—Está ahí.

—No puede ser.

—Él siempre está debajo.

Martín miró la cama. La regla de su padre regresó a su memoria. No mires debajo de la cama. Pero entonces comprendió algo. La regla nunca había significado que no debía mirar. Significaba que no debía responder. Martín se arrodilló. Miró debajo. Oscuridad. Nada más.

—Papá.

Silencio.

—Si estás ahí…

El niño de cuatro años lo agarró.

—No respondas.

Martín cerró los ojos.

—No voy a responder.

Esperó. Nada. Entonces una mano apareció debajo de la cama.

Martín retrocedió. La mano no intentó agarrarlo.

Dejó algo en el suelo. Una pequeña llave.

La misma que su padre había utilizado en 1992.

Martín la recogió. Estaba helada. En el metal había una inscripción.

Una sola palabra. RECUERDA. El niño de cuatro años comenzó a llorar.

—No.

—¿Qué pasa?

—Ya viene.

Martín se levantó.

—¿Quién?

El niño miró hacia la puerta de la habitación.

—El que estaba antes que tú.

La puerta se abrió. No había nadie. Pero una sombra atravesó el pasillo.

Martín reconoció aquella sombra. Era la de la mujer sin rostro.

Solo que ahora era mucho más grande. La sombra llenó la pared.

Después el techo. Después el suelo. La casa comenzó a perder sus formas.

Las paredes se volvieron negras. Las ventanas desaparecieron.

El reloj se detuvo. 3:17. Siempre 3:17. Martín apretó la llave.

—¿Qué quiere?

El niño respondió:

—Que abras.

—¿Qué?

—La última puerta.

Martín miró la llave.

—¿Dónde está?

El niño señaló el suelo. Debajo de la cama. Martín negó.

—No.

—Sí.

—No voy a abrir otra puerta.

—No tienes elección.

La cama comenzó a moverse. Centímetro a centímetro. Como si alguien estuviera empujándola desde abajo. Martín agarró al niño.

—¡Corre!

Pero el niño no se movió.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque yo soy la llave.

Martín lo miró.

—¿Qué significa eso?

El niño levantó una mano. En su palma había una pequeña marca. La misma forma que tenía la llave. Martín comprendió. La llave no abría la puerta. La llave era el niño. Y la puerta… era él. El niño de cuatro años comenzó a desaparecer. Primero sus pies. Después sus piernas.

—¡No!

Martín intentó sujetarlo. Pero sus manos atravesaron el cuerpo del niño.

—¡Agárrate!

El niño sonrió.

—Ya lo hice una vez.

—¿Qué?

—Cuando naciste.

Martín sintió un vacío en el pecho.

—No te vayas.

—No me voy.

El niño levantó la mano. La apoyó sobre el pecho de Martín.

Y desapareció dentro de él. Martín cayó de rodillas.

El dolor fue inmediato. No físico. Peor.

Todos sus recuerdos regresaron al mismo tiempo.

Su nacimiento. Su madre. Su padre. La habitación.

La puerta. El pacto. La noche de 1992. El niño.

La muerte. El miedo. La criatura. La casa.

Todo. Pero entre aquellos recuerdos apareció uno que jamás había visto.

Una mujer desconocida. Mucho antes de 1988.

Mucho antes de sus padres. Estaba sentada junto a una cama.

Una cama infantil. Debajo había un niño. La mujer hablaba con él.

—Algún día llegará otro.

El niño preguntó:

—¿Quién?

—El que llevará tu vida.

—¿Por qué?

—Porque tú no puedes salir.

El niño comenzó a llorar.

—¿Y él?

La mujer acarició su cabeza.

—Él ocupará tu lugar.

Martín sintió que el recuerdo se alejaba. Antes de desaparecer, vio el rostro del niño. Era el mismo que él había tenido toda su vida. Pero no era Martín. La mujer se levantó. Miró directamente hacia él. Y dijo:

—Ahora ya sabes dónde empezó.

Martín abrió los ojos. Estaba de nuevo en su habitación.

La cama estaba delante. Todo parecía normal.

Demasiado normal. El reloj marcaba las 3:18.

Había pasado un minuto. Martín respiró. La casa estaba en silencio.

Por primera vez desde que todo había comenzado…

no escuchaba respiración debajo de la cama.

Se acercó lentamente. Miró. Nada. Sonrió.

Entonces alguien llamó a la puerta principal.

Tres golpes. Toc. Toc. Toc. Martín se quedó inmóvil.

Una voz de mujer llegó desde el otro lado.

—Martín.

Él no respondió. La voz insistió.

—Hijo.

Martín sintió que se le helaba la sangre. Era su madre. Pero su madre llevaba diecisiete años muerta.

—Martín, abre.

Martín cerró los ojos. No respondió. La voz cambió. Ahora era la de su padre.

—Hijo.

Martín siguió callado. Después fue la voz del niño de ocho años.

—No tengas miedo.

Martín abrió los ojos. Y entonces escuchó una cuarta voz. La suya. Pero no venía de la puerta. Venía de debajo de la cama.

—Muy bien.

Martín se quedó paralizado. La voz continuó:

—Has aprendido la regla.

Una pausa.

—Pero todavía no has aprendido la última.

Martín susurró:

—¿Cuál?

La voz respondió:

—Nunca abras la puerta cuando estés seguro de que estás solo.

Martín miró lentamente hacia la puerta principal. El pomo comenzó a girar. Una vez. Dos. Tres. Y al otro lado… alguien empezó a introducir una llave en la cerradura.