No mires debajo de la cama CAPÍTULO 19 — La habitación más profunda
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CAPÍTULO 19 — La habitación más profunda

Martín no se movió. La voz seguía debajo de la cama. Su propia voz.

—Ahora te toca a ti esconderte.

Martín tragó saliva.

—¿De quién?

La respuesta llegó inmediatamente.

—De mí.

El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

Martín volvió a mirar. La habitación que existía debajo de la cama seguía allí.

Otra cama. Otra habitación. Otra cama. Otra habitación.

Y, en cada una, una versión diferente de él.

Un niño. Un adolescente. Un adulto. Algunos dormían.

Otros lloraban. Otros permanecían sentados en el suelo, mirando hacia arriba.

Pero todos tenían algo en común. Todos esperaban. Martín se incorporó.

—Esto no puede ser real.

La voz respondió desde abajo:

—Para ti, no.

—Entonces, ¿para quién?

—Para el que está debajo de todos.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Silencio. Después:

—Tú.

Martín cerró los ojos.

—Deja de utilizar mi voz.

La respuesta fue inmediata.

—No estoy utilizando tu voz.

Martín abrió los ojos.

—Entonces, ¿qué haces?

—Te estoy devolviendo lo que siempre fue tuyo.

Una de las habitaciones inferiores se apagó. Después otra. Después otra. Las luces comenzaron a desaparecer una por una, descendiendo hacia una profundidad imposible. Hasta que solamente quedó una. La última habitación. Martín pudo verla. Era diferente. No había cama. No había

ventanas. No había puertas. Solo una silla. Y en la silla había un hombre. De espaldas. Martín supo quién era antes de que se girara. Su padre. Pero esta vez no parecía tener cuatro años de recuerdos encima. Parecía mucho más viejo. Agotado. Como si hubiera pasado décadas esperando.

—Papá…

El hombre levantó la cabeza.

—No bajes.

Martín se quedó inmóvil.

—¿Eres tú de verdad?

—Sí.

—¿Dónde estás?

—Donde te escondí.

Martín sintió que le faltaba el aire.

—¿Me escondiste aquí?

—No.

Su padre negó lentamente.

—Te escondí de aquí.

—No entiendo.

—Porque no podía destruirlo.

El hombre señaló la habitación.

—Así que hice lo único que podía.

Martín se acercó al borde.

—¿Qué hiciste?

Su padre respondió:

—Te enseñé a olvidar.

Martín sintió una punzada.

—Y ahora lo recuerdo todo.

—No.

La voz del padre se quebró.

—Todavía no.

Martín frunció el ceño.

—¿Qué falta?

Su padre levantó la mirada.

—El último recuerdo.

—¿Cuál?

—El momento en que morí.

Martín se quedó completamente quieto. Durante treinta y cuatro años había tenido una imagen borrosa. Una puerta. Una llave. La voz de su padre. Después, nada.

—Yo recuerdo que moriste.

—No.

Su padre negó.

—Recuerdas que desaparecí.

Martín sintió frío.

—¿No moriste aquella noche?

El hombre tardó unos segundos en responder.

—Mi cuerpo sí.

Martín bajó la mirada.

—¿Y tú?

—Yo me quedé aquí.

La habitación inferior comenzó a oscurecerse.

—¿Para vigilarlo?

—Para vigilarte a ti.

Martín miró a su padre.

—¿Por qué?

—Porque cuando cerré la puerta en 1992 no encerré a la criatura.

Martín dejó de respirar.

—¿Qué encerraste?

Su padre respondió:

—A mí.

Un ruido profundo recorrió las habitaciones. Como un trueno lejano.

—Yo fui la última cerradura.

Martín comprendió lentamente.

—Por eso la puerta permaneció cerrada.

—Sí.

—Hasta que yo recuperé mis recuerdos.

—Sí.

—Entonces cuando la abrí…

Su padre terminó la frase:

—Me liberaste.

Martín retrocedió.

—¿Y ahora?

Su padre se levantó de la silla.

—Ahora ya no puedo volver a cerrarla.

—¿Por qué?

El hombre miró hacia arriba.

—Porque la cerradura siempre necesita a alguien que recuerde.

Martín entendió.

—Yo.

Su padre asintió.

—Tú.

—¿Tengo que quedarme aquí?

—No.

La respuesta sorprendió a Martín.

—Entonces, ¿qué tengo que hacer?

Su padre señaló el fondo de la habitación. Por primera vez, Martín vio algo detrás de él. Una cama. Pequeña. Infantil. Y debajo de ella… una oscuridad que parecía respirar.

—Ahí está lo que tu madre entregó.

Martín sintió un vacío en el estómago.

—¿Mi nombre?

—No.

—¿Entonces qué?

Su padre respondió:

—Tu primer recuerdo.

Martín no entendió.

—¿Cuál?

—El recuerdo de haber nacido.

Martín sintió que las piernas le fallaban.

—¿Eso es lo que quiere?

—No.

Su padre miró hacia la oscuridad.

—Eso es lo que necesita para volver a ser uno.

—¿Uno con qué?

El hombre cerró los ojos.

—Contigo.

La oscuridad debajo de la cama comenzó a moverse. Algo estaba saliendo. Primero apareció una mano. Después otra. Martín dio un paso atrás. Las manos se apoyaron en el suelo. Una cabeza comenzó a asomar.

Martín reconoció el rostro. Era el suyo. Pero mucho más joven. Cuatro años. El niño salió lentamente de debajo de la cama. No era Aurelio. No era el miedo. Era el primer Martín. El que había nacido. El verdadero. El niño levantó la cabeza.

—¿Por qué me abandonaste?

Martín no pudo responder.

—Yo no te abandoné.

El niño sonrió.

—No.

Se puso de pie.

—Tu padre lo hizo.

Martín miró a su padre. El hombre no negó la acusación.

—Lo hice para salvarte.

El niño de cuatro años se acercó.

—¿Salvar a quién?

Su padre bajó la cabeza.

—A él.

El niño señaló a Martín.

—Él no era el que tenía que vivir.

Martín sintió que el mundo se detenía.

—Entonces, ¿quién soy yo?

El niño lo miró directamente.

—El reemplazo.

Aquella palabra atravesó a Martín. El niño continuó:

—El primero murió.

Martín miró a su padre.

—¿Cuándo?

El hombre respondió:

—En 1992.

Martín recordó entonces la habitación. La llave.

La puerta. Los gritos. Su padre arrodillado frente a él.

Y comprendió. Aquel día no había muerto solamente su padre.

Algo más había muerto. El niño que había nacido el 12 de marzo de 1988.

El niño que debía haber sido Martín. Y alguien había ocupado su lugar. Martín miró al niño.

—Entonces… ¿quién soy?

El niño sonrió.

—El que quedó cuando él murió.

La casa entera comenzó a temblar. Desde todas las habitaciones llegó el mismo sonido. Una respiración. Miles de respiraciones. Debajo de todas las camas. Su padre gritó:

—¡No lo escuches!

Pero ya era tarde. La oscuridad habló. Y esta vez no utilizó la voz de Martín. Ni la de su madre. Ni la de su padre. Utilizó una voz que parecía proceder de antes de que existieran las palabras.

—Devuélveme al primero.

El niño de cuatro años comenzó a llorar. Martín comprendió que aquella era la verdadera batalla. No se trataba de descubrir quién era. No se trataba de recuperar un nombre. Se trataba de decidir cuál de los dos tenía derecho a existir. Martín extendió la mano hacia el niño.

—Ven conmigo.

El niño dudó.

—¿Adónde?

Martín miró hacia la oscuridad.

—Fuera.

Su padre gritó:

—¡No puedes sacar a los dos!

Martín respondió:

—Entonces no sacaré a los dos.

El padre comprendió lo que iba a hacer.

—Martín…

—No.

Martín miró a su padre.

—Esta vez no vas a decidir por mí.

Y agarró la mano del niño. La oscuridad rugió. Todas las camas comenzaron a golpear el suelo. Una tras otra. Una. Dos. Tres. Cientos. Miles. Como si algo enorme estuviera despertando debajo de todas ellas. Martín apretó la mano del niño.

—Corre.

Y los dos echaron a correr hacia la única salida. Hacia arriba. Hacia la habitación. Hacia la casa. Mientras detrás de ellos, por primera vez en treinta y cuatro años… su padre comenzó a gritar. No de miedo. De dolor. Porque la última cerradura acababa de romperse.