CAPÍTULO 18 — El primer llanto
El bebé seguía llorando. Martín tenía la mano apoyada sobre la puerta.
No quería abrirla. Había aprendido que cada puerta escondía un recuerdo.
Y que cada recuerdo escondía una mentira.
Pero aquel llanto era diferente. No sonaba lejano.
Sonaba como si el bebé estuviera al otro lado de su propia piel. El niño de ocho años se acercó.
—No la abras.
Martín no respondió.
—¿Por qué?
—Porque ya sabes lo que hay detrás.
—No.
El niño lo miró.
—Sí.
—¿Qué hay?
—Tú.
Martín retiró la mano. El llanto cesó. Silencio. Después, tres golpes. Toc. Toc. Toc. Martín cerró los ojos.
—Otra vez…
La puerta comenzó a abrirse sola. Esta vez no apareció el hospital.
Apareció una habitación pequeña. Una habitación que Martín no había visto nunca.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías.
Cientos. Miles. Todas mostraban al mismo niño.
El niño tenía cuatro años. Después cinco.
Seis. Siete. Ocho. Pero ninguna fotografía mostraba a Martín adulto.
En una esquina había una cuna. Vacía. Y sobre ella había una manta blanca.
Martín entró. El niño de ocho años lo siguió.
—¿Dónde están las fotografías de cuando nací?
El niño señaló la pared.
—Ahí.
Martín miró. Había una fotografía del 12 de marzo de 1988.
Su madre sostenía un bebé. Su padre estaba a su lado.
Pero había algo extraño. La fotografía tenía dos sombras.
Una pertenecía al bebé. La otra estaba detrás de él.
Una sombra diminuta. Como una sombra que no pertenecía al bebé.
Martín acercó el rostro. Entonces vio algo escrito detrás de la fotografía.
Una fecha. 12 DE MARZO DE 1988. Y debajo: 12 DE MARZO DE 1988.
UN SOLO NACIMIENTO. Martín sintió un escalofrío.
—¿Primer nacimiento?
El niño de ocho años asintió.
—No significa que hubiera un segundo.
Martín se giró.
—Entonces, ¿qué significa?
El niño señaló la sombra.
—Que la presencia intentó hacerte creer que había otro nacimiento.
Martín recordó a su padre. 1992. El año de su muerte. El año en que todo había sido cerrado.
—Yo tenía cuatro años.
—Sí.
—Entonces, ¿qué ocurrió?
El niño bajó la mirada.
—No naciste otra vez.
Martín sintió que el estómago se le encogía.
—Entonces, ¿qué ocurrió?
—La presencia intentó convertir un recuerdo en una segunda historia.
Una fotografía cayó de la pared. Martín la recogió.
En ella aparecía su padre. Estaba arrodillado junto a una cama.
Frente a él había un niño de cuatro años.
Martín reconoció aquella habitación. Era su habitación infantil.
Pero algo no encajaba. El niño de la fotografía estaba mirando directamente a la cámara.
Y tenía los ojos completamente negros. En el reverso había una frase escrita a mano: LA SEGUNDA VIDA ERA UNA MENTIRA. Martín dejó caer la fotografía.
—¿Qué significa?
El niño de ocho años respondió:
—Que tu padre consiguió impedirlo.
—¿Impedir qué?
—Que él saliera.
Martín levantó la mirada.
—¿Quién?
El niño señaló la fotografía.
—El que estaba dentro de ti.
Martín sintió un golpe en el pecho. El mismo que había sentido antes. Una vez. Dos. Tres. Se llevó la mano al corazón.
—Está aquí.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
El niño lo miró.
—Desde antes de que tú pudieras recordarlo.
Martín respiró profundamente.
—Entonces Aurelio…
—No.
—¿No es él?
—Aurelio es el nombre que le dieron al miedo.
—¿Y lo que está dentro de mí?
El niño tardó en contestar.
—Eso no tiene nombre.
La habitación comenzó a temblar. Las fotografías empezaron a caer.
Una. Otra. Otra. Todas mostraban diferentes momentos de la vida de Martín.
Pero ahora había algo que las unía. En cada una aparecía la misma sombra.
Detrás de él. A su lado. Debajo de la cama.
En una ventana. En el fondo de un espejo.
Siempre observando. Martín recogió una última fotografía.
Era de 1992. Su padre aparecía sosteniendo una caja metálica.
Martín estaba frente a él. Su madre no estaba.
Y en la pared había una puerta. La misma puerta.
Su padre había escrito algo sobre ella. Martín acercó la fotografía.
Las letras estaban casi borradas. Pero pudo leerlas.
NO LO DEJES RECORDAR. Debajo había otra frase.
SI RECUERDA, VOLVERÁ A NACER. Martín se quedó helado.
—Mi padre no borró mis recuerdos para protegerme.
El niño de ocho años negó.
—No.
—Los borró para impedir que volviera a nacer.
—Sí.
Martín cerró los ojos.
—¿Y por qué ahora recuerdo?
El niño respondió:
—Porque tú mismo abriste la puerta.
Martín comprendió. No había sido la casa.
No había sido la criatura. No había sido la entidad.
Había sido él. Cada recuerdo recuperado había debilitado la cerradura.
Cada nombre. Cada imagen. Cada fragmento de su infancia.
Había estado reconstruyendo aquello que su padre había destruido. Martín abrió los ojos.
—Entonces todavía puedo cerrarla.
El niño lo miró.
—Sí.
—¿Cómo?
El niño señaló la cuna. Martín se acercó. La manta blanca comenzó a moverse. Muy lentamente. Como si algo respirara debajo. Martín retrocedió.
—No.
La manta volvió a moverse. Una pequeña mano apareció debajo.
Martín sintió que el miedo le paralizaba las piernas.
La mano era diminuta. La piel estaba pálida.
Los dedos se cerraron sobre el borde de la cuna.
Y entonces apareció una cabeza. Un bebé.
Pero aquel bebé no lloraba. Lo miraba. Directamente.
Martín se quedó inmóvil. El bebé abrió la boca.
Y habló con una voz adulta. La voz de su padre.
—Hijo…
Martín sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—Papá…
El niño de ocho años gritó:
—¡NO!
Demasiado tarde. El bebé sonrió.
—Ahora sí me recuerdas.
La habitación desapareció. Martín cayó al suelo.
Cuando abrió los ojos estaba de nuevo en la casa.
Solo. El niño de ocho años había desaparecido.
Aurelio también. Las puertas habían desaparecido.
La cama estaba delante de él. Su cama. La de ahora.
Martín se incorporó lentamente. Miró debajo.
Oscuridad. Nada más. Entonces escuchó una respiración.
Una respiración lenta. Profunda. Muy cerca.
Martín recordó la regla de su padre. No mires debajo de la cama.
Pero ya no tenía ocho años. Ya no podía seguir huyendo.
Se arrodilló. Y miró. No había monstruo.
No había niño. No había oscuridad. Había una habitación.
Una habitación idéntica a aquella en la que estaba.
Y dentro de ella había otra cama. Debajo de esa cama…
otra habitación. Y otra. Y otra. Un número infinito de habitaciones.
Todas conectadas. Todas con una cama. Todas con alguien debajo.
Martín comprendió entonces la verdadera naturaleza de la casa.
No era una puerta. No era un lugar. Era una repetición.
Una forma de mantener encerrado aquello que nunca debía haber nacido.
Y en la habitación más profunda… alguien estaba esperando.
Alguien que tenía su rostro. Su voz. Sus recuerdos.
Y su nombre. Martín se inclinó un poco más.
Entonces escuchó una voz debajo de la cama. La suya.
—Ahora te toca a ti esconderte.