No mires debajo de la cama CAPÍTULO 17 — El primero
44%

CAPÍTULO 17 — El primero

—No lo pienses.

Martín lo miró.

—¿Por qué?

—Porque ella quiere que lo pienses.

—¿Quién?

El niño señaló la puerta.

—La que estaba en la habitación.

Martín recordó la sombra sobre la cuna.

—¿La entidad?

—No.

El niño negó lentamente.

—Ella estaba antes.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Antes que la entidad?

—Antes que todos.

Un golpe sonó detrás de la puerta. Toc. Martín retrocedió. Toc. El niño de ocho años cerró los ojos. Toc. Tres golpes. Martín recordó la primera noche. La misma secuencia. Siempre tres golpes.

—¿Por qué tres?

El niño abrió los ojos.

—Porque tres es el número de los que estuvieron allí.

Martín frunció el ceño.

—¿Quiénes?

—Tu padre.

—Mi madre.

—Y el primero.

Martín sintió que la sangre se le helaba.

—¿Quién es el primero?

El niño no respondió. La puerta se abrió.

No había nadie. Solo una habitación completamente blanca.

Martín entró. El aire olía a hospital. La escena de 1988 volvió a aparecer.

Su madre. Su padre. El bebé. Pero ahora había una cuarta persona.

Una mujer estaba junto a la ventana. Martín no podía verle el rostro. Su madre la miraba aterrorizada.

—No puedes llevártelo.

La mujer respondió:

—No voy a llevármelo.

—Entonces vete.

—No puedo.

El padre se interpuso.

—No tienes permiso.

La mujer sonrió.

—Yo no necesito permiso.

Martín se acercó.

—¿Quién eres?

La mujer giró lentamente la cabeza. No tenía cara. Martín retrocedió. La mujer levantó una mano. Y señaló al bebé.

—Él me pertenece.

La madre abrazó al recién nacido.

—No.

—Lo prometiste.

—Prometí otra cosa.

La mujer se acercó.

—Prometiste un nombre.

El padre agarró a su esposa.

—¡No se lo des!

La madre comenzó a llorar.

—No puedo.

La mujer sin rostro inclinó la cabeza.

—Entonces morirán los dos.

El padre miró al bebé. Después a su esposa. Y finalmente dijo algo que Martín no pudo escuchar. La mujer se quedó inmóvil.

—¿Qué has dicho?

El padre repitió la frase. Esta vez Martín la escuchó.

—Te daré el nombre de otro.

La mujer permaneció en silencio.

—¿De quién?

El padre miró al bebé.

—De alguien que todavía no existe.

Martín sintió que el corazón se le detenía. La mujer aceptó.

—Entonces hazlo.

La escena se distorsionó. El bebé comenzó a llorar.

La mujer sin rostro se inclinó sobre la cuna.

Y pronunció una palabra. No era Martín. Era el verdadero nombre.

El nombre que Martín había sentido dentro de su cabeza.

Pero esta vez lo escuchó claramente. Y comprendió algo.

No era un nombre humano. Era una palabra antigua.

Una palabra que no describía a una persona.

Describía una función. Puerta. Martín cayó de rodillas.

—Yo no soy el que lleva el nombre.

El niño de ocho años apareció a su lado.

—No.

—Yo soy la puerta.

El niño negó.

—Tampoco.

Martín lo miró.

—Entonces, ¿qué soy?

El niño señaló al bebé.

—El que debía morir.

Martín sintió un golpe de frío.

—¿Qué?

—Ese era el trato.

La escena continuó. La mujer sin rostro extendió una mano hacia la cuna. Pero el padre se adelantó.

—No.

La mujer se detuvo.

—El trato está hecho.

—Todavía no.

El padre sacó algo del bolsillo. Una pequeña fotografía. La dejó sobre la mesa. En ella aparecía un niño de cuatro años. Martín. Pero no era él. Era Aurelio. El mismo rostro. La misma mirada. La mujer sin rostro tomó la fotografía. Y por primera vez pareció satisfecha.

—Él.

El padre asintió.

—Él.

Martín se levantó de golpe.

—¡No!

La escena se rompió. El hospital desapareció. La habitación quedó completamente negra. El niño de ocho años estaba llorando.

—Tu padre intentó engañarla.

Martín respiraba con dificultad.

—¿A quién?

El niño respondió:

—A la mujer.

—¿Y funcionó?

El niño negó.

—No.

Desde algún lugar de la oscuridad llegó una voz.

—Funcionó durante treinta y ocho años.

Martín se quedó inmóvil. La voz continuó:

—Pero los engaños siempre terminan.

La mujer sin rostro apareció al fondo. Ya no llevaba forma humana. Era una silueta demasiado alta. Demasiado delgada. Y detrás de ella había miles de puertas.

—Tu padre me dio un nombre.

Martín apretó los dientes.

—¿El de Aurelio?

—No.

La figura avanzó.

—Aurelio fue el miedo.

Otro paso.

—El nombre que me dio tu padre…

Otro.

—…fue el de alguien que nunca nació.

Martín sintió que no podía moverse.

—¿Quién?

La mujer levantó una mano. Todas las puertas del fondo comenzaron a abrirse.

—Eso es lo que vas a descubrir.

Martín miró al niño de ocho años.

—¿Y qué pasa cuando lo descubra?

El niño respondió:

—Entonces sabrás por qué sigues vivo.

La mujer sin rostro sonrió. Y todas las puertas se cerraron de golpe.

Excepto una. La última. En ella había una inscripción.

Martín se acercó. Leyó las palabras. Y sintió que el mundo entero se detenía.

12 DE MARZO DE 1988. Debajo de la fecha había otra frase.

PRIMER NACIMIENTO. Martín tocó la puerta.

Y desde el otro lado… un bebé comenzó a llorar.