No mires debajo de la cama CAPÍTULO 16 — El nombre que no debía existir
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CAPÍTULO 16 — El nombre que no debía existir

Martín no recordaba haber pronunciado el nombre.

Lo había pensado. Solo eso. Una palabra dentro de su cabeza.

Una palabra que parecía haber estado enterrada detrás de cada recuerdo, esperando durante treinta y ocho años.

Pero la casa había reaccionado como si la hubiera gritado.

Las puertas se abrieron. Las paredes temblaron.

Y todos los Martín que aparecían al otro lado comenzaron a girar lentamente la cabeza hacia él.

Uno. Dos. Diez. Cientos. Todos al mismo tiempo.

El niño de ocho años apretó la mano de Martín.

—No los mires.

Martín no apartó los ojos.

—¿Quiénes son?

—Lo que la casa recuerda de ti.

Uno de los niños dio un paso. Después otro. Era Martín con cuatro años. El mismo rostro. La misma ropa. Los mismos ojos. Pero no caminaba como un niño. Arrastraba los pies. Como si llevara demasiado tiempo caminando.

—Tú no eres yo —dijo Martín.

El niño levantó la cabeza.

—No.

Martín sintió alivio. Hasta que el niño añadió:

—Tú eres el que quedó.

El alivio desapareció.

—¿Qué significa eso?

El niño señaló hacia atrás. Aurelio seguía allí. Pero ya no parecía un niño. Su cuerpo permanecía pequeño. Su rostro también. Sin embargo, detrás de él había aparecido una sombra enorme que se extendía por todo el techo. La sombra tenía brazos. Demasiados.

—Él sabe quién eres —susurró el niño de ocho años.

Martín miró a Aurelio.

—Entonces pregúntaselo.

Aurelio sonrió.

—No hace falta.

Su voz ya no era infantil. Era profunda. Antigua.

—Tú ya lo sabes.

Martín sintió que algo golpeaba desde dentro de su pecho. Una vez. Dos. Tres. Como un corazón que no era suyo. Se llevó la mano al pecho.

—¿Qué me hiciste?

Aurelio respondió:

—Nada.

Otro golpe.

—Entonces, ¿qué es esto?

—Lo que llevas dentro.

Martín cerró los ojos. Y recordó. No un recuerdo. Una sensación. Una habitación blanca. Una mujer llorando. Su madre. Tenía a Martín recién nacido entre los brazos. Su padre estaba junto a ella. Había alguien más en la habitación. Alguien que no podía verse. La madre decía:

—No quiero que lo tengas.

La voz respondió:

—Entonces dame algo a cambio.

El padre gritaba:

—¡No digas su nombre!

Pero la madre ya estaba llorando.

—Es mi hijo.

—Lo sé.

—Déjalo.

—Puedo dejarlo vivir.

—¿Qué quieres?

Silencio. Después:

—Su nombre.

Martín abrió los ojos.

—No…

La habitación volvió. Su madre estaba pronunciando una palabra.

La palabra que durante treinta y ocho años todos habían utilizado para llamarlo.

Martín. Pero aquello no era su verdadero nombre.

Era el nombre que ella había ofrecido. Un nombre falso.

Un nombre vacío. Un nombre preparado por su padre para engañar a la cosa. Martín respiró con dificultad.

—Mi padre lo sabía.

El niño de ocho años asintió.

—Desde el principio.

—¿Y mi madre?

—También.

Martín miró hacia Aurelio.

—Entonces, ¿por qué me llamaron Martín?

Aurelio respondió:

—Porque necesitaban que alguien llevara ese nombre.

—¿Quién?

Aurelio señaló al niño de ocho años. Martín se quedó helado. El niño dio un paso atrás.

—No.

Aurelio sonrió.

—Él.

Martín miró al niño.

—¿Tú eres Martín?

El niño negó.

—No.

—Entonces, ¿quién eres?

El niño bajó la cabeza.

—Soy el recuerdo de alguien que ya no existe.

Martín sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿De quién?

El niño levantó la mirada.

—De ti.

Un golpe sacudió la casa. Todas las puertas se cerraron. Excepto una. La puerta de la habitación infantil. Detrás de ella apareció la voz del padre.

—¡Martín!

Esta vez no era una imitación. Martín lo supo. No porque confiara en la voz. Sino porque recordó algo que jamás había podido recordar. La última noche. 1992. Tenía cuatro años. Su padre estaba arrodillado frente a él. Le sujetaba los hombros. Y estaba llorando.

—Escúchame.

El pequeño Martín lo miraba sin entender.

—Algún día olvidarás todo esto.

—¿Por qué?

—Porque es la única manera de que sobrevivas.

—¿Qué tengo que olvidar?

Su padre se acercó.

—Tu nombre.

El niño frunció el ceño.

—¿Cómo me llamo?

Su padre respiró profundamente. Y dijo:

—A partir de hoy…

La memoria se cortó. Martín volvió al presente.

—¡No!

El niño de ocho años lo miró.

—¿Qué has recordado?

—Casi todo.

—¿Casi?

Martín miró la puerta.

—Mi padre estaba a punto de decirme algo.

La voz del padre volvió a escucharse.

—Y ahora ya puedes saberlo.

Martín se acercó.

—¿Qué?

Silencio. Después:

—No naciste para cerrar la puerta.

Martín dejó de respirar.

—Entonces, ¿para qué?

La puerta se abrió lentamente. Al otro lado no había oscuridad.

Había una habitación. Una habitación de hospital.

La misma habitación donde Martín había nacido.

Su madre estaba junto a la cama. Su padre sostenía al bebé.

Y en la pared había una fecha: 12 DE MARZO DE 1988.

Martín observó la escena. Su padre levantó al recién nacido.

Y entonces vio algo que no había visto en ningún recuerdo anterior.

Había una segunda sombra sobre la cuna. Una sombra pequeña.

La sombra de un niño. Cuatro años. Ocho.

Treinta y ocho. Todos a la vez. La sombra levantó la cabeza.

Y miró directamente a Martín. Después habló.

No con la voz de una criatura. No con la voz de su madre.

No con la voz de su padre. Con la voz de Martín.

—Ahora recuerda quién nació primero.

La puerta se cerró. Martín quedó solo. Y por primera vez comprendió algo mucho peor que descubrir que su nombre era falso. Quizá él no era el niño que había nacido el 12 de marzo de 1988. Quizá aquel niño había nacido antes. Y Martín… había llegado después.