CAPÍTULO 15 — El hombre detrás de la puerta
Martín no se movió. Su padre estaba al otro lado.
No parecía un recuerdo. No parecía una fotografía.
No parecía una de aquellas imitaciones que la casa había utilizado para engañarlo.
Parecía exactamente como Martín lo recordaba.
El mismo rostro. La misma mirada cansada.
La misma cicatriz pequeña junto a la ceja.
Pero había algo imposible. Martín tenía cuatro años cuando su padre murió.
Y aquella figura tenía exactamente la edad que había tenido aquella última vez. Martín dio un paso.
—Papá…
El niño de ocho años tiró de su mano.
—No.
Martín se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque él también puede usar voces.
El hombre del otro lado de la puerta levantó lentamente la cabeza.
—Martín.
El adulto sintió un escalofrío. Era la voz de su padre. Exactamente la misma.
—Hijo.
Martín cerró los ojos. Recordó la regla. No respondas. El hombre volvió a hablar.
—Sé que estás ahí.
Silencio.
—Sé que has crecido.
Martín abrió los ojos. El hombre sonrió.
—Sé que tienes treinta y ocho años.
Martín sintió que algo dentro de él se rompía. Aquello no era un recuerdo. Aquello sabía cosas que un recuerdo no podía saber.
—¿Eres tú? —preguntó Martín.
El niño de ocho años negó con la cabeza.
—No deberías haber hablado.
El hombre sonrió más.
—Muy bien.
Su voz cambió. Primero fue la de su madre. Después la del niño de ocho años. Después la del propio Martín. Y finalmente volvió a ser la de su padre.
—Pero ya es demasiado tarde.
La puerta empezó a abrirse. Martín retrocedió.
—¿Qué quieres?
—Que recuerdes.
—¿Todo?
—Todo.
El hombre dio un paso hacia ellos.
—Porque tu padre no cerró la puerta para salvarte.
Martín sintió frío.
—¿Entonces para qué?
La figura respondió:
—Para encerrarte.
El niño de ocho años comenzó a llorar.
—No le creas.
Martín miró al niño.
—¿Tú sabes si es verdad?
El niño tardó en responder.
—No.
Aquella palabra fue peor que cualquier mentira. Martín volvió a mirar a la figura.
—¿Por qué me encerraría mi padre?
—Porque descubrió lo que eras.
Martín negó.
—Yo era su hijo.
—Eso creías.
El hombre señaló al niño de ocho años.
—Él también lo creía.
El niño se escondió detrás de Martín. La figura continuó:
—Tu padre descubrió que cuando naciste había algo más contigo.
Martín recordó al niño de cuatro años. Aurelio. El miedo.
—¿Qué era?
La figura sonrió.
—Lo que llevas treinta y ocho años intentando olvidar.
Martín sintió que la casa respiraba. Una respiración enorme. Profunda. Debajo del suelo. Debajo de las paredes. Debajo de la cama.
—¿Aurelio?
La figura dejó de sonreír. Por primera vez pareció inquieta.
—No pronuncies ese nombre.
Martín comprendió algo. Aurelio no era el verdadero nombre de Martín. Pero tampoco era una simple criatura. Era algo que la entidad temía.
—¿Quién es Aurelio?
La figura retrocedió.
—No importa.
—Sí importa.
—No.
—¿Por qué tienes miedo de ese nombre?
El hombre comenzó a deformarse. Su rostro se hundió lentamente. La piel pareció convertirse en sombra. Los ojos desaparecieron. Y debajo de aquella apariencia humana apareció algo mucho más antiguo. Algo que no tenía forma.
—Porque ese nombre no me pertenece.
Martín se quedó inmóvil. La entidad retrocedió hacia la oscuridad. El niño de ocho años susurró:
—Ahora.
—¿Ahora qué?
—Corre.
Martín no entendió.
—¿A dónde?
El niño señaló detrás de él. La puerta por la que habían entrado estaba desapareciendo. La habitación infantil comenzó a deformarse. Las paredes se alejaron. La cama se hizo pequeña. El techo desapareció. Y la oscuridad empezó a entrar por todas partes. Martín agarró al niño.
—¡Corre!
Los dos echaron a correr. Detrás de ellos, la voz del padre gritó:
—¡Martín!
No se detuvieron.
—¡Martín!
La voz se hizo más fuerte.
—¡Hijo!
Martín sintió que las piernas le temblaban. Pero siguió corriendo. Entonces escuchó otra voz. Una voz infantil. La suya. La de cuando tenía cuatro años.
—Martín…
Se detuvo. El niño de ocho años también. La voz volvió.
—No me dejes.
Martín miró hacia atrás. Al final del pasillo estaba el niño de cuatro años. Aurelio. Estaba descalzo. Llevaba la misma ropa que Martín había llevado aquella noche. Y tenía lágrimas en los ojos.
—Ayúdame.
Martín dio un paso hacia él. El niño de ocho años lo sujetó.
—No.
—Está solo.
—No está solo.
Martín miró detrás de Aurelio. La oscuridad se movió. Aurelio sonrió. Pero la sonrisa no pertenecía a un niño.
—Ven conmigo.
Martín sintió que algo dentro de su cabeza respondía. Una palabra que no conocía. Una palabra que parecía haber estado esperando treinta y ocho años. La palabra apareció en su mente. No era Martín. No era Aurelio. Era otra. Un nombre. El verdadero. Martín cayó de rodillas.
—Lo recuerdo…
El niño de ocho años abrió los ojos.
—¿Qué?
Martín se llevó las manos a la cabeza.
—Mi nombre.
Aurelio dejó de sonreír. La casa quedó completamente en silencio. Entonces, desde todas las paredes, desde debajo del suelo, desde dentro de la oscuridad… algo susurró:
—No.
Martín levantó la cabeza. Por primera vez, la entidad parecía aterrada.
—Sí —dijo Martín.
Y pronunció una sola palabra. Su verdadero nombre.
Durante un segundo no ocurrió nada. Después…
todas las puertas de la casa se abrieron al mismo tiempo.
Y detrás de cada una había un Martín diferente.
Un Martín de cuatro años. Uno de ocho. Uno de dieciocho.
Uno de veinticinco. Uno de treinta. Uno de treinta y ocho. Cientos. Miles. Todos lo miraban.
Todos tenían su rostro. Pero ninguno era él.
Y entonces comprendió la verdad que su padre había intentado esconderle durante toda su vida: Martín sí era su nombre.
La presencia había intentado convencerlo de que ese nombre no le pertenecía.
La casa comenzó a gritar. Y esta vez… el grito no venía de debajo de la cama. Venía de todas partes. Incluido Martín.