CAPÍTULO 14 — Lo que ocurrió aquella noche
Martín abrió la puerta. No encontró una habitación.
Encontró la noche. La misma noche de treinta años atrás.
La habitación infantil apareció delante de él.
La cama. La ventana. El armario. La luz naranja de la farola entrando entre las persianas.
Todo estaba exactamente igual. Martín se vio a sí mismo.
Ocho años. Sentado sobre la cama. Asustado.
El niño de ocho años que lo acompañaba se quedó inmóvil.
—Ese soy yo.
Martín asintió.
—Sí.
Pero había algo que no recordaba. El niño de ocho años no estaba solo. Su padre estaba sentado junto a la cama. Martín observó la escena. Su padre parecía agotado. Tenía los ojos rojos. En una mano sostenía una pequeña llave.
—Escúchame, hijo.
El pequeño Martín levantó la mirada.
—¿Qué pasa?
Su padre miró debajo de la cama.
—Si escuchas tu nombre, no respondas.
—¿Por qué?
—Porque algo te está buscando.
El pequeño Martín comenzó a llorar.
—¿Qué cosa?
Su padre se inclinó.
—No lo sé.
Mentía. Martín podía verlo ahora. Su padre sabía exactamente qué era.
—¿Y mamá?
Su padre miró hacia la puerta.
—Está con ella.
—¿Con quién?
El hombre no respondió. Un ruido llegó desde debajo de la cama. Toc. El pequeño Martín se quedó inmóvil. Toc. Su padre cerró los ojos. Toc. Tres golpes. El niño miró hacia abajo.
—Papá…
—No mires.
—Pero alguien está ahí.
—Lo sé.
La voz de una mujer llegó desde debajo de la cama.
—Martín.
El pequeño Martín abrió mucho los ojos.
—Es mamá.
Su padre lo sujetó.
—No.
—Es mamá.
—No es ella.
La voz volvió.
—Marti…
El niño intentó bajar de la cama. Su padre lo agarró.
—¡No!
La habitación comenzó a enfriarse. La bombilla parpadeó. Y entonces el padre de Martín cometió un error. Miró debajo de la cama. Martín observó cómo su padre palidecía. No vio una criatura. No vio un monstruo. Vio a su hijo. Un niño de cuatro años. Sentado debajo de la cama. El padre retrocedió.
—No…
El niño de cuatro años sonrió.
—Papá.
El hombre comenzó a temblar.
—Tú no eres él.
El pequeño levantó la cabeza.
—Sí soy.
—Mi hijo tiene ocho años.
El niño sonrió.
—También.
El padre miró al pequeño Martín. Después al niño de cuatro años.
Dos niños. La misma cara. La misma cicatriz.
Uno sobre la cama. Otro debajo. El padre comprendió algo terrible.
La criatura no había entrado en Martín. Había entrado en su familia.
Había creado una segunda versión de él. Un duplicado.
Un miedo con rostro humano. El padre sacó la llave.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el pequeño Martín.
Su padre respondió:
—Cerrar la puerta.
El niño de cuatro años comenzó a llorar.
—No me dejes aquí.
El padre dudó. Aquella duda fue suficiente. La criatura cambió de voz. Ahora hablaba con la voz de la madre de Martín.
—Por favor.
El padre cerró los ojos.
—No eres ella.
La voz cambió otra vez. Ahora era la voz del propio Martín adulto.
—Papá.
El hombre abrió los ojos.
—Tampoco.
La criatura comenzó a gritar. La cama se elevó unos centímetros. El suelo tembló. El padre agarró al pequeño Martín y lo llevó hacia la puerta. Pero antes de salir… el niño de ocho años miró debajo de la cama. Y vio al niño de cuatro años.
—¿Quién eres?
El niño sonrió.
—Soy tú.
—No.
—Sí.
—¿Por qué tienes mi cara?
El niño respondió:
—Porque tú me la diste.
Martín sintió un golpe en el pecho. La escena cambió. Ahora podía verse a sí mismo, ocho años antes, acercándose a la pequeña puerta. Su padre intentaba detenerlo.
—¡Martín, no!
Pero el niño abrió. La oscuridad salió. No como una criatura. Como humo. Entró en el niño. El pequeño Martín cayó al suelo. Su padre corrió hacia él.
—¡Martín!
El niño abrió los ojos. Pero ya no eran los mismos. Durante unos segundos había dos voces dentro de él. Una infantil. Otra adulta. La voz adulta dijo:
—Ya tengo su nombre.
El padre retrocedió.
—No.
El niño sonrió.
—Ahora puedo salir.
Su padre agarró la llave.
—Mientras yo viva, no.
La criatura rió. Y entonces la escena cambió una última vez. Martín vio a su padre escondiendo algo. Una pequeña caja de metal. Dentro había un papel. Un nombre escrito. Su verdadero nombre. Martín se acercó. Intentó leerlo. Pero la imagen comenzó a desvanecerse.
—¡Espera!
Todo se volvió blanco. El niño de ocho años estaba junto a él.
—¿Lo has visto?
—No.
—Yo sí.
Martín lo miró.
—¿Qué decía?
El niño negó.
—No puedo recordarlo.
Martín sintió desesperación.
—¡Tiene que haber alguna manera!
La entidad apareció detrás de ellos.
—No la hay.
Martín se giró. La criatura ya no tenía rostro. Solo una oscuridad con forma humana.
—Tu padre destruyó la caja.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Entonces mi verdadero nombre desapareció?
—No.
La entidad se acercó.
—Lo recuerdo yo.
Martín se quedó inmóvil.
—Tú…
—Sí.
La entidad sonrió.
—Yo estaba allí cuando tu padre lo escribió.
Martín apretó los puños.
—Dímelo.
—No.
—Dímelo.
—Si te digo tu verdadero nombre…
La entidad inclinó la cabeza.
—…podré entrar completamente en ti.
Martín comprendió. Por eso nunca se lo había revelado. No era un secreto. Era una trampa. El niño de ocho años agarró la mano de Martín.
—No lo necesitas.
Martín lo miró.
—¿Qué?
—Tu padre dejó otra cosa.
—¿Qué?
El niño señaló la habitación. La cama. El armario. La ventana.
—Dejó una regla.
Martín recordó. Nunca respondas cuando algo te llame por tu nombre.
—La regla no era para protegerme de ella.
El niño negó.
—Era para proteger tu nombre.
Martín comprendió. La entidad necesitaba que él pronunciara su nombre.
Pero llevaba treinta años intentando descubrir cuál era.
Y Martín acababa de entender la única forma de vencerla.
No tenía que descubrir su nombre. Tenía que conseguir que la entidad lo olvidara. Martín miró directamente a la criatura.
—Entonces vamos a hacer que pierdas el mío.
La criatura dejó de sonreír.
—¿Cómo?
Martín respondió:
—Quitándote los recuerdos.
El niño de ocho años sonrió. Y detrás de ellos… la puerta comenzó a cerrarse. La entidad gritó.
—¡NO!
Pero ya era demasiado tarde. Porque al otro lado de la puerta… había aparecido el padre de Martín. Y esta vez no era un recuerdo. Era él. Esperándolos.