CAPÍTULO 13 — El nombre verdadero
La oscuridad los tragó. Martín cayó de pie. El niño cayó a su lado. Durante unos segundos ninguno habló. No había suelo. No había paredes. No había techo. Solo oscuridad. Martín extendió una mano. Tocó algo. Madera.
—¿Dónde estamos?
El niño respondió:
—Debajo.
—¿Debajo de qué?
—De todo.
Una luz apareció a lo lejos. Pequeña. Muy débil. Martín comenzó a caminar hacia ella. El niño lo siguió. Cada paso producía un sonido. Toc. Toc. Toc. Martín se detuvo.
—¿Oyes eso?
—Sí.
—Son los golpes.
El niño asintió.
—Los mismos que escuchabas debajo de la cama.
Martín siguió caminando. La luz aumentó. Ahora podía distinguir una habitación. Una habitación idéntica a la que había tenido cuando era niño. La cama. El armario. La ventana. Los juguetes. Todo. Martín sintió un escalofrío.
—Es mi habitación.
El niño negó.
—No.
—¿Entonces qué es?
—La habitación que la entidad recuerda.
Martín entró. Sobre la cama había un niño dormido. Tenía cuatro años. Martín se quedó inmóvil.
—Soy yo.
El niño de ocho años se acercó.
—No.
—¿Entonces quién es?
—El miedo.
El niño de cuatro años abrió los ojos. Miró a Martín. Sonrió.
—Has tardado mucho.
Martín retrocedió.
—¿Tú eres la cosa que estaba debajo de la cuna?
El niño de cuatro años asintió.
—Sí.
—¿Eres parte de mí?
—Sí.
—¿Qué quieres?
El niño se sentó.
—Volver.
—¿A dónde?
—A donde pertenecía.
Señaló a Martín.
—A ti.
Martín sintió un escalofrío.
—No puedes entrar.
El niño sonrió.
—Ya estoy dentro.
Martín miró su pecho. Nada.
—¿Dónde?
El niño señaló su corazón.
—Ahí.
Toc. Martín sintió un golpe. Toc. Otro. Toc. El corazón comenzó a latir demasiado fuerte.
—No.
El niño de ocho años agarró a Martín.
—No lo escuches.
El niño de cuatro años sonrió.
—Él necesita saber la verdad.
Martín respiró profundamente.
—¿Qué verdad?
El niño señaló la pared. Apareció una frase. TU NOMbrE NO ES MARTÍN. Martín sintió que todo su cuerpo se quedaba frío.
—Eso es mentira.
El niño de ocho años negó.
—No.
Martín lo miró.
—¿Qué quieres decir?
El niño de ocho años bajó la mirada.
—Martín era el nombre que te dieron.
—¿Y?
—No era tu verdadero nombre.
Martín sintió un vacío.
—Entonces ¿cuál es?
El niño señaló la pared. Las letras comenzaron a cambiar. Primero apareció una. Después otra. Después otra. Hasta formar un nombre. AURELIO. Martín retrocedió.
—No.
El niño de cuatro años comenzó a reír.
—Sí.
—Yo no me llamo Aurelio.
—No.
La risa aumentó.
—Pero él sí.
Martín miró al niño de ocho años.
—¿Quién?
El niño señaló al pequeño.
—Él.
Silencio.
Martín comprendió. El niño de cuatro años no era una parte de él.
Era otra cosa. Algo que había sido colocado dentro de él cuando nació.
La criatura. La entidad. El miedo. Todo era diferente.
Martín no había sido dividido. Había sido ocupado.
La entidad había colocado algo dentro de él.
Algo que tenía su propio nombre. Aurelio. Martín miró al niño.
—¿Qué eres?
El niño respondió:
—El primer huésped.
—¿Huésped de qué?
La habitación comenzó a temblar. La voz de la tercera entidad apareció detrás de ellos.
—De mí.
Martín se giró. La mujer sin rostro estaba allí. Pero esta vez no parecía humana. Su cuerpo era demasiado alto. Sus brazos demasiado largos. Su
piel parecía hecha de papel mojado. Y donde debería haber un rostro había cientos de pequeños ojos. El niño de ocho años comenzó a llorar. La entidad habló:
—Tu padre intentó destruirme.
Martín apretó los puños.
—No pudo.
—No.
La entidad sonrió con todos sus ojos.
—Pero consiguió algo peor.
—¿Qué?
—Te escondió.
Martín sintió frío.
—¿A mí?
—Sí.
La entidad se acercó.
—Escondió tu verdadero nombre.
Martín miró al niño de cuatro años.
—¿Aurelio?
La entidad negó.
—Ese es el nombre del miedo.
Martín sintió que el suelo desaparecía.
—Entonces ¿cuál es el mío?
La entidad se detuvo.
—No lo sé.
Martín frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tu padre lo borró.
Silencio.
—Lo borró de todos los lugares.
—¿Por qué?
—Para que yo no pudiera encontrarte.
Martín sintió que empezaba a comprender.
Su padre no había intentado cerrar simplemente una puerta.
Había intentado ocultar a su hijo. Había eliminado su verdadero nombre.
Había dejado que todos lo llamaran Martín.
Un nombre falso. Un nombre que la entidad podía usar.
Pero no podía utilizar para entrar completamente en él.
—Entonces…
Martín miró al niño de ocho años.
—¿Quién soy?
El niño sonrió. Por primera vez parecía tranquilo.
—Eso es lo que tenemos que descubrir.
La entidad gritó. Todas las paredes comenzaron a romperse. La habitación desapareció. Y miles de voces comenzaron a pronunciar un único nombre: MARTÍN. MARTÍN. MARTÍN. Martín se tapó los oídos.
—¡No!
El niño gritó:
—¡No lo escuches!
La entidad avanzó.
—Dilo.
Martín cerró los ojos.
—No.
—Dilo.
—No.
—Di tu nombre.
Martín apretó los dientes. La entidad se acercó hasta quedar frente a él.
—Si dices “Martín”, serás mío para siempre.
Martín abrió los ojos. Y sonrió.
—Entonces no lo diré.
La entidad se detuvo. Martín miró al niño de ocho años. Después al niño de cuatro. Y finalmente a la oscuridad.
—Porque ya sé qué tengo que recuperar.
La entidad retrocedió.
—¿Qué?
Martín respondió:
—No mi nombre.
Pausa.
—Mi memoria.
El niño de ocho años sonrió. Y la primera puerta apareció delante de ellos. La puerta de su infancia. La puerta que había abierto treinta años atrás. Martín puso la mano sobre el pomo. Esta vez no tenía miedo.
—Vamos a recordar todo.
Y al otro lado de la puerta… algo comenzó a gritar.