No mires debajo de la cama CAPÍTULO 12 — La puerta que cerró su padre
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CAPÍTULO 12 — La puerta que cerró su padre

Martín bajó el primer escalón. La oscuridad parecía tragárselo. Bajó otro. Después otro. El niño de ocho años iba detrás. Antonia permaneció arriba.

—No sigas —dijo.

Martín se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque esta escalera no lleva al lugar donde murió tu padre.

Antonia miró hacia abajo.

—Lleva al lugar donde murió algo mucho peor.

Martín continuó. El niño lo siguió. Los escalones estaban cubiertos de polvo. Pero había huellas. Pequeñas. Como las de un niño. Martín se agachó.

—¿Son tuyas?

El niño negó.

—No.

—Entonces ¿de quién?

—De él.

—¿Del niño de cuatro años?

—Sí.

Martín se quedó mirando las huellas.

—¿Cuándo las dejó?

El niño respondió:

—Cuando intentó volver.

—¿Volver de dónde?

El niño no contestó. Siguieron bajando. La escalera terminó frente a una habitación.

La puerta estaba entreabierta. Martín la empujó.

Dentro había una mesa. Una silla. Y una lámpara vieja.

Sobre la mesa había un cuaderno. Martín se acercó.

La primera página tenía una fecha. 17 DE MAYO DE 1992.

Martín sintió un escalofrío. Él tenía cuatro años.

Era el año en que había muerto su padre.

Abrió el cuaderno. La primera página contenía una frase escrita con una letra que reconoció inmediatamente.

La letra de su padre. Si alguien encuentra esto, no debe intentar salvar a Martín. Martín dejó de respirar.

Pasó la página. No porque Martín esté perdido. Otra página. Sino porque Martín no es el problema. Martín levantó la mirada. El niño estaba inmóvil.

—Sigue leyendo —susurró.

Martín pasó otra página. El problema está dentro de él.

Otra. No sé qué es. Otra. No sé de dónde viene.

Otra. Pero sé que escucha cuando lo llamamos por su nombre.

Martín sintió frío. Continuó. La primera vez que lo vi fue la noche del nacimiento de Martín.

Otra página. No era un niño. Otra. No era un espíritu.

Otra. No era una criatura. La siguiente página estaba cubierta de tinta.

Solo una frase permanecía legible: ERA UNA PUERTA. Martín cerró los ojos. El niño susurró:

—Mi padre descubrió la verdad.

Martín abrió el cuaderno otra vez. Había una última página.

La letra de su padre era mucho más temblorosa.

Hoy voy a cerrar la puerta. Debajo: Si no regreso, que nadie le diga a Martín lo que ocurrió.

Y una última línea: Mientras él no recuerde, estará a salvo.

Martín sintió que algo se rompía dentro de él.

—Por eso mi madre me hizo olvidar.

El niño asintió.

—Sí.

—Y por eso la criatura vivió mi vida.

—Sí.

Martín cerró el cuaderno.

—Pero si olvidar me mantenía a salvo…

Miró al niño.

—¿Por qué me has ayudado a recordar?

El niño bajó la mirada.

—Porque ya no estás a salvo.

La lámpara comenzó a parpadear. Una vez.

Dos. Tres. Después se apagó. Martín se quedó inmóvil.

Algo golpeó la puerta. Toc. El niño retrocedió.

Toc. Martín miró hacia la entrada. Toc. La puerta se abrió lentamente.

No había nadie. Pero en el suelo apareció una sombra.

Una sombra que no pertenecía a ningún cuerpo. Avanzó hacia ellos. El niño susurró:

—Es ella.

Martín preguntó:

—¿La entidad?

—No.

La sombra siguió avanzando.

—Es lo que estaba buscando mi padre.

Martín comprendió.

—La puerta.

La sombra se detuvo. Entonces una voz masculina habló desde ella.

—Martín.

Él reconoció la voz inmediatamente. Su padre. Martín dio un paso.

—Papá…

El niño lo agarró.

—No respondas.

Martín cerró la boca. La voz volvió a hablar.

—Hijo.

Martín apretó los dientes.

—No soy él —dijo finalmente.

El niño palideció.

—¡No!

La sombra desapareció. Silencio. Martín se dio cuenta de su error. Había respondido. Pero no había dicho su nombre. La voz de su padre volvió. Esta vez desde detrás de él.

—Eso no importa.

Martín se giró. Su padre estaba allí. Tal como lo recordaba. La misma ropa. El mismo rostro. La misma cicatriz en la barbilla. Martín sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Papá…

Su padre sonrió.

—Has crecido.

Martín dio un paso. El niño gritó:

—¡No es él!

Martín se detuvo. Su padre miró al niño.

—Tú tampoco deberías estar aquí.

El niño retrocedió.

—Tú no eres mi padre.

El hombre sonrió.

—No.

La sonrisa se hizo demasiado grande.

—Pero sé exactamente cómo murió.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Qué le pasó?

La figura de su padre continuó:

—Tu padre bajó por esta escalera.

—¿Y?

—Llegó hasta la puerta.

—¿Qué puerta?

La figura señaló el suelo.

—La que tienes debajo de los pies.

Martín miró hacia abajo. La madera comenzó a agrietarse. Una línea negra apareció entre las tablas. El niño retrocedió.

—No…

Martín sintió un escalofrío.

—¿Qué hay debajo?

La figura de su padre respondió:

—La puerta que tu padre cerró.

Martín la miró.

—¿Está cerrada?

—Lo estaba.

—¿Qué significa eso?

La figura levantó lentamente la cabeza.

—Que tú acabas de abrirla.

Martín sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—Yo no he hecho nada.

—Has recordado.

La grieta del suelo se abrió unos centímetros. Del interior salió un aire helado.

—Tu padre sabía que algún día ocurriría.

—¿Qué ocurriría?

—Que recuperarías tus recuerdos.

Martín miró al niño.

—¿Y qué tiene que ver eso con la puerta?

La figura respondió:

—Todo.

La puerta comenzó a abrirse. Muy lentamente. Sin que nadie la tocara.

—Tu padre consiguió cerrarla cuando tú tenías cuatro años.

Martín recordó las palabras del cuaderno. Mientras él no recuerde, estará a salvo.

—Por eso mi madre me hizo olvidar.

—Sí.

—Y por eso la criatura vivió mi vida.

—Sí.

Martín comprendió finalmente la razón. No habían ocultado la verdad para proteger un secreto. La habían ocultado para mantener cerrada la puerta.

—Entonces mi padre murió para mantenerla cerrada.

La figura asintió.

—Sí.

—¿Y ahora yo la he abierto?

—Sí.

Martín miró la oscuridad.

—¿Cómo?

La figura sonrió.

—Porque la puerta nunca necesitó una llave.

Pausa.

—Te necesitaba a ti.

El niño comenzó a llorar.

—Martín, tenemos que irnos.

Pero Martín no podía apartar los ojos de la abertura.

—¿Qué soy?

La figura respondió:

—La única persona que puede abrirla.

Martín sintió un escalofrío.

—Entonces también soy la única que puede cerrarla.

La sonrisa de la figura desapareció. Silencio. El niño levantó la cabeza.

—¿Es verdad?

La figura no respondió. Martín dio un paso hacia la puerta.

—Dime cómo.

La figura retrocedió.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque para cerrarla necesitas hacer lo mismo que hizo tu padre.

—¿Qué hizo?

La figura miró al niño.

—Dejar algo al otro lado.

Martín comprendió.

—¿Qué dejó mi padre?

La figura sonrió.

—A sí mismo.

Martín sintió un escalofrío.

—Entonces yo también tendría que quedarme.

—Sí.

El niño agarró su mano.

—No.

Martín lo miró.

—¿Qué?

—No tienes que hacerlo.

—¿Por qué?

El niño señaló la oscuridad.

—Porque tu padre no conocía la última parte.

Martín frunció el ceño.

—¿Cuál?

El niño miró directamente a la figura que tenía el rostro de su padre.

—La puerta no se cierra entregando una vida.

Pausa.

—Se cierra recuperando un nombre.

La figura dejó de sonreír. Por primera vez… parecía asustada. Martín entendió que acababan de descubrir algo que la entidad no quería que supieran. La puerta se abrió de golpe. Una oscuridad inmensa llenó la habitación. Y desde el interior llegó una voz:

—No.

Martín apretó la mano del niño.

—Ahora sé cómo cerrarla.

La voz volvió a hablar. Esta vez ya no parecía humana.

—NO.

Martín miró al niño.

—Y tú vas a ayudarme.

El niño asintió. Entonces ambos descendieron. Juntos. Hacia la oscuridad. Mientras detrás de ellos la puerta comenzaba a cerrarse

lentamente… por primera vez en treinta y cuatro años.