No mires debajo de la cama CAPÍTULO 11 — El niño de cuatro años
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CAPÍTULO 11 — El niño de cuatro años

Martín no podía apartar los ojos de la oscuridad. Los dos pequeños ojos seguían abiertos debajo de la cuna. No parpadeaban. No se movían. Simplemente lo observaban.

—¿Por qué me abandonaste?

La voz volvió a hablar. Martín retrocedió.

—Yo no te conozco.

Los ojos desaparecieron. Durante unos segundos no ocurrió nada. Después una pequeña mano salió de debajo de la cuna. Dedos diminutos. Piel pálida. Uñas negras. El niño de ocho años comenzó a llorar.

—No hables con él.

Martín lo miró.

—¿Quién es?

—Tú.

—¿Yo?

—El que eras antes de mí.

Martín negó.

—Eso no tiene sentido.

Antonia se acercó.

—Sí lo tiene.

Martín la miró.

—Explícamelo.

La anciana señaló la cuna.

—Cuando naciste, la entidad no podía entrar completamente en ti.

—¿Por qué?

—Porque eras demasiado pequeño.

—Entonces ¿qué hizo?

Antonia guardó silencio. La mano volvió a aparecer. Esta vez salió hasta la muñeca.

—Dividió tu identidad.

Martín sintió un escalofrío.

—¿En dos?

—En tres.

Silencio.

El niño de ocho años levantó la cabeza.

—Yo soy el recuerdo.

Antonia señaló debajo de la cuna.

—Él es el miedo.

Martín sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Y yo?

Antonia lo miró.

—Tú eres lo que quedó cuando ambos fueron separados.

Martín negó.

—No.

—Sí.

—Yo soy Martín.

Antonia asintió.

—Eres la parte que consiguió vivir.

Martín miró debajo de la cuna. La mano había desaparecido. La voz infantil volvió a hablar.

—No.

Martín se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Tú no viviste.

La voz soltó una pequeña risa.

—Ella vivió por ti.

Martín miró a Antonia.

—¿Quién?

La anciana no respondió. La respuesta llegó desde debajo de la cuna.

—Tu madre.

Martín sintió que el pecho se le cerraba.

—Mi madre me salvó.

—Sí.

—Entonces ¿por qué dices que ella vivió por mí?

Silencio. Antonia cerró los ojos.

—Porque hizo algo que nadie debía hacer.

—¿Qué?

La anciana respondió:

—Te dio su miedo.

Martín no entendió.

—¿Cómo?

—Cuando naciste, llorabas.

La anciana miró la cuna.

—Pero no llorabas como un bebé normal.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Qué hacía?

—Mirabas.

—¿A quién?

—A todos.

Antonia bajó la voz.

—Médicos. Enfermeras. Tu padre. Tu madre.

—¿Y qué veía?

—Lo que había detrás de ellos.

La habitación se quedó fría.

—¿Qué había detrás?

Antonia respondió:

—La cosa que estaba esperando.

Martín miró debajo de la cuna.

—¿La entidad?

—No.

—Entonces ¿qué?

Antonia negó lentamente.

—La entidad es solo hambre.

Martín sintió que aquella palabra le atravesaba.

—¿Hambre?

—Una cosa que necesita alimentarse de identidades.

—¿Y qué es lo que la controla?

Antonia miró al niño de ocho años.

—Eso es lo que todavía no entiendes.

El niño estaba llorando.

—No quiero volver.

Martín se arrodilló junto a él.

—No vas a volver ahí.

—Sí.

—No.

—Tiene que ocurrir.

Martín le sujetó los hombros.

—No voy a dejarte.

El niño lo miró.

—No depende de ti.

—¿Por qué?

—Porque no somos dos.

Martín frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

El niño señaló su pecho.

—Somos tres.

Martín se quedó inmóvil. Desde debajo de la cuna salió una risita. La voz de cuatro años volvió a hablar.

—Tres partes.

Martín miró la oscuridad.

—¿Qué quieres?

Los pequeños ojos aparecieron de nuevo.

—Volver.

—¿A dónde?

—A ti.

Martín sintió un escalofrío.

—No.

—Sí.

—No sé quién eres.

La voz respondió:

—Soy el miedo que sentiste cuando naciste.

Martín recordó algo. Un sonido. Un olor. Una luz. Una sensación de terror absoluto. El recuerdo era tan antiguo que casi no parecía suyo. Pero estaba allí. Había tenido miedo antes de conocer el significado de la palabra. Antes de saber hablar. Antes de saber caminar. Y aquel miedo… tenía una voz.

—Mamá…

Martín abrió los ojos.

—Tú estabas allí.

Los ojos debajo de la cuna parpadearon.

—Sí.

—Cuando nací.

—Sí.

—¿Qué viste?

La voz infantil respondió:

—A ella.

—¿A quién?

—A la cosa que estaba detrás de mamá.

Martín miró a Antonia. La anciana parecía aterrorizada.

—¿Qué había detrás de mi madre?

Antonia no contestó. Martín insistió.

—Dímelo.

La anciana susurró:

—Tu madre no estaba sola cuando naciste.

—¿Quién estaba con ella?

Antonia levantó la mirada.

—Tu padre.

Martín sintió un escalofrío. Pero esta vez el recuerdo era claro.

Su padre había estado presente cuando nació.

Martín había vivido con él durante sus primeros cuatro años.

Recordaba sus manos. Su voz. La forma en que lo levantaba cuando lloraba.

Y recordaba también el día en que murió.

Martín tenía cuatro años. Su padre había desaparecido de su vida aquella tarde y nunca había vuelto.

Aquello no era una nueva revelación. Era un recuerdo enterrado.

—Mi padre estuvo allí —susurró Martín.

Antonia asintió.

—Sí.

—¿Él vio a la criatura?

La anciana tardó en responder.

—La vio.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Y qué hizo?

Antonia miró hacia la cuna.

—Intentó protegerte.

—¿De qué?

—De aquello que tu madre había dejado entrar.

Martín se quedó inmóvil.

—¿Mi padre sabía la verdad?

—No toda.

—¿Qué sabía?

Antonia respondió:

—Sabía que algo te seguía desde que naciste.

El niño de ocho años levantó la cabeza.

—Y también sabía cómo detenerlo.

Martín miró al niño.

—¿Cómo?

El niño negó.

—Nunca llegó a hacerlo.

—¿Por qué?

El niño señaló la oscuridad bajo la cuna.

—Porque ella llegó antes.

Martín comprendió que hablaban de la entidad. La misma que había perseguido a su familia durante décadas.

—¿Qué le ocurrió a mi padre?

Antonia bajó la mirada.

—Murió intentando cerrar la primera puerta.

Martín cerró los ojos. De pronto recordó una imagen. Él tenía cuatro años. Estaba sentado en el suelo. Su padre se arrodillaba delante de él. Le sujetaba los hombros. Y le decía:

—Si alguna vez escuchas que alguien te llama desde debajo de la cama…

Una pausa.

—No respondas.

Martín abrió los ojos. La memoria había regresado. Su padre no había sido una víctima más. Había conocido la regla. Había intentado enseñársela. Y aquella noche había sido la última vez que Martín lo vio. Debajo de la cuna volvió a escucharse una respiración. Hhhhh… El niño de ocho años retrocedió.

—Ahora ya sabes por qué murió.

Martín miró la oscuridad.

—No.

—¿Qué quieres decir?

Martín apretó los puños.

—Quiero saber qué intentaba cerrar.

La voz infantil respondió:

—La puerta.

—¿Cuál?

Los pequeños ojos volvieron a aparecer. Y una segunda voz, mucho más profunda, habló desde debajo de la cuna:

—La que lleva hasta mí.

La cuna se elevó lentamente. Debajo apareció una abertura negra. Y esta vez Martín reconoció la escalera. Era la misma que su padre había intentado cerrar treinta y cuatro años atrás. Martín miró al niño. Después a Antonia.

—Voy a bajar.

Antonia negó.

—Si bajas, no volverás siendo el mismo.

Martín miró la oscuridad.

—Ya no soy el mismo.

Y descendió el primer escalón.