No mires debajo de la cama CAPÍTULO 10 — El que estaba dentro
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CAPÍTULO 10 — El que estaba dentro

—¿Dentro de qué? —preguntó.

El niño no respondió.

—¿Dentro de mi madre?

El niño negó.

—Dentro de ti.

Martín sintió un vacío en el estómago.

—Pero yo era un bebé.

—Precisamente.

La habitación quedó en silencio. Martín miró la cuna. Estaba vacía. Sin embargo, algo se movía dentro. La manta se levantó lentamente. Como si alguien respirara debajo. Hhhhh… Martín retrocedió.

—No.

La manta volvió a levantarse. Hhhhh… El niño agarró su mano.

—No mires.

Martín cerró los ojos. Entonces escuchó un sonido. Un bebé llorando. Muy cerca. El llanto aumentó. Martín apretó los dientes. No quería mirar. Pero el llanto se convirtió en una voz. Una voz adulta.

—Martín…

Martín abrió los ojos. La cuna estaba vacía. El llanto había desaparecido.

—¿Has oído eso? —preguntó.

El niño asintió.

—Sí.

—Ha dicho mi nombre.

El niño palideció.

—Sí.

La manta comenzó a moverse. Esta vez violentamente. Algo golpeó desde debajo. ¡PUM! El niño retrocedió. ¡PUM! Martín sintió que el suelo

vibraba. ¡PUM! La manta salió disparada.

Debajo no había ningún bebé. Había una fotografía.

Martín se acercó. La recogió. Era una fotografía del hospital.

Su madre estaba en la cama. Un médico sostenía a un bebé.

El rostro del bebé había sido tachado con tinta negra.

Martín dio la vuelta a la fotografía. En el reverso había una frase: NO ERA EL PRIMERO. El niño se quedó mirando la fotografía.

—¿Qué significa?

Martín negó.

—No lo sé.

Entonces una segunda fotografía cayó de la cuna.

Después una tercera. Después una cuarta.

Todas mostraban a su madre. Embarazada. En distintos momentos.

Con distintos médicos. En distintos hospitales.

Pero en todas había algo igual. Una figura aparecía detrás.

Sin rostro. Siempre observando. Siempre esperando.

Martín comenzó a extender las fotografías sobre el suelo. Eran muchas. Demasiadas.

—¿Cuántos embarazos tuvo mi madre?

El niño negó.

—No lo sé.

Martín contó. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Había fotografías de siete embarazos. Pero Martín solo conocía uno. El suyo.

—¿Dónde están los otros niños?

El niño bajó la mirada.

—No lo sé.

Martín siguió mirando las fotografías. Entonces encontró una diferente.

La levantó. Mostraba a su madre poco después del nacimiento de Martín.

Estaba sentada en una habitación. Tenía al bebé en brazos.

Y lloraba. Pero había alguien más en la habitación.

Un niño de aproximadamente ocho años estaba de pie junto a la puerta.

Martín se quedó inmóvil. El niño de la fotografía tenía su mismo rostro.

La misma cicatriz en la ceja. Los mismos ojos.

El mismo pelo. Martín miró al niño que tenía delante. Era idéntico.

—Eres tú.

El niño observó la fotografía. Después negó lentamente.

—No exactamente.

—Tienes mi cara.

—Porque soy parte de ti.

Martín sintió un escalofrío.

—Explícate.

El niño señaló la fotografía.

—Ese niño representa lo que tú eras antes de entrar en la casa.

Martín frunció el ceño.

—¿Entonces eres yo?

—Sí.

—Pero también dices que soy el que salió.

El niño bajó la mirada.

—Porque lo eres.

—Entonces no entiendo.

El niño levantó los ojos.

—Cuando entraste en la casa, algo te separó.

Martín permaneció inmóvil.

—¿Me separó?

—Tu cuerpo salió.

El niño se señaló a sí mismo.

—Pero una parte de ti se quedó aquí.

Martín comprendió.

—Tú.

El niño asintió.

—Yo.

—¿Entonces no eres mi hermano?

—No.

—¿Nunca tuve un hermano?

—No.

Martín respiró lentamente.

—Entonces eres…

El niño respondió:

—El recuerdo que quedó atrapado.

La puerta de la habitación se abrió lentamente. Antonia estaba allí. La anciana lo observaba desde el umbral.

—Por fin lo entiendes.

Martín se volvió.

—¿Qué quieres decir?

Antonia entró.

—Cuando la criatura salió de la casa usando tu identidad, no pudo llevarse

todo.

—¿Qué dejó atrás?

Antonia miró al niño.

—La parte de ti que todavía sabía quién eras.

Martín miró al niño.

—Por eso me has estado ayudando.

El niño asintió.

—Quiero volver contigo.

Antonia sonrió.

—Pero para hacerlo tendrás que recuperar tu nombre.

Martín recordó la placa. MARTÍN — 1988.

—Mi nombre está ahí.

—No.

Antonia negó.

—Eso solo es una copia.

Martín sintió un escalofrío.

—Entonces ¿dónde está mi verdadero nombre?

Antonia señaló su pecho.

—En el mismo lugar donde estaba cuando naciste.

Martín bajó la mirada.

—¿Dentro de mí?

—No.

Antonia señaló la cuna.

—Debajo de ti.

La cuna comenzó a moverse. Muy lentamente. Martín se acercó. Antonia susurró:

—Cuando naciste, algo salió contigo.

El niño se quedó pálido.

—Y ahora quiere volver.

Martín miró debajo de la cuna. No había nada. Solo oscuridad. Entonces dos pequeños ojos se abrieron. Martín retrocedió. El niño gritó:

—¡No lo mires!

Pero Martín ya lo había visto. Los ojos parpadearon. Y una voz infantil susurró desde debajo de la cuna:

—Martín…

Pausa.

—¿Por qué me abandonaste?

Martín sintió que la sangre se le congelaba. Porque aquella voz… era exactamente igual que la suya cuando tenía cuatro años. Y entonces comprendió que había algo que Antonia todavía no le había contado. Antes del niño de ocho años, había existido otro Martín.