No mires debajo de la cama CAPÍTULO 9 — El lugar de los nombres
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CAPÍTULO 9 — El lugar de los nombres

La puerta se cerró detrás de ellos. Martín esperó a escuchar el golpe del pestillo. No llegó. La puerta simplemente desapareció. El niño miró hacia atrás.

—Ya no podemos volver.

Martín observó el lugar en el que había estado. Solo quedaba una pared negra. Sin pomo. Sin bisagras. Sin ninguna señal de que hubiera existido una puerta.

—Entonces seguimos.

El niño asintió. Estaban en un pasillo estrecho. Las paredes parecían hechas de madera húmeda. Pero no estaban quietas. Se movían. Muy despacio. Como si respiraran. Martín apoyó una mano sobre ellas. La retiró inmediatamente.

—Está caliente.

El niño no respondió.

—¿Qué pasa?

—No toques las paredes.

—¿Por qué?

—Recuerdan.

Martín lo miró.

—¿Qué recuerdan?

El niño señaló. Había cientos de pequeños agujeros en la madera. De cada uno salía un susurro. Martín se acercó. Escuchó una voz.

—Antonio…

Se apartó. El niño lo miró.

—¿Qué has oído?

Martín no respondió. Volvió a acercarse. Otro susurro.

—Elena…

Otro.

—Javier…

Otro.

—Lucía…

Nombres. Cientos. Miles. Algunos eran apenas murmullos. Otros gritaban. Otros lloraban. Otros repetían una misma palabra. Ayúdame. Martín caminó lentamente.

—Son las personas que estuvieron aquí.

—Sí.

—¿Todas fueron reemplazadas?

—No todas.

—¿Qué les pasó?

El niño señaló el suelo. Había pequeñas puertas. Una junto a otra. Decenas. Quizá cientos. Cada una tenía un nombre. Martín leyó algunas. MIGUEL. ROSA. DANIEL. SOFÍA. PEDRO. CARMEN. Algunas puertas estaban abiertas. Otras cerradas. Y de algunas llegaban golpes. Toc. Toc. Toc.

—¿Qué hay detrás?

El niño respondió:

—Las personas que no aceptaron el trato.

Martín se acercó a una. Tenía un nombre escrito. ELENA.

—¿Quién es Elena?

El niño negó.

—No lo sé.

Desde detrás de la puerta llegó una voz.

—Martín.

Él se quedó inmóvil. La voz volvió.

—Martín, por favor.

El niño lo agarró.

—No abras.

—Puede necesitar ayuda.

—Todos dicen eso.

Martín miró la puerta.

—¿Y si es verdad?

El niño respondió:

—Entonces ya es demasiado tarde.

Martín continuó caminando. Al final del pasillo apareció una habitación enorme.

No tenía techo. Arriba solo había oscuridad.

En las paredes colgaban miles de pequeñas placas.

Como lápidas. Cada una llevaba un nombre.

Martín caminó entre ellas. Había nombres de personas.

Pero también fechas. 1921. 1928. 1937. 1944.

Décadas enteras. La entidad había estado allí mucho antes de que naciera su madre.

Entonces vio una placa. Se detuvo. MARTÍN Debajo había una fecha.

1988. Su año de nacimiento. Martín acercó la mano. El niño gritó:

—¡No!

Demasiado tarde. Martín tocó la placa. La habitación desapareció. Y él volvió a ser un bebé. No podía moverse. No podía hablar. Solo podía mirar. Vio a su madre. La vio sostenerlo. Lloraba.

—No voy a entregarte.

Una voz respondió desde debajo de la cama del hospital.

—Ya me pertenece.

Su madre abrazó al bebé.

—No.

La voz volvió.

—Entonces morirás con él.

La madre comenzó a llorar.

—Déjalo vivir.

—Dame algo.

—Lo que quieras.

La voz respondió:

—Su nombre.

La madre negó.

—No.

—Entonces morirá.

La mujer cerró los ojos. Y dijo:

—Martín.

La visión terminó. Martín volvió a la habitación. Estaba de rodillas. El niño lloraba.

—Ahora sabes cómo empezó.

Martín miró la placa.

—Mi madre no hizo el pacto.

—No.

—Ella intentó salvarme.

—Sí.

—Pero al decir mi nombre…

—Le dio una puerta.

Martín sintió un vacío en el pecho.

—Entonces todo esto empezó por culpa de mi madre.

El niño negó.

—No.

Martín lo miró.

—¿Entonces por culpa de quién?

El niño señaló la placa.

—Por culpa de ella.

Martín miró alrededor.

—¿La entidad?

El niño negó.

—No.

—¿Entonces quién?

El niño levantó la cabeza.

—La primera persona que le dio un nombre.

Martín sintió frío.

—¿Quién fue?

El niño señaló la oscuridad del techo.

—No lo sabemos.

—¿Nunca?

—Porque nadie recuerda su nombre.

Martín miró las placas. Miles. Todas tenían nombre. Todas menos una. En el centro de la habitación había una placa completamente negra. Sin letras. Sin fecha. Sin nombre. Martín se acercó.

—¿Es esa?

El niño asintió.

—Esa es la primera.

Martín sintió un latido. Toc. La placa vibró. Toc. Otro. Toc. El niño comenzó a retroceder.

—No la toques.

Martín extendió la mano.

—¿Por qué?

—Porque si la tocas…

La habitación quedó en silencio. Todas las voces desaparecieron. Todos los golpes cesaron. El niño susurró:

—…ella sabrá tu nombre.

Martín dejó la mano suspendida. Entonces escuchó algo detrás de él. Una respiración. Hhhhh… No era la criatura. No era la voz de su madre. Era la tercera voz.

—Ya lo sé.

Martín se giró. No había nadie. La voz volvió a hablar.

—Siempre lo he sabido.

Las placas comenzaron a vibrar. Una tras otra. Hasta que toda la habitación quedó llena de nombres pronunciándose al mismo tiempo. Miles de voces. Miles de personas. Miles de nombres. Y en medio de aquel ruido, una sola voz destacó. La voz de su madre.

—Martín…

El niño le tapó los oídos.

—¡No escuches!

Pero Martín escuchó.

—Martín…

La voz se acercaba.

—Marti…

Una lágrima recorrió su rostro. Esta vez Martín no respondió. Había aprendido la regla. No volvió a pronunciar una sola palabra. La voz cambió.

—Hijo…

Martín permaneció en silencio. La voz volvió a llamarlo. Una vez. Dos. Diez. Después dejó de sonar como su madre. Se convirtió en algo profundo. Antiguo. Hambriento.

—Martín…

La placa negra comenzó a abrirse. Como una boca. Y desde dentro… algo comenzó a salir. Primero una mano. Después un brazo. Después un rostro. Martín retrocedió. El rostro terminó de salir. Era el de su madre. Pero sus ojos estaban completamente negros. Sonrió.

—Hola, hijo.

Martín no respondió. El niño tiró de él.

—¡Corre!

Corrieron. Detrás de ellos, la mujer comenzó a caminar. No corría. No necesitaba hacerlo. Porque mientras Martín avanzaba por el pasillo, las puertas empezaron a abrirse. Una. Dos. Diez. Cien. Todas las voces salieron a la vez.

—Martín.

—Martín.

—Martín.

—Martín.

El pasillo se llenó de manos. Manos que salían de las puertas. Manos que buscaban agarrarlo. El niño gritó:

—¡No les contestes!

Martín corrió. Pero entonces vio algo al final del pasillo.

Una última puerta. Mucho más grande que las demás.

Y sobre ella había un nombre. No era Martín.

No era el de su madre. Era un nombre que nunca había visto.

Un nombre que, sin saber por qué, le resultaba terriblemente familiar. ANTONIA. El niño se detuvo.

—Esa puerta no.

Martín frenó.

—¿Por qué?

El niño estaba completamente pálido.

—Porque detrás está la primera persona que entró.

Martín miró la puerta. Desde el otro lado llegó una voz. Una voz de anciana. Muy débil.

—Martín…

Pausa.

—Yo sé cómo sacarte de aquí.

Martín miró al niño. El niño negó con la cabeza. Pero la voz volvió a hablar:

—Y también sé quién eres realmente.

Martín puso la mano sobre el pomo. La puerta comenzó a abrirse sola. Antes de que pudiera decidir si entrar, la anciana susurró:

—Tu madre te ocultó una cosa.

Martín se quedó inmóvil.

—Tu nacimiento no fue el comienzo.

La puerta terminó de abrirse. Al otro lado había una habitación completamente blanca.

En el centro había una cuna. Y sobre ella, una fotografía.

Martín se acercó. La fotografía mostraba a su madre.

Estaba embarazada. Pero detrás de ella había alguien.

Una figura alta. Sin rostro. Y en la parte inferior de la fotografía aparecía una fecha: 12 DE MARZO DE 1988.

La fecha exacta en que Martín había nacido.

Martín observó la imagen. Entonces vio algo escrito a mano en el reverso.

Solo cuatro palabras: ÉL YA ESTABA DENTRO. El niño susurró:

—Martín…

Él se giró.

—¿Qué?

El niño señaló la fotografía.

—Ahora sabemos cuándo empezó.

Pausa.

—Pero todavía no sabemos qué nació contigo.