CAPÍTULO 8 — La voz de mamá
Martín no se movió. La voz de su madre seguía llegando desde la oscuridad.
—Martín…
Era exactamente igual. La misma entonación. La misma manera de pronunciar su nombre. Incluso esa pequeña pausa antes de hablar. Pero había algo que no encajaba. Su madre nunca lo llamaba así. Cuando estaba asustada, lo llamaba Marti. Siempre. Nunca Martín. El niño tiró de su mano.
—No es ella.
Martín asintió lentamente.
—Lo sé.
La voz volvió a hablar.
—Marti…
El niño se quedó inmóvil. Martín también. Aquello no podía ser una imitación. Había utilizado el diminutivo. El niño empezó a temblar.
—La recuerda.
La oscuridad de la puerta pareció acercarse.
—Marti…
La voz sonaba triste.
—Tengo frío.
El niño dio un paso hacia ella. Martín lo sujetó.
—No.
—Es mamá.
—No lo es.
—La he oído.
—Precisamente por eso.
El niño intentó soltarse.
—¡Es ella!
Martín lo agarró con fuerza.
—Si fuera mamá, no necesitaría llamarte desde ahí.
Silencio. La voz dejó de hablar. Por primera vez. Martín miró la oscuridad.
—¿Qué quieres?
Nada.
—Has estado llamándome toda mi vida.
Silencio.
—Ahora habla conmigo.
La oscuridad permaneció inmóvil. La criatura seguía al fondo del pasillo. Pero había dejado de sonreír. Martín la miró.
—Tú sabes qué hay ahí.
La criatura respondió:
—Sí.
—¿Qué?
—Mi madre.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Tu madre?
—No.
La criatura bajó la cabeza.
—La madre de la cosa que me creó.
Martín comprendió que la criatura tampoco sabía toda la verdad.
—¿La entidad tiene una madre?
La criatura levantó la mirada.
—No.
Pausa.
—Tiene hambre.
La oscuridad de la puerta se movió. Como si algo enorme estuviera acercándose. El niño susurró:
—Tenemos que cerrar.
Martín negó.
—No.
—¡Martín!
—Si cerramos, volverá a buscarnos.
—Entonces ¿qué hacemos?
Martín miró la oscuridad.
—Entramos.
La criatura gritó:
—¡NO!
Martín se volvió.
—¿Por qué te asusta tanto?
La criatura no respondió.
—Tú no eres la entidad.
Silencio.
—Eres una parte de ella.
La criatura apretó los dientes.
—Sí.
—Entonces también tienes miedo.
—No.
—Mientes.
La criatura avanzó.
—Si cruzas esa puerta, desaparecerás.
Martín miró al niño.
—¿Y tú?
El niño se encogió de hombros.
—Yo ya desaparecí hace treinta años.
Martín sintió una tristeza profunda. Se arrodilló frente a él.
—No.
El niño lo miró.
—Sí.
—No voy a dejarte aquí.
—No puedes sacarme.
—Entonces encontraremos otra manera.
El niño sonrió débilmente.
—¿Cómo?
Martín miró hacia la puerta.
—Recuperando mi nombre.
El niño comprendió.
—Si recuperas tu nombre…
—Tú vuelves conmigo.
La criatura soltó una carcajada.
—No funciona así.
Martín la miró.
—¿Cómo funciona?
—Un nombre solo puede pertenecer a una persona.
—Entonces uno de nosotros tiene que desaparecer.
La criatura sonrió.
—Exactamente.
Martín permaneció callado. La criatura se acercó.
—Ahora entiendes por qué nunca pude matarte.
Martín frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque si tú mueres…
La criatura señaló su propio pecho.
—Yo también muero.
Martín sintió que el miedo se transformaba en otra cosa. Una idea.
—Entonces no eres mi enemigo.
La criatura se quedó quieta.
—¿Qué?
—Tú también estás atrapada.
—No.
—Sí.
Martín dio un paso.
—La entidad necesita mi nombre para mantenerte viva.
La criatura no respondió.
—Y te obliga a vivir mi vida para alimentarla.
Silencio.
—Si recupero mi nombre, tú mueres.
La criatura bajó la mirada.
—Sí.
—Pero si no lo recupero…
—Ella seguirá creciendo.
Martín miró la oscuridad.
—¿Hasta qué punto?
La criatura levantó la cabeza.
—Hasta que ya no necesite nombres.
—¿Qué necesitará entonces?
La criatura respondió:
—Personas.
Un ruido llegó desde la oscuridad. Un golpe. Después otro. Después cientos. Como uñas golpeando madera. El niño empezó a llorar.
—Está llegando.
La criatura retrocedió.
—No tenemos tiempo.
Martín miró la puerta.
—Entonces vamos.
La criatura negó.
—Yo no puedo entrar.
—¿Por qué?
—Porque no soy una persona.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Qué eres?
La criatura respondió:
—Una copia.
El niño la miró.
—Una copia de mí.
La criatura asintió.
—Sí.
—Entonces…
El niño se acercó. Por primera vez, ambos quedaron frente a frente.
El niño levantó una mano. La criatura hizo lo mismo.
Sus dedos se tocaron. Y ocurrió algo extraño.
La criatura comenzó a temblar. Su cuerpo cambió.
Durante un instante dejó de parecer una cosa.
Volvió a tener el aspecto de un niño. Después volvió a cambiar.
Martín vio aparecer imágenes. Una cama. Una habitación.
Su madre. La noche del pacto. La criatura estaba recordándolo todo. Y entonces comenzó a llorar.
—Yo también recuerdo.
Martín se quedó inmóvil.
—¿Qué?
La criatura miró al niño.
—Recuerdo cuando naciste.
El niño retiró la mano.
—¿Qué recuerdas?
La criatura respondió:
—Que no quería hacerlo.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Hacer qué?
—Robarte.
Silencio.
La criatura miró hacia la oscuridad.
—Ella me obligó.
Martín entendió. La entidad no había creado una copia para sustituirlo. Había creado una copia para protegerse. La criatura había sido enviada a vivir la vida de Martín. Pero con el tiempo había desarrollado algo que la entidad no había previsto. Conciencia. Miedo. Y culpa.
—¿Por qué nunca me ayudaste? —preguntó Martín.
La criatura respondió:
—Porque cada vez que intentaba recordar quién era…
Se llevó las manos a la cabeza.
—…ella me borraba.
Martín dio un paso hacia ella.
—¿Y ahora?
La criatura levantó los ojos.
—Ahora está demasiado cerca.
La oscuridad comenzó a derramarse por el suelo. El niño agarró a Martín.
—Tenemos que entrar.
Martín miró a la criatura.
—¿Vienes?
La criatura negó.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No.
Martín entendió.
—Quieres quedarte.
La criatura sonrió.
—Alguien tiene que cerrar la puerta.
Martín comprendió lo que iba a hacer.
—No.
—Tienes que recuperar tu nombre.
—Podemos hacerlo juntos.
—No.
La criatura miró al niño.
—Él necesita salir.
Después miró a Martín.
—Y tú necesitas recordar quién eres.
La oscuridad llegó hasta sus pies. La criatura retrocedió.
—Corred.
Martín agarró al niño. Entraron. Antes de que la puerta se cerrara, la criatura gritó:
—¡Martín!
Martín se volvió. La criatura tenía lágrimas en los ojos.
—Cuando encuentres tu nombre…
Pausa.
—No lo pronuncies.
La puerta se cerró. Y Martín comprendió que acababa de entrar en el lugar donde se guardaban todos los nombres que la entidad había robado. Pero no sabía todavía una cosa. El nombre de su madre estaba allí. Y el suyo… también.