CAPÍTULO 7 — Lo que nació contigo
La puerta se cerró. Martín y el niño quedaron otra vez en la escalera. Durante unos segundos ninguno habló. Solo se escuchaba la respiración de ambos.
—¿Has oído lo que ha dicho? —preguntó Martín.
El niño asintió.
—Mi madre…
—Sí.
—Dijo que había algo dentro de mí cuando nací.
—Sí.
Martín se apoyó contra la pared.
—Entonces todo empezó antes de aquella noche.
—Mucho antes.
—¿La criatura estaba dentro de mí?
El niño negó.
—No exactamente.
—Explícamelo.
El niño levantó la mirada.
—La cosa que vive debajo no necesita cuerpos.
—Entonces ¿qué necesita?
—Nombres.
Martín recordó la primera regla. No responder cuando algo te llama por tu nombre.
—¿Por qué?
—Porque un nombre es una puerta.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Y la criatura?
El niño tardó en responder.
—Fue una parte de ella.
—¿Una parte?
—La primera parte que consiguió salir.
Martín cerró los ojos. Todo empezaba a encajar. La entidad principal estaba debajo. La criatura había sido una extensión de ella. Había tomado su identidad. Había vivido su vida. Pero no era libre. Nunca lo había sido.
—Por eso tiene miedo —dijo Martín.
El niño asintió.
—Si la cosa de abajo desaparece, ella también.
—¿Y si nosotros escapamos?
—Entonces seguirá buscándonos.
—¿Por qué?
El niño señaló el pecho de Martín.
—Porque todavía llevas su nombre.
Martín bajó la mirada. No vio nada.
—¿Dónde?
—Dentro.
Martín sintió un latido extraño. Uno. Dos. Tres. Su corazón se detuvo durante un segundo. Después volvió a latir. Pero algo había cambiado. Cada latido producía un sonido diferente. Toc. Toc. Toc. Como los golpes debajo de la cama.
—No…
Martín se llevó una mano al pecho.
—Está dentro de mí.
El niño negó.
—No.
—Entonces ¿qué es?
—La puerta.
Martín levantó la cabeza.
—¿Qué puerta?
El niño respondió:
—Tú.
Un ruido llegó desde la escalera. Algo subía. Un paso. Después otro. Lento. Pesado. Martín agarró la mano del niño.
—Tenemos que correr.
Subieron. La escalera parecía haberse alargado. El piso no llegaba nunca. Los pasos continuaban detrás. Uno. Dos. Tres. Cada vez más cerca. Martín miró hacia atrás. No vio nada. Pero una sombra avanzaba por las paredes. No tenía cuerpo. Solo una sombra. Y se acercaba.
—¡Más rápido!
El niño corría todo lo que podía. Martín lo siguió. De repente apareció una puerta. La reconocieron. La puerta pequeña. Pero ahora era enorme. Medía más de dos metros. Y estaba cubierta de arañazos. Miles. Desde
dentro. Como si alguien hubiera intentado salir. Martín agarró el pomo. Estaba helado.
—¿La abrimos?
El niño negó desesperadamente.
—No.
Los pasos seguían acercándose.
—Tenemos que hacerlo.
—No.
—Si no la abrimos, nos alcanza.
—Eso es lo que quiere.
Martín se quedó quieto.
—¿Qué quiere?
El niño señaló la puerta.
—Que la abramos desde este lado.
Martín miró los arañazos. Entonces escuchó una voz detrás.
—Martín.
La criatura. La voz sonaba exactamente como la suya.
—No abras.
Martín se giró. La criatura estaba al final de la escalera. Ya no tenía forma humana. Su cuerpo parecía demasiado largo. Los brazos le llegaban hasta las rodillas. La cabeza estaba inclinada. Pero conservaba la voz de Martín.
—No abras esa puerta.
Martín retrocedió.
—¿Por qué?
La criatura respondió:
—Porque yo salí de ahí.
El niño gritó:
—¡Miente!
La criatura lo miró.
—Tú también sabes que es verdad.
El niño comenzó a llorar. La criatura volvió a mirar a Martín.
—Si abres esa puerta, ella podrá entrar.
—¿Y si no la abro?
La criatura sonrió.
—Entonces yo entraré.
Martín entendió. No había salida. La entidad los había conducido hasta allí. La puerta no era una salida. Era una elección. La criatura comenzó a avanzar. Martín apretó el pomo.
—¿Qué hay detrás?
La criatura se detuvo.
—Tu primer recuerdo.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Mi primer recuerdo?
—Sí.
—¿Cuál?
La criatura respondió:
—El momento en que abriste los ojos por primera vez.
Martín miró al niño. El niño susurró:
—No lo hagas.
Pero Martín ya había decidido. Giró el pomo.
La puerta se abrió. Y no había oscuridad.
Había luz. Una habitación blanca. Un hospital.
Una mujer gritando. Un médico. Una enfermera.
Y un bebé llorando. Martín se quedó paralizado.
Se vio a sí mismo recién nacido. Pero algo no estaba bien.
El bebé dejó de llorar. Abrió los ojos. El médico se acercó.
Entonces el bebé habló. Con una voz adulta.
—¿Cuál es mi nombre?
Martín retrocedió.
—No…
Su madre, en la cama, comenzó a llorar. El médico se quedó completamente inmóvil. El bebé volvió a hablar.
—Decidme mi nombre.
El niño de ocho años agarró a Martín.
—No escuches.
Pero Martín no podía apartar la mirada. Su madre susurró:
—Martín.
El bebé sonrió. Y todas las luces del hospital se apagaron.
La escena cambió. Ahora Martín vio a su madre caminando por un pasillo.
Llevaba al bebé en brazos. Una sombra caminaba detrás de ella.
Después otra escena. Su madre llorando. Otra.
Su madre hablando con alguien que no podía verse.
Otra. Su madre arrodillada frente a una pequeña puerta.
Y finalmente… la noche de sus ocho años.
Martín vio su propia infancia desde fuera.
Se vio levantarse de la cama. Se vio caminar hacia la pequeña
puerta. Se vio abrirla. Y entonces comprendió el detalle que había olvidado. No había sido él quien había llamado a la entidad.
Había sido la entidad quien había pronunciado primero su nombre.
Y cuando Martín respondió… la puerta se abrió por completo.
La criatura salió. Pero no salió para sustituirlo.
La presencia utilizó aquel recuerdo para hacer creer a Martín que él había hecho el trato.
En realidad, había sido su madre quien había pedido una cosa.
Que su hijo pudiera seguir viviendo sin quedar dominado por la presencia.
Y la entidad había aceptado. A cambio, necesitaba su nombre.
Su nombre. No su cuerpo. No su alma. Su nombre.
Porque un nombre permitía entrar en la vida de alguien.
La criatura había utilizado ese nombre durante años para imitar tu identidad.
Pero había cometido un error. Había aprendido todos los recuerdos de Martín… excepto uno. El recuerdo que Martín acababa de recuperar. El verdadero motivo del pacto. Martín miró a la criatura.
—Mi madre hizo lo que pudo para protegerme.
La criatura permaneció inmóvil.
—Me hizo creer que yo había elegido todo esto.
Martín comprendió que aquel recuerdo también había sido manipulado. La criatura sonrió.
—Ahora lo recuerdas.
—Y sé cómo terminarlo.
La sonrisa desapareció. Martín dio un paso hacia ella.
—Tengo que recuperar mi nombre.
La criatura retrocedió.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque ya no te pertenece.
Martín la miró.
—Entonces dime quién lo tiene.
La criatura señaló detrás de él. Martín se giró. La habitación blanca había desaparecido. La puerta estaba abierta hacia una oscuridad absoluta. Y desde aquella oscuridad llegó una voz. La voz de su madre.
—Yo.
Martín se quedó inmóvil. El niño comenzó a gritar:
—¡No es ella!
La voz volvió a hablar.
—Martín…
Pausa.
—Soy yo.
La criatura sonrió. Y por primera vez… Martín comprendió que había estado mirando a la criatura equivocada. Porque aquello que estaba detrás de la puerta… había aprendido a hablar con la voz de su madre. Y estaba subiendo.