CAPÍTULO 6 — La escalera
La escalera descendía. Martín no sabía cuánto tiempo llevaban bajando.
Diez minutos. Una hora. Un día. Allí abajo el tiempo no parecía existir.
El niño caminaba delante. Martín lo seguía con una mano apoyada en la pared.
La piedra estaba húmeda. Pero no era agua lo que mojaba sus dedos.
Era algo espeso. Pegajoso. Martín retiró la mano. No quiso mirar.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
El niño no respondió.
—¿Me escuchas?
El niño se detuvo. Martín casi chocó con él.
—¿Qué ocurre?
El niño señaló hacia abajo. La escalera continuaba. Pero ahora había algo diferente. Una puerta. Al fondo. Pequeña. De madera. Martín reconoció la forma.
—Es la misma.
—No.
El niño negó.
—Es la primera.
Martín sintió un escalofrío.
—¿La primera puerta?
—Sí.
—¿Dónde lleva?
El niño lo miró.
—A la noche en que empezó todo.
Martín bajó el último escalón. La puerta estaba delante. Tenía una pequeña cerradura. Y en la madera había algo escrito. Un nombre. MARTÍN. Debajo había otro. Más pequeño. Casi borrado. MAMÁ. Martín se quedó inmóvil.
—¿Qué significa?
El niño respondió:
—Ella también estuvo aquí.
Martín sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—Mi madre.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de que nacieras.
Martín tocó el nombre escrito en la puerta. La madera estaba caliente. Demasiado caliente.
—¿Ella hizo el pacto?
El niño negó.
—No.
—Entonces ¿por qué está su nombre aquí?
El niño bajó la mirada.
—Porque fue ella quien abrió la primera puerta.
Martín retrocedió.
—Eso no puede ser.
—Ella conocía la casa.
—Mi madre nunca vivió aquí.
—No en esta casa.
El niño señaló la puerta.
—En la anterior.
Martín sintió que la cabeza comenzaba a darle vueltas.
—¿Qué anterior?
—La casa cambia.
—¿Cómo?
—Cada vez que alguien entra.
El niño se acercó a la puerta.
—La casa no es un lugar.
Puso una mano sobre la madera.
—Es una cosa que recuerda.
Martín no comprendió.
—¿Qué recuerda?
El niño susurró:
—A todos los que han tenido miedo.
La puerta comenzó a abrirse sola. Un olor salió del interior.
Hospital. Desinfectante. Medicamentos. Martín sintió que las piernas le temblaban.
Conocía aquel olor. Lo había olido cuando era niño.
El hospital donde su madre había estado ingresada.
La puerta se abrió completamente. Al otro lado había una habitación.
Un hospital. Una cama. Una ventana. Y una mujer sentada junto a la cama.
Martín dejó de respirar. Era su madre. Joven.
Mucho más joven de lo que él la recordaba. Estaba llorando. Frente
a ella había un niño. Martín. Ocho años. El mismo niño que estaba a su lado. Pero había algo imposible. La escena estaba ocurriendo delante de ellos. No era un recuerdo. La mujer levantó la cabeza. Miró directamente a Martín. Y habló.
—Llegas tarde.
Martín no pudo moverse.
—Mamá…
La mujer sonrió. Pero no era una sonrisa de alegría. Era una sonrisa de tristeza.
—No deberías haber vuelto.
El niño de ocho años empezó a llorar.
—Mamá…
La mujer miró al niño. Después a Martín adulto.
—Los dos.
Martín sintió un nudo en la garganta.
—¿Sabías que esto iba a ocurrir?
Ella asintió.
—Desde antes de que nacieras.
—¿Por qué?
Su madre miró hacia la cama. Allí había un bebé. Martín. Recién nacido.
—Porque yo también hice un trato.
Martín sintió que algo se rompía dentro de él.
—¿Qué trato?
Su madre se levantó. Se acercó lentamente.
—Pedí que mi hijo sobreviviera.
Martín la miró.
—¿A qué?
Ella señaló al bebé.
—A la cosa que estaba dentro de él.
Silencio. Martín miró al niño. Después al bebé. Después a su madre.
—¿Qué quieres decir?
Su madre comenzó a llorar.
—Cuando naciste…
Miró al bebé.
—…ya había algo unido a ti.
Martín sintió frío.
—No.
—No era una enfermedad.
—No.
—No era una maldición.
—Mamá…
—Era hambre.
La luz de la habitación comenzó a parpadear. Su madre bajó la voz.
—Algo llegó contigo porque encontró en ti una forma de permanecer.
Martín miró al niño. El niño estaba llorando.
—¿La criatura?
Su madre negó.
—No.
Martín sintió que el corazón se le detenía.
—Entonces ¿qué era?
La mujer señaló el suelo. Debajo de la cama del hospital. La oscuridad comenzó a moverse.
—La criatura solo fue la primera que aprendió a salir.
Martín retrocedió. La oscuridad debajo de la cama se extendió por el suelo. La mujer continuó:
—Pero nunca fue la cosa que vive debajo.
La habitación quedó completamente a oscuras. Entonces una voz habló desde debajo de la cama. No era la tercera voz. No era la criatura. No era el niño. Era una voz nueva. Una voz que Martín nunca había escuchado. Una voz que parecía venir de miles de metros bajo tierra.
—Martín.
El niño gritó:
—¡NO CONTESTES!
La voz volvió a pronunciar su nombre.
—Martín.
La oscuridad avanzó.
—Martín.
Martín apretó los dientes. No respondió. La voz susurró:
—Hijo.
Martín abrió los ojos. Su madre estaba llorando.
—No…
La voz volvió a hablar.
—Hijo mío.
Martín comprendió entonces por qué su madre conocía aquella cosa.
Y comprendió algo todavía peor. No había elegido a Martín por casualidad.
No había elegido aquella familia por casualidad.
Había estado esperando a que Martín naciera.
La cama del hospital comenzó a moverse. Muy lentamente.
Como si alguien estuviera empujándola desde abajo. La madre de Martín gritó:
—¡Corred!
El niño agarró la mano de Martín. Pero Martín no podía moverse. Miraba debajo de la cama. La oscuridad se abrió. Y dos ojos aparecieron. No eran ojos humanos. Eran enormes. Negros. Antiguos. Y estaban mirándolo con reconocimiento. Entonces la cosa habló.
—Por fin has vuelto a casa.
La puerta del hospital comenzó a cerrarse.
Martín tiró del niño. Los dos corrieron hacia ella.
Pero antes de cruzarla, Martín miró una última vez a su madre.
Ella seguía junto a la cama. Llorando. Y detrás de ella había alguien.
La criatura. La misma que había vivido treinta años usando la identidad de Martín.
Pero ahora no tenía rostro. Solo una boca.
Una boca enorme. Y estaba susurrándole algo a la madre.
Martín no pudo oírlo. Hasta que la puerta se cerró.
Entonces lo escuchó. Desde el otro lado. La voz de su madre dijo:
—Perdóname.
Y una segunda voz respondió:
—Todavía no.