No mires debajo de la cama CAPÍTULO 5 — La tercera voz
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CAPÍTULO 5 — La tercera voz

La oscuridad fue absoluta. Martín no veía al niño.

No veía a la criatura. No veía sus propias manos.

Solo escuchaba. Respiraciones. Muchas. Hhhhh…

Hhhhh… Hhhhh… Venían de todas partes. De las paredes.

Del suelo. Del techo. De debajo de la cama.

Y entonces apareció una voz. No era masculina.

No era femenina. No era infantil. Era una voz demasiado profunda para pertenecer a una garganta humana.

—Martín.

Él cerró los ojos. No respondió. La voz volvió a pronunciar su nombre.

—Martín.

El niño gritó desde algún lugar de la oscuridad:

—¡No contestes!

Martín permaneció callado. La criatura comenzó a reír.

—No sirve de nada.

Martín oyó sus pasos. Uno. Dos. Tres. Se acercaban.

—Ya ha dicho tu nombre.

Martín recordó la regla. Nunca respondas cuando algo te llame por tu nombre. Pero había algo que no entendía.

—¿Quién eres? —preguntó.

Silencio.

La criatura dejó de caminar. El niño también. La tercera voz respondió:

—Soy la que estaba aquí antes de que existierais vosotros.

Martín sintió que el frío le atravesaba el cuerpo.

—¿Qué quieres?

—Nada.

—Entonces ¿por qué haces esto?

—Yo no hago nada.

La voz parecía estar sonriendo.

—Vosotros entráis.

Martín escuchó un golpe debajo del suelo. Toc.

—Vosotros abrís.

Otro. Toc.

—Vosotros dais vuestros nombres.

Otro. Toc.

—Y después culpáis a la casa.

Martín sintió que la respiración se le aceleraba.

—¿La casa está viva?

—No.

—Entonces ¿qué es?

La voz respondió:

—Una puerta.

Martín recordó la pequeña puerta. La habitación imposible. Las fotografías. Los niños. Todo encajó.

—¿Una puerta hacia dónde?

La respuesta llegó lentamente.

—Hacia lo que está debajo.

El suelo tembló. El niño apareció entre las sombras.

—Martín.

Esta vez la voz era urgente.

—Tenemos que irnos.

Martín lo agarró de la mano.

—¿A dónde?

El niño señaló la pequeña puerta.

—Al otro lado.

Martín miró la oscuridad.

—¿Quieres que entremos ahí?

—No.

El niño negó con la cabeza.

—Quiero que salgamos.

La criatura apareció detrás de ellos. Ya no tenía el rostro del niño. Ahora tenía el rostro de Martín adulto. Pero estaba deformado. Los ojos demasiado separados. La boca demasiado ancha. La piel parecía estirada sobre algo que no tenía huesos humanos.

—No vais a salir.

Martín se puso delante del niño.

—¿Por qué?

La criatura respondió:

—Porque uno de los dos tiene que quedarse.

Martín miró la puerta.

—¿Y si no elegimos?

La criatura sonrió.

—Entonces elegirá ella.

La tercera voz volvió a hablar.

—Ya ha elegido.

Todo quedó en silencio. Martín sintió que algo estaba detrás de él. No se atrevió a girarse. El niño comenzó a llorar.

—No…

Martín susurró:

—¿Qué pasa?

El niño miró por encima del hombro de Martín.

—Está aquí.

Martín cerró los ojos.

—¿Quién?

El niño respondió:

—La que vive debajo.

Martín sintió una respiración sobre su nuca. Hhhhh… Muy lenta. Muy fría. Después una mano se apoyó sobre su cabeza. La voz susurró:

—Treinta años.

Martín se quedó paralizado.

—Treinta años esperando.

La mano bajó lentamente por su rostro.

—Treinta años alimentándome de tus recuerdos.

Martín comprendió algo. No había elegido aquella casa por casualidad. La había elegido porque algo dentro de él la recordaba. Algo que la criatura había olvidado. La voz continuó:

—Tú no volviste.

Martín abrió los ojos.

—¿Qué?

—Yo te traje.

La criatura retrocedió. Por primera vez parecía aterrorizada.

—No…

La voz habló detrás de Martín.

—Te necesitaba aquí.

Martín miró a la criatura.

—¿Por qué?

La entidad que había robado su vida respondió:

—Porque ya no puedo mantenerte dormido.

Martín sintió que algo se rompía dentro de su cabeza.

Una nueva memoria apareció. Tenía ocho años.

Estaba debajo de la cama. Pero esta vez vio lo que había ocurrido realmente.

No había sido la criatura quien había salido primero.

Había sido él. Martín niño había cruzado la puerta.

Había entrado en la habitación imposible.

Y allí había encontrado a la entidad. La entidad no lo había engañado.

Habían hecho un trato. Martín había entregado su identidad voluntariamente. A cambio de algo. Martín retrocedió.

—¿Qué pedí?

Nadie respondió. La tercera voz se acercó.

—Pediste que tu madre no muriera.

Martín dejó de respirar. La criatura sonrió.

—Y ella cumplió.

El niño comenzó a negar con la cabeza.

—No…

Martín sintió que el recuerdo regresaba por completo.

Su madre. El hospital. La enfermedad. El miedo.

Él había sido un niño aterrorizado. Había encontrado aquella puerta.

Había pedido ayuda. Y algo había respondido.

Puedo salvarla. A cambio… Dame tu vida. Martín cerró los ojos.

Su madre había vivido muchos años más. Pero él había pagado el precio.

La criatura había salido usando su identidad.

Y Martín había sido encerrado. No había sido un accidente.

No había sido un ataque. Había sido un pacto. Martín abrió los ojos.

—Entonces yo hice esto.

La criatura respondió:

—Sí.

—Yo te dejé salir.

—Sí.

—Y tú viviste mi vida.

—Sí.

Martín miró al niño.

—¿Y tú?

El niño bajó la mirada.

—Yo soy lo que no pudiste entregar.

Martín comprendió. Había una parte de él que la entidad nunca había podido robar. Su miedo. Su infancia. Su verdadera memoria. Por eso el niño seguía allí. Por eso había sobrevivido. Martín miró la pequeña puerta.

—Entonces no necesito elegir entre nosotros.

La criatura dio un paso atrás.

—¿Qué estás haciendo?

Martín tomó la mano del niño.

—Voy a recuperar lo que entregué.

La criatura gritó. La casa entera comenzó a temblar. La tercera voz habló por última vez:

—Entonces tendrás que bajar.

La pequeña puerta se abrió completamente. Detrás no había una habitación. Había una escalera. Una escalera que descendía hacia una oscuridad que parecía no terminar nunca. Martín miró al niño. El niño lo miró a él.

—Si bajamos —susurró—, ya no podremos volver.

Martín apretó su mano.

—Entonces no volveremos.

Y ambos comenzaron a descender. Detrás de ellos… la criatura empezó a gritar. No de rabia. De miedo. Porque por primera vez en treinta años… Martín estaba entrando en el lugar del que ella había salido.