CAPÍTULO 4 — Uno de los dos
Martín no respondió. No podía. La criatura seguía frente a él.
Tenía el rostro de un niño. Su rostro. El mismo que Martín había visto en fotografías antiguas.
El mismo que recordaba vagamente de los espejos de su infancia.
Pero ahora comprendía algo. Aquella cara nunca había pertenecido a la criatura. La criatura se la había robado.
—¿Qué quieres? —preguntó Martín.
La criatura sonrió.
—Lo mismo que quería aquella noche.
—¿Mi nombre?
—No.
La sonrisa desapareció.
—Tu lugar.
Martín sintió un escalofrío.
—Ya tienes mi vida.
—Tengo tu vida.
La criatura dio un paso.
—Pero no tengo tu lugar.
Martín no entendía. El niño de ocho años permanecía junto a la pequeña puerta.
—No la escuches —dijo.
La criatura giró lentamente la cabeza hacia él.
—Tú siempre has sido muy molesto.
El niño retrocedió. Martín miró a la criatura.
—¿Qué significa mi lugar?
La criatura volvió a mirarlo.
—Mientras tú sigas aquí, yo no puedo salir de verdad.
—Pero llevas décadas intentando vivir a través de mí.
—Sí.
—Entonces ya has salido.
La criatura negó lentamente.
—No.
Se señaló el pecho.
—Una parte de mí sigue aquí.
Martín comprendió.
—El recuerdo de Martín.
La criatura sonrió.
—Eso es lo que él cree.
El niño gritó:
—¡No le creas!
La criatura ni siquiera lo miró.
—Él cree que si tú mueres, podrá salir.
Martín se volvió hacia el niño.
—¿Es cierto?
El niño permaneció callado.
—Respóndeme.
Finalmente asintió.
—Sí.
Martín sintió un nudo en el estómago.
—¿Entonces tengo que morir?
—No.
La criatura sonrió.
—Solo tienes que elegir.
—¿Elegir qué?
La criatura señaló la puerta pequeña.
—Entrar.
Después señaló el pasillo.
—O dejarlo salir.
Martín miró al niño.
—¿Qué ocurre si sale?
El niño respondió:
—Yo recuperaré mi vida.
La criatura soltó una carcajada.
—No.
La risa resonó por toda la casa.
—Tú no recuperarás nada.
El niño la miró con odio.
—Mentira.
—¿Quieres saber qué ocurrirá si sales?
El niño no respondió. La criatura se agachó hasta quedar a su altura.
—Saldrás con ocho años.
El niño palideció.
—No…
—Tu madre llevará diecisiete años muerta.
El niño comenzó a temblar.
—Tu casa ya no existe como la recuerdas.
—Cállate.
—Tus amigos han envejecido.
—Cállate.
—Y nadie recordará al niño que desapareció.
El niño comenzó a llorar. La criatura sonrió.
—Porque todos recordarán al hombre que han visto durante años.
Martín sintió una punzada. La criatura tenía razón en una cosa. Si el niño salía… nadie lo reconocería. Pero aquello no convertía al niño en otra persona. Era un recuerdo de Martín a los ocho años, atrapado en la memoria de aquella noche.
—¿Y qué ocurre conmigo? —preguntó Martín.
La criatura lo miró.
—Tú puedes quedarte.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Para siempre?
—No existe el para siempre.
La criatura sonrió.
—Aquí solo existe el siguiente.
Martín no comprendió.
—¿El siguiente qué?
La criatura señaló la pequeña puerta.
—El siguiente recuerdo.
Martín miró hacia dentro. La habitación imposible estaba llena de fotografías.
Decenas. Cientos. Ahora podía verlas con claridad.
Cada fotografía mostraba una versión distinta de un recuerdo.
La presencia utilizaba rostros y nombres para construir identidades que no le pertenecían.
No eran niños realmente reemplazados. Eran recuerdos deformados por la presencia.
Y debajo de cada fotografía había una fecha.
Algunas tenían más de cien años. Martín sintió frío.
—¿Cuántos sois?
La criatura respondió:
—Solo uno.
Martín la miró.
—No entiendo.
—Nunca hubo muchas criaturas.
La sonrisa de la criatura desapareció.
—Solo una.
Señaló las fotografías.
—Yo.
Martín miró una fotografía de 1921. El niño de la imagen era distinto. Después otra. 1928. Otro niño. 1937. Otro. 1951. Otro. 1974. Otro. 2002. Otro. Todos tenían una cosa en común. Parecía que habían dejado algo detrás. Un niño. Un recuerdo atrapado en la habitación. Martín comprendió.
—No robas cuerpos.
La criatura lo miró.
—No.
—Robas identidades.
—Exactamente.
—Y después de cada niño…
La criatura terminó la frase.
—Me llevo su vida.
Martín miró al niño de ocho años.
—¿Por qué me has dejado recordar?
La criatura permaneció en silencio. Martín comprendió entonces algo aún peor.
—No me has dejado recordar.
La criatura no respondió.
—No podías evitarlo.
Silencio.
—¿Por qué?
La criatura dio un paso atrás. Por primera vez parecía incómoda. Martín recordó las palabras del niño. La casa no crea los recuerdos. Los devuelve.
—Porque estás perdiendo el control —dijo Martín.
La criatura levantó lentamente la cabeza.
—No.
—Sí.
—Cállate.
—Cada vez puedes mantener menos mi identidad.
La criatura gritó. Las paredes temblaron. Las fotografías comenzaron a caer. El niño se tapó los oídos. Martín permaneció inmóvil.
—Por eso has vuelto a traerme.
La criatura lo miró.
—Necesitas que yo acepte que eres Martín.
Silencio.
—Si yo acepto que tú eres yo…
Martín tragó saliva.
—…puedes quedarte con todo.
La criatura sonrió.
—Ahora estás entendiendo.
Martín miró al niño. Después a la criatura.
Y entonces vio algo que no había visto antes.
Una pequeña grieta en el suelo. Justo delante de la puerta.
Dentro de la grieta había algo rojo. Una cuerda.
Martín la reconoció. Era la cuerda con la que había jugado cuando era niño.
Recordó algo. Una regla. Una regla que la criatura había olvidado.
Aquella noche, antes de abrir la puerta, su madre le había dicho: Nunca respondas cuando algo te llame por tu nombre. Martín miró a la criatura.
—¿Sabes qué?
La criatura inclinó la cabeza.
—¿Qué?
Martín sonrió por primera vez.
—Creo que cometiste un error.
La criatura dejó de sonreír. Martín agarró la cuerda. Y tiró. En algún lugar de la casa… sonó una campana. Una sola vez. DONG. La criatura retrocedió. El niño levantó la cabeza.
—¿Qué has hecho?
Martín miró hacia la oscuridad.
—He recordado la regla.
La casa comenzó a temblar. Las paredes se llenaron de grietas. Las fotografías comenzaron a arder sin producir fuego. Y desde algún lugar muy profundo… cientos de voces infantiles comenzaron a susurrar al mismo tiempo:
—No digas tu nombre.
La criatura gritó:
—¡SUÉLTALA!
Martín apretó la cuerda. La campana volvió a sonar. DONG. Y todas las luces de la casa se apagaron. En la oscuridad, algo abrió los ojos. Muchos ojos. Demasiados. Y una voz que no pertenecía ni al niño ni a la criatura susurró:
—Ahora empieza el juego de verdad.