CAPÍTULO 3 — El niño que no salió
Martín no podía apartar los ojos de la pequeña mano. Era una mano de niño. Delgada. Pálida. Los dedos estaban cubiertos de tierra. Las uñas tenían pequeñas manchas oscuras. Y temblaban.
—Martín…
La voz salió de debajo de la escalera.
—Ayúdame.
Martín dio un paso hacia la puerta. Se detuvo. Aquella voz… Era la suya. Pero no la suya de ahora. Era la voz que había tenido cuando era niño.
—¿Eres tú? —preguntó Martín.
La mano dejó de moverse.
—Sí.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Silencio.
—Porque es mi nombre.
Martín sintió un escalofrío. Se arrodilló frente a la pequeña puerta.
—¿Cuántos años tienes?
La respuesta llegó en un susurro.
—Ocho.
Martín cerró los ojos. Algo se rompió dentro de su memoria. Una imagen. Una habitación. Una cama. Él mismo, con ocho años, escondido debajo de las sábanas. Después, una puerta pequeña. Y una voz. Dame tu nombre. Martín abrió los ojos.
—Yo tenía ocho años.
—Lo sé.
—Entonces tú…
—Soy tú.
Martín retrocedió.
—No.
—Sí.
—Yo soy Martín.
El niño guardó silencio. Después preguntó:
—¿Cuántos años tienes?
—Treinta y ocho.
El niño sonrió con tristeza.
—Entonces han pasado treinta años para ti.
Martín sintió que la garganta se le cerraba.
—¿Qué quieres decir?
—Para mí no ha pasado ninguno.
La puerta se abrió unos centímetros más.
El niño apareció lentamente. Era exactamente como Martín se recordaba a sí mismo a los ocho años.
El mismo pelo. Los mismos ojos. La misma pequeña cicatriz en la ceja.
Llevaba el pijama azul que Martín había olvidado por completo. Martín lo observó horrorizado.
—¿Qué ocurrió aquella noche?
El niño bajó la mirada.
—Tú abriste la puerta.
—¿Y después?
—Ella te pidió tu nombre.
Martín sintió que un recuerdo intentaba regresar.
—Se lo di.
—Sí.
—¿Y entonces?
El niño levantó la cabeza.
—Ella salió.
Martín se quedó inmóvil.
—¿Qué salió?
—Algo que tenía tu cara.
Un silencio pesado llenó el pasillo.
—¿Dónde está ahora?
El niño miró a Martín.
—Delante de mí.
Martín sintió que el corazón se le detenía.
—¿Yo?
—No.
El niño señaló su rostro.
—Lo que está usando tu cara.
Martín no entendió.
—Yo soy Martín.
—Tú eras Martín.
Aquellas palabras le hicieron daño.
—¿Entonces quién soy?
El niño negó con la cabeza.
—Eso es lo que ella quiere que olvides.
Martín comenzó a recordar. No su infancia completa.
Fragmentos. La primera escuela. Su madre.
Cumpleaños. Amigos. Su primer trabajo. Su primer apartamento.
Todos sus recuerdos estaban allí. Pero ahora había algo extraño.
No podía recordar ningún momento en el que hubiera estado solo durante aquella época.
Siempre había alguien. Su madre. Un amigo.
Una pareja. Un compañero. Nunca estaba completamente solo.
Como si todos aquellos recuerdos hubieran sido observados desde fuera.
Como si alguien hubiera aprendido a ser él.
—¿La criatura aprendió mi vida? —preguntó.
El niño asintió.
—Aprendió tus recuerdos y tu forma de ser.
Martín sintió náuseas.
—Entonces, ¿qué me ocurrió a mí?
—Tu recuerdo quedó atrapado aquí durante un tiempo.
El niño señaló la pequeña puerta.
—Y ella intentó salir utilizando tu nombre.
Martín miró al niño. Por primera vez comprendió algo terrible.
No había otro Martín. Había una sola persona y una presencia que había aprendido a imitarla.
La criatura había utilizado recuerdos de Martín durante años.
Había aprendido a parecerse a él. Pero no había sido Martín.
Nunca había existido un segundo Martín humano.
—¿Por qué me ha traído de vuelta? —preguntó.
El niño respondió:
—Porque ya no puede seguir fingiendo.
—¿Por qué?
El niño miró hacia la oscuridad detrás de la puerta.
—Porque tú estás empezando a recordar.
Entonces Martín escuchó una respiración.
Hhhhh… No venía de debajo de la escalera.
Venía de detrás de él. Martín se giró. El pasillo estaba vacío.
Pero al fondo… junto a la puerta de su dormitorio…
había una mujer. La misma figura que había visto aquella noche.
Vestido blanco. Piel pálida. Sin rostro.
Martín sintió que el niño le agarraba la mano.
—No la mires.
—¿Por qué?
—Porque no es una mujer.
La figura dio un paso.
—¿Qué es?
El niño susurró:
—Es lo que salió aquella noche.
Otro paso.
—Entonces es…
—Sí.
Martín comprendió. La mujer sin rostro no era otra criatura.
Era la forma que la entidad había elegido cuando ya no necesitaba parecerse a él.
La figura levantó una mano. Y señaló a Martín.
Después señaló al niño. Por último, señaló su propia cara.
Y lentamente… la cara comenzó a cambiar.
La piel se hundió. Los huesos se movieron.
El rostro apareció. Primero la nariz. Después los labios.
Después los ojos. Martín dejó de respirar.
La criatura tenía su rostro. Pero no el rostro de ahora.
El rostro de Martín cuando tenía ocho años.
El rostro del niño que estaba a su lado. El niño soltó su mano.
—Ahora lo entiendes.
Martín miró a la criatura. Después al niño.
Y comprendió la verdadera razón por la que había vuelto a aquella casa.
No había regresado para descubrir qué le había ocurrido.
Había regresado porque la criatura necesitaba algo que solo él podía darle.
Su identidad. Su vida. Su nombre. La criatura sonrió. Y habló con la voz del niño:
—Ahora tenemos que decidir cuál de los dos sale.