CAPÍTULO 2 — Lo que respira
Martín permaneció con los ojos cerrados.
No quería abrirlos. No quería saber qué había detrás de él.
La mano seguía sobre su hombro. Estaba fría.
No fría como una mano humana. Fría como algo que nunca había estado vivo.
Martín sintió que unos dedos se cerraban lentamente alrededor de su hombro.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Después, la presión desapareció. Silencio.
Martín abrió los ojos. No había nadie detrás.
La habitación estaba vacía. La puerta del dormitorio seguía abierta.
El pasillo estaba oscuro. Y la cama… La cama estaba exactamente donde había estado siempre.
Martín se quedó inmóvil. Algo no encajaba.
Miró el suelo. La fotografía seguía allí.
La recogió. La pantalla del teléfono mostraba la imagen del dormitorio.
Pero ahora había algo diferente. La mujer sin rostro ya no aparecía en la fotografía.
Tampoco el otro Martín. Solo estaba él. Dormido.
Debajo de la cama. Martín amplió la imagen.
Debajo de la cama había una oscuridad absoluta. Nada más.
Entonces la fotografía comenzó a cambiar.
Muy lentamente. Como si alguien estuviera revelándola delante de sus ojos.
Primero apareció una mano. Después un brazo.
Luego un hombro. La figura estaba saliendo de debajo de la cama.
Martín soltó el teléfono. La pantalla se apagó.
Y algo respiró. No debajo de la cama. Dentro de la habitación. Martín miró alrededor.
—¿Quién está ahí?
Nadie respondió.
—¿Quién está ahí?
Una respiración. Hhhhh… Martín retrocedió. Hhhhh… Esta vez estaba detrás de él. Se giró. Nada. Entonces comprendió algo. La respiración no estaba detrás. Estaba dentro de la pared. Martín acercó lentamente el oído. Hhhhh…
La pared respiraba. Inspiraba. Y la pintura se movía.
Muy poco. Como el pecho de alguien dormido.
Martín se apartó. La pared volvió a respirar.
Hhhhh… Después dejó de hacerlo. Silencio.
Un segundo. Dos. Tres. Entonces alguien llamó desde el interior.
Toc. Martín retrocedió. Toc. Una grieta apareció en la pared.
Toc. La grieta se hizo más larga. Martín comenzó a caminar hacia la puerta.
Pero antes de alcanzarla escuchó una voz.
—Martín.
Era su propia voz. Venía de la pared.
—No abras.
Martín se quedó quieto.
—No abras la puerta.
La voz volvió a hablar.
—Ella está esperando fuera.
Martín miró hacia el pasillo. La puerta estaba abierta. No había nadie.
—¿Quién eres? —preguntó.
La respuesta tardó unos segundos.
—Tú.
Martín sintió un escalofrío.
—Eso no es posible.
La pared crujió.
—Yo dije lo mismo.
La grieta se abrió un poco más. Algo apareció al otro lado.
Un ojo. Martín cayó hacia atrás. El ojo lo observó.
Era humano. Demasiado humano. Entonces apareció otro.
Dos ojos. Después una nariz. Una boca. Un rostro.
Martín dejó de respirar. Era su cara. Pero mucho más vieja.
La piel estaba gris. Los labios agrietados.
Los ojos hundidos. La versión que estaba dentro de la pared parecía llevar décadas allí.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —susurró Martín.
El rostro sonrió.
—Todavía no he entrado.
Martín no entendió.
—¿Qué?
La sonrisa desapareció.
—Tú eres el que está dentro.
Un golpe sacudió la puerta. ¡PUM! Martín saltó. Otro. ¡PUM! La puerta comenzó a cerrarse sola. Martín corrió hacia ella.
—¡No!
La agarró antes de que se cerrara. Al otro lado del pasillo estaba la mujer.
Descalza. Completamente inmóvil. Su cuerpo era el de una mujer normal.
Vestido blanco. Cabello largo. Piel pálida.
Pero donde debería haber un rostro solo había una superficie lisa.
La mujer levantó lentamente la cabeza. Martín intentó cerrar la puerta.
No pudo. Algo la sujetaba desde fuera. La mujer dio un paso.
Martín tiró con todas sus fuerzas. Otro paso.
La distancia entre ambos se redujo. Martín cerró los ojos.
—¡Vete!
La mujer se detuvo. Silencio. Entonces escuchó su voz.
—No puedo.
Martín abrió los ojos. La mujer estaba mucho más cerca.
—¿Por qué?
La cabeza de la mujer se inclinó.
—Porque tú me llamaste.
—Yo nunca te he llamado.
La mujer levantó una mano. Señaló la cama.
—Sí.
Martín miró hacia atrás. La cama. La habitación.
La oscuridad debajo. Entonces recordó algo.
Una cosa que había olvidado durante treinta años.
La noche en que escuchó por primera vez aquella respiración, cuando tenía ocho años…
No había sido la primera vez. Antes de dormir había estado jugando solo.
Había encontrado una pequeña puerta debajo de la cama.
Una puerta que nunca había visto antes. Y había escuchado una voz al otro lado. Una voz que le preguntó:
—¿Quieres jugar?
Martín había dicho que sí. La mujer del pasillo volvió a hablar.
—Tú abriste la puerta.
Martín negó con la cabeza.
—No.
—Sí.
—No.
—Y ahora tienes que terminar el juego.
La puerta del dormitorio se cerró de golpe. Martín quedó solo. La habitación estaba completamente a oscuras. Entonces escuchó una voz debajo de la cama. La misma voz que había escuchado treinta años atrás. Infantil. Suave. Paciente.
—Martín…
Él no se movió.
—Martín…
La voz soltó una pequeña risa.
—Te toca esconderte.
Martín miró hacia la cama. La sábana comenzó a levantarse. Muy lentamente. Como si alguien estuviera pasando por debajo. Desde el otro
extremo. Avanzando hacia él. La sábana se elevó un poco más.
Algo se arrastraba debajo. Martín retrocedió.
La elevación avanzó. Un metro. Medio metro.
Treinta centímetros. Entonces se detuvo.
Silencio. Martín esperó. Nada. Se acercó un poco.
La sábana cayó. Debajo de la cama no había nada.
Martín respiró. Entonces escuchó una voz detrás de él.
—Te encontré.
Martín se giró. El otro Martín estaba de pie junto a la puerta. Sonriendo.
—Ahora me toca esconderme.
Y salió corriendo. Martín fue tras él. Pero cuando llegó al pasillo…
No había nadie. Solo una escalera que descendía hacia la planta baja.
Y algo nuevo. Una puerta. Una puerta pequeña.
Apenas un metro de altura. Exactamente igual a la que Martín recordaba de su infancia.
Estaba debajo de la escalera. Y estaba abierta.
Desde el interior llegaba una respiración. Hhhhh…
Martín se quedó mirando. Entonces escuchó un ruido detrás. La puerta del dormitorio acababa de cerrarse. Y una voz de niño dijo:
—Si bajas, nunca volverás a subir.
Martín miró la puerta pequeña. Después la escalera. Después el pasillo vacío. La voz volvió a hablar.
—Pero si no bajas…
Pausa.
—Ella subirá.
Martín sintió que algo se movía detrás de la puerta pequeña. Dos ojos aparecieron en la oscuridad. No eran negros. Eran blancos. Completamente blancos. Y lo estaban mirando. Entonces una mano pequeña salió lentamente por la abertura. Los dedos tocaron el suelo. Y una voz infantil susurró:
—¿Sigues siendo tú, Martín?
Él no respondió. La mano avanzó unos centímetros.
—Porque yo llevo mucho tiempo esperando a que vuelvas.
Martín reconoció aquella voz. Era la suya.
La voz que tenía cuando era niño. Y entonces comprendió la verdad más aterradora de aquella noche: Nunca había salido de aquella casa.
La presencia había aprendido durante años a imitarlo.
Había aprendido su voz, sus gestos y sus recuerdos.
Pero nunca había sido Martín. Y debajo de aquella apariencia quedaba atrapado el recuerdo que su padre había intentado proteger.