CAPÍTULO 1 — La habitación vacía
Ningún movimiento. Ningún sonido. Entonces la pantalla del teléfono se apagó. La oscuridad volvió. Y alguien susurró debajo de la cama:
—Has tardado mucho.
Martín dejó caer el teléfono. Gritó. Se apartó de golpe hacia la cabecera.
Algo rozó el colchón desde abajo. Muy despacio.
Como una mano. Después otra. Los dedos aparecieron por el borde de la cama.
Cinco dedos largos. Demasiado largos. Martín se quedó paralizado.
Los dedos se cerraron sobre la sábana. Tiraron de ella.
Una vez. Martín gritó de nuevo. La sábana cayó al suelo.
Y entonces pudo verlo. Un ojo. Debajo de la cama.
Un ojo completamente abierto. Mirándolo.
Martín dejó de gritar. Porque aquel ojo era suyo.
Exactamente igual. Misma forma. Misma cicatriz diminuta en la ceja.
Mismo color. El ojo parpadeó. Y desde debajo de la cama, su propia voz dijo:
—No deberías haber vuelto.
Martín retrocedió.
—¿Qué…?
El ojo desapareció. Silencio. Martín bajó lentamente los pies. No. No iba a mirar. No esta vez. Nunca más. Se levantó y corrió hacia la puerta. Pero antes de llegar escuchó un sonido detrás de él. Una risa. Una risa infantil. Martín se giró. La cama estaba vacía. Debajo no había nada. Nada.
Respiró. Se apoyó contra la pared. Entonces vio el teléfono.
Estaba en el suelo. La pantalla seguía encendida.
Había una fotografía nueva en la pantalla.
Martín la miró. Era una fotografía de él durmiendo.
Tomada desde debajo de la cama. La fecha de la fotografía era: 20 de septiembre de 2026.
Hora: 03:17. Martín levantó lentamente la mirada.
En la fotografía estaba dormido. Pero había algo más.
Debajo de la cama aparecía una segunda persona.
Una figura encogida. Mirándolo. Martín amplió la fotografía con los dedos.
La imagen se hizo más grande. La figura tenía la cara oculta. Amplió otra vez.
Entonces reconoció la ropa. Una camiseta gris.
Pantalones negros. Una cicatriz en la mano derecha.
Era él. Pero había algo imposible. La fotografía mostraba a Martín durmiendo.
Y al otro Martín debajo de la cama. Y detrás de ambos…
había alguien más. Una mujer. De pie. Con la cabeza inclinada.
Martín no reconoció su rostro. Porque no tenía rostro.
Solo una superficie blanca y lisa. Y dos ojos negros.
Martín soltó el teléfono. La mujer de la fotografía levantó lentamente un dedo.
Y señaló hacia arriba. Hacia él. Entonces el teléfono vibró.
Una notificación. NUEVA FOTOGRAFÍA. Martín no quería mirarla.
Pero lo hizo. Esta vez la fotografía mostraba la habitación desde el interior del armario.
La puerta del armario estaba entreabierta.
Y alguien estaba mirando desde dentro. Martín.
Otro Martín. Pero aquel Martín no estaba dormido.
Estaba sonriendo. Y tenía un dedo sobre los labios.
Como pidiendo silencio. Debajo de la fotografía aparecieron cuatro palabras: NO HAGAS RUIDO.
Martín escuchó entonces algo en el pasillo.
Pasos. Lentos. Arrastrados. Se acercaban a su dormitorio.
Un paso. Pausa. Otro. Pausa. Otro. Martín retrocedió.
La puerta seguía abierta. Los pasos se detuvieron justo al otro lado.
Silencio. Entonces una voz de mujer preguntó:
—¿Martín?
Él no respondió. La voz volvió a hablar.
—Cariño…
Martín sintió que las piernas empezaban a temblarle. Aquella era la voz de su madre. Su madre llevaba diecisiete años muerta.
—Martín…
Una sombra apareció en el suelo del pasillo. Dos pies. Descalzos. Muy blancos. La sombra avanzó. Martín cerró los ojos. La voz susurró:
—¿Por qué no contestas?
Martín apretó los dientes. No podía ser real. No podía. Entonces sintió algo detrás de él. Una respiración. Muy cerca de su oído.
—Porque sabe que no soy yo.
Martín abrió los ojos. La puerta del armario estaba ahora completamente abierta. Y dentro estaba él. Otro él. De pie. Sonriendo. Con los ojos completamente negros.
—Corre —susurró.
Martín no se movió. El otro Martín dejó de sonreír. Miró hacia el pasillo. Después volvió a mirarlo. Y dijo:
—Ya ha entrado.
Martín giró lentamente la cabeza. Al principio no vio nada.
Después miró hacia abajo. La sombra de los pies que había visto en el pasillo ya no estaba allí.
Estaba detrás de él. Dos pies descalzos.
A menos de diez centímetros de los suyos.
Una mano blanca apareció sobre su hombro. Y una voz pegada a su oído susurró:
—Ahora sí puedes mirar debajo de la cama.
Martín cerró los ojos. Y escuchó los tres golpes. Toc. Toc. Toc. Esta vez no venían de debajo de la cama. Venían de dentro de su pecho. Toc. Toc. Toc. Como si algo estuviera llamando para salir.