CAPÍTULO 23 — Lo que despertó con él
El latido volvió a sonar. Tum. Martín se llevó ambas manos al pecho.
Tum. El dolor no era físico. Era una presión.
Como si algo estuviera intentando abrirse paso desde un lugar demasiado profundo.
TUM. Aurelio retrocedió. Por primera vez desde que Martín lo había conocido, el niño parecía verdaderamente asustado.
—No…
Martín lo miró.
—¿Qué ocurre?
Aurelio negó con la cabeza.
—No debería haber despertado.
—¿Por qué?
El niño señaló el pecho de Martín.
—Porque ahora sabe que existe.
—Siempre ha existido.
—Sí.
Aurelio bajó la voz.
—Pero no sabía que tú sabías.
Martín comprendió. Aquello había permanecido oculto dentro de él durante treinta y ocho años. No necesitaba escapar. No necesitaba buscarlo. Solo necesitaba que Martín lo reconociera.
—Entonces todo esto…
Martín miró la habitación.
—¿Era para conseguir que yo recordara?
Aurelio asintió.
—La casa.
—Sí.
—Las voces.
—Sí.
—Mi padre.
—Sí.
—La criatura que vivió mi vida.
Aurelio bajó la mirada.
—También.
Martín sintió rabia.
—¿Todo estaba preparado?
—No.
—¿Entonces?
Aurelio levantó los ojos.
—La casa solo sabe hacer una cosa.
—¿Cuál?
—Repetir.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Repetir qué?
—Lo que ocurrió contigo.
Las paredes comenzaron a cambiar. La habitación infantil se convirtió lentamente en un dormitorio de hospital.
Martín reconoció la fecha. 12 DE MARZO DE 1988.
Pero esta vez no vio a sus padres. Vio una habitación vacía.
Una cuna. Y sobre la cuna había una pequeña placa.
Martín se acercó. No tenía ningún nombre.
Solo una frase: NO DESPERTAR. Martín tocó la placa.
La habitación desapareció. Ahora estaba en otra.
Su habitación a los cuatro años. Su padre estaba allí.
Tenía una llave en la mano. Y frente a él estaba el pequeño Martín.
—Papá.
El hombre se arrodilló.
—Necesito que me escuches.
—Tengo sueño.
—Lo sé.
Su padre lo abrazó.
—Pero tienes que ser valiente.
—¿Por qué?
El hombre miró hacia la cama.
—Porque esta noche voy a cerrar una puerta.
Martín observó la escena. Su padre parecía aterrorizado.
—¿Qué puerta?
El hombre señaló debajo de la cama. El pequeño Martín comenzó a llorar.
—No quiero.
—No tienes que ir.
—¿Y tú?
Su padre sonrió.
—Yo sí.
Martín adulto comprendió entonces la verdad.
Su padre no había cerrado aquella puerta para encerrar al niño.
La había cerrado para encerrar lo que había despertado dentro de él.
Y había tenido que quedarse al otro lado.
La escena cambió. Su padre introdujo la llave en una cerradura invisible.
La puerta apareció. Una oscuridad inmensa surgió detrás. El hombre gritó:
—¡Tú no vas a llevarte a mi hijo!
Algo respondió desde la oscuridad:
—Ya lo tengo.
—No.
—Está dentro de él.
El padre apretó los dientes.
—Entonces tendrás que pasar por mí.
La puerta comenzó a cerrarse. Su padre la empujó con todas sus fuerzas. Antes de que desapareciera, miró al pequeño Martín.
—Nunca mires debajo de la cama.
El niño lloraba.
—Papá…
El hombre sonrió.
—Y pase lo que pase…
La puerta se cerró.
—…no olvides que eres mi hijo.
La escena terminó. Martín tenía lágrimas en los ojos. Aurelio estaba a su lado.
—Ahora lo recuerdas.
Martín asintió.
—Mi padre murió intentando protegerme.
—Sí.
—Y la puerta permaneció cerrada.
—Sí.
—Hasta que yo la abrí.
Aurelio no respondió. Martín levantó la mirada.
—Pero hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si aquello estaba dentro de mí desde que nací…
Aurelio esperó.
—¿Por qué mi padre pudo encerrarlo?
El niño respondió:
—Porque todavía estaba dormido.
—¿Y ahora?
Aurelio miró hacia el pecho de Martín.
—Ahora está despierto.
El latido volvió. Tum. Pero esta vez no sonó dentro de Martín.
Sonó en toda la casa. Las paredes vibraron.
El suelo respondió. Las ventanas comenzaron a abrirse solas.
Y desde el pasillo llegó un sonido. Pasos.
Lentos. Uno. Dos. Tres. Martín se giró. Al final del pasillo apareció una figura.
Era la criatura que había vivido su vida.
La copia. La misma que había encontrado al principio.
Pero ahora estaba diferente. Ya no parecía humana.
Su rostro cambiaba continuamente. Martín.
Su padre. Su madre. El niño de ocho años.
Aurelio. Martín otra vez. La criatura avanzó.
—Te dije que no lo despertaras.
Martín la miró.
—¿Tú lo sabías?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
La criatura se detuvo.
—Desde el principio.
Martín sintió rabia.
—Entonces me utilizaste.
La criatura negó.
—Yo también fui utilizado.
—¿Por quién?
La criatura miró hacia Martín.
—Por lo que llevas dentro.
El latido volvió a sonar. TUM. La criatura retrocedió.
—No.
Martín comprendió. Por primera vez aquella criatura tenía miedo.
—Tú también le tienes miedo.
—No es miedo.
—Entonces, ¿qué?
La criatura respondió:
—Recuerdo.
Martín frunció el ceño.
—¿Qué recuerdas?
La criatura bajó la cabeza.
—Lo que hizo la última vez.
—¿Qué hizo?
La criatura levantó lentamente el rostro.
—Despertó.
Silencio.
—¿Y qué ocurrió?
La criatura respondió:
—La casa apareció.
Martín miró alrededor.
—¿Qué quieres decir?
—La casa no existía antes.
Martín se quedó inmóvil.
—¿Entonces?
La criatura señaló las paredes.
—Fue creada para contenerlo.
Martín sintió un frío profundo. La casa no era una prisión construida para él. Ni siquiera era una prisión construida para la entidad. Era una prisión construida alrededor de aquello que llevaba dentro.
—Entonces…
Martín miró el suelo.
—¿Quién está encerrado?
La criatura respondió:
—Tú.
Martín negó.
—No.
—Sí.
—Yo estoy fuera.
La criatura sonrió tristemente.
—Eso crees.
El latido volvió a sonar. Esta vez fue acompañado por una respiración. Una respiración enorme. Lenta. Profunda. Debajo del suelo. Martín miró a Aurelio. El niño estaba llorando.
—¿Qué está pasando?
Aurelio respondió:
—Está intentando recordar su propio rostro.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Qué rostro?
Aurelio levantó la mirada.
—El tuyo.
La criatura dio un paso atrás.
—Corre.
Martín la miró.
—¿Adónde?
La criatura señaló la puerta principal.
—Fuera de la casa.
—¿Y tú?
La criatura negó.
—Yo no puedo salir.
—¿Por qué?
—Porque no soy real.
Martín se quedó inmóvil. La criatura continuó:
—Soy la vida que él inventó para ti.
Martín comprendió. Aquella copia había vivido treinta años en su lugar. Había trabajado. Había dormido. Había amado. Había envejecido. Había construido una vida. Pero nunca había sido Martín. Solo había sido una máscara.
—¿Y qué ocurrirá contigo?
La criatura miró hacia la oscuridad del pasillo.
—Cuando él termine de despertar…
Hizo una pausa.
—…yo desapareceré.
Martín dio un paso hacia ella.
—No.
La criatura sonrió.
—Por primera vez, puedo elegir.
—¿Qué?
—No dejarte solo.
La criatura se giró hacia el pasillo.
—Corre.
Martín agarró a Aurelio.
—Vamos.
Los dos corrieron hacia la puerta. Detrás de ellos, la criatura se quedó. El latido aumentó. TUM. TUM. TUM. La casa comenzó a gritar. Y justo antes de que Martín cruzara el umbral… escuchó la voz de la criatura por última vez.
—Martín.
Él se detuvo. No respondió. La criatura gritó:
—No mires debajo de la cama.
Martín salió. La puerta se cerró. Y detrás de ella… algo abrió los ojos.