83
La forense Valeria Torino los estaba esperando en el pasillo.
—Le presento a mi jefe, Estanislao Barrancos —dijo Minerva.
Stan le tendió la mano y ella se la apretó con firmeza.
—Encantada —dijo mirándolo directamente a los ojos—. Venid.
La mujer entró en la morgue y Minerva vio quién estaba dentro.
—¿Qué hace él aquí? —preguntó Minerva.
—Ha venido para disculparse —respondió la forense.
—No hacía falta —le espetó y se dio la vuelta para marcharse.
—No, espera, por favor —indicó el inspector Carlo Cestaro—. Déjame hablar, Minerva.
Ella se detuvo a un paso de la puerta.
—Lamento lo ocurrido. Pero no me contestas al teléfono y quería disculparme en persona contigo. No quería fastidiar la operación. En ningún momento pensé que la situación podía acabar como acabó. De veras, por favor, acepta mis disculpas.
Minerva se dio la vuelta y lo miró con frustración, más que con desprecio.
—¿No ves lo que has hecho? Lo teníamos todo controlado y te dejaste llevar, como un novato.
Stan aguantó la risa, porque resultaba casi cómico que Minerva, con sus veintitantos años, le dijera eso a un veterano a punto de jubilarse.
—Lo teníamos y ahora está ahí, muerto. ¡Un puto fiambre, joder! —gritó Minerva.
El inspector Cestaro bajó la mirada un segundo, suspiró y la volvió a mirar con las manos juntas.
—Por favor, si le envías un informe demasiado duro a la Interpol, mi expediente quedará manchado y mi jubilación se verá afectada.
Minerva chasqueó la lengua.
—¿Por eso querías verme? ¿Por el dinero que te descontarán? —preguntó horrorizada.
—Minerva, cuarenta años intachables y un solo error al final de la carrera puede condicionar el resto de mi vida.
—Pues haberlo pensado antes, joder. El maldito Su Eminencia, lo teníamos, ¿vale?
Se creó un instante de silencio entre ellos.
Stan arrugó el ceño y la cogió del hombro.
—Minerva, piensa, en veinte años podrías estar tú en esta situación. El inspector Cestaro ha cometido un error, pero quizá dentro de unos años te podrías arrepentir del informe que redactes para la Interpol.
—¿Quieres que cubra una negligencia policial? —preguntó Minerva.
—No, lo que el inspector Cestaro te está pidiendo es que seas clemente. ¿Cuántas posibilidades había de que Matteo, al caer, le diera con el cuchillo en la garganta y lo degollara? Eran muy remotas —dijo Stan con tono calmado—. Solo quiero que lo pienses y razones.
—Lo teníamos… ¡casi era nuestro! —dijo Minerva ya calmada.
—Su Eminencia estaba rojo como un tomate, Matteo estaba a punto de asfixiarlo y quise ayudar —dijo Cestaro, casi a punto de llorar—. Tomé una decisión y no acerté. Solo te pido disculpas y que perdones un comportamiento impulsivo de un inspector con cuarenta años de servicio.
Justo entonces, la forense dio un paso adelante y cogió por la mano a Minerva.
La arrastró hacia un lado de la morgue. En la mesa de acero descansaba el voluminoso cuerpo de Su Eminencia.
Presentaba la yugular abierta y los ojos estaban cerrados.
Su cuerpo presentaba muchos tatuajes. En el pecho había una gran cruz rodeada de rosas y espinas.
En sus brazos, rostros de personas que podían ser sus familiares y en una pierna tenía la figura de la Virgen María.
En su pecho estaba la cicatriz en forma de Y habitual después de una autopsia.
—¿Qué pasa? —preguntó Minerva.
—Junto al inspector Cestaro hemos descubierto algo que nos extraña mucho —dijo la forense y dejó unos instantes de silencio.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Minerva.
—Hemos encontrado las huellas dactilares de Su Eminencia…
—Ya, ¿y? —preguntó Minerva.
—Estaban en la base de datos de delincuentes fichados por la policía.
—¿Sí? ¿Y cómo se llamaba?
—Silvio Lucania.
Minerva arrugó el ceño. No por el nombre de Su Eminencia, que podía ser cualquier nombre, pero desde luego no se esperaba que esa fuera su verdadera identidad.
Minerva no dijo nada, simplemente miró a la forense.
—Y hay un problema.
—¿Qué problema?
—Resulta que hace solo unas semanas que salió de la cárcel.
A Minerva, ese dato le llamó mucho la atención. ¿Cómo podía ser?
—¿De la cárcel? —preguntó.
—Sí, y nos preguntamos cómo pudo organizar todo esto, si estuvo tanto tiempo en la cárcel.
Minerva tuvo la respuesta al segundo: ¡Rufus!
El esbirro de Su Eminencia, el mismo que había escapado del laboratorio de perfumes de Judith, el mismo que aparecía en las fotos del hospital madrileño cuando acudió para acallar a Román Gascón.
El mismo a quien Su Eminencia llamaba desde la iglesia para que acudiera a salvarle.
Rufus. Él lo había organizado todo desde fuera.
Stan se acercó a Minerva y le cogió el brazo.
—Esto es una buena noticia. Seguro que este hombre ha dejado un rastro de todo lo que han hecho y lo que ha organizado para futuros asesinatos. Ahora tenemos un nombre y una pista. Tenemos un cable del que tirar, Minerva. Hay que investigar a Silvio Lucania, y tenemos mucho trabajo por delante.
Minerva se acercó a Su Eminencia, o mejor dicho, a Silvio Lucania. Lo miró a la cara y en su interior sintió que algo no le acababa de cuadrar. Pero, al final, Stan tenían razón: debían seguir investigando. Aunque la pieza clave hubiera caído en un auténtico jaque mate, el juego seguía.
Y ella no pensaba detenerse.
FIN