No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 84
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Roma.

¿Hay algo peor que no saber por qué te tienen encerrado en un cuarto oscuro?

Pocas cosas podían ser peores para esa niña, metida en una habitación con poca luz, rodeada de peluches y cojines. No había nada más en la estancia de techos altos y paredes tapizadas con cartones de huevos, como los que había en su clase de música para insonorizar las paredes.

Giulia había agotado las lágrimas. Abrazaba fuerte un peluche, el más grande que había encontrado en la oscuridad.

Pensaba en su madre y en su abuela. Las dos tenían que estar muy preocupadas.

No tenía ni idea del tiempo que había pasado en esa estancia sin ventanas.

Solo había una puerta que la separaba del resto del mundo.

El mundo que siempre había conocido había desaparecido por culpa de un repartidor con una furgoneta al que ayudó amablemente.

Todavía recordaba la pregunta que le había hecho:

«Perdona, ¿sabes dónde está el número trece de la calle Carlo Conti?».

Qué estúpida fue; ella sabía muy bien que no había más que nueve números en esa calle. ¿Cómo podía haber caído en esa trampa? Un perrito en una jaula, y la empujaron dentro de una furgoneta. Allí su mundo acabó y arrancó este otro.

La estancia estaba dividida en dos partes; la parte donde estaba ella, con un colchón y tantos peluches y cojines que el suelo no se podía ver si no los apartaba.

Y luego, delante de la puerta, una barrera formada por una reja de barrotes y una puerta de metal.

Una fisura grande, por donde el hombre le pasaba los platos de comida.

Lo único decente de esa situación era la amabilidad del hombre y la buena comida.

Pasta con tomate, latas de conservas de atún y algo de fruta.

No la trataban mal, pero no dejaba de estar en una cárcel.

Era la prisionera de un hombre que la llamaba de una forma extraña.

No entendía por qué la llamaba así.

En la pared, al otro lado de las rejas, solo se veía un crucifijo. Obviamente, había pensado en cogerlo y usarlo como arma, pero estaba colgado tan lejos que no llegaba.

Los días y las horas de Giulia estaban pautados por las comidas. Era la única referencia que tenía del tiempo que llevaba allí.

Giulia, a su tierna edad, no podía saberlo, pero sí que existía algo peor que no saber por qué te tienen encarcelado en un cuarto oscuro.

La respuesta era simple: lo peor era ver la cara del secuestrador.

Enseñar su rostro habría sido una clara declaración de intenciones. Pero Giulia no lo sabía.

No lo sabía, igual que desconocía muchas más cosas que ocurrirían. Porque el hombre que la alimentaba tenía un plan maquiavélico para ella, y estaba a punto de empezar.