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Milano, hospital San Carlo Borromeo
La afirmación de la doctora dejó de piedra a Minerva.
No tenía sentido. ¿Cómo podía ser posible?
Llevaban varios días esperando ese momento y ahora resultaba que lo que la esperaba detrás de esa puerta era otro callejón sin salida.
Minerva miró fijamente a la doctora.
—¿Cómo dice? ¿Lo está diciendo en serio? —preguntó Minerva, pensando que tenía que ser una broma de mal gusto.
La doctora, por desgracia, no se rio.
—Tienen cinco minutos, lo lamento, pero el paciente aún está bajo tratamiento. Si no fueran ustedes, no los dejaría pasar —afirmó la mujer. Luego se dio la vuelta y se marchó.
Minerva vio cómo se marchaba y se quedó con la palabra en la boca.
Stan apoyó su mano en su hombro.
—Entremos igualmente, ¿te parece?
—Claro, quiero ver con mis propios ojos lo que dice esa médica.
—Escúchame: con tranquilidad y que no se te vaya la pinza, ¿de acuerdo?
Minerva puso los ojos en blanco.
—Sí, me lo dices siempre.
—Claro, te lo repito porque te conozco como si fueras mi hija…
Minerva no contestó y se apresuró a entrar en la habitación del paciente, cuando recibió un mensaje por teléfono.
Se detuvo.
Sacó el móvil y vio que era la forense de Milán, que estaba realizando la autopsia de Su Eminencia.
«Inspectora Cadalso, por favor, venga cuando le sea posible. Tengo novedades».
Se estremeció al leer esas pocas frases. Las ganas de saber qué diablos había encontrado fueron grandes, pero tenía que centrarse en lo que había al otro lado de la puerta.
Suspiró, giró el pomo de la puerta y entraron.
La habitación de Matteo Vescovi era un fortín.
Después de lo que había pasado en Madrid, donde alguien se coló y asesinó a Román Gascón y a los dos policías que lo vigilaban, toda la planta estaba reservada para él.
Había policías en todos los extremos de los pasillos, y uno cada dos habitaciones.
En la habitación, un hombre armado lo vigilaba. Al entrar, ellos lo saludaron.
Matteo estaba maniatado en la cama. Su rodilla, una vez operada, presentaba un vendaje grueso y una rodillera articulada rígida. Además, llevaba una vía intravenosa y varios electrodos.
Lo primero que le sorprendió fue que el hombre no se dio ni cuenta de que habían entrado.
Los dos policías de la DAS se encontraron exactamente con lo que había indicado la doctora: Matteo no estaba quieto.
Se movía sin parar con un movimiento irracional, casi espasmódico.
Miraba por la ventana con la mirada perdida.
Iba adelante y atrás, ininterrumpidamente.
De su boca salía una gota de saliva densa, casi blanca.
Estuvieron un par de minutos sin decir nada. Luego, Stan se acercó a la oreja de Minerva.
—Esta no es la misma persona que vimos en la iglesia —susurró él.
—Una bala en la rodilla no te deja tocado neuronalmente —añadió Minerva—. Esto no me cuadra para nada. No puede ser —susurró.
Apretó los puños. Todo lo que necesitaban saber de Su Eminencia, los planes, cómo habían contactado, por qué, cuándo, y miles de preguntas que Minerva se había formulado en esos días, iban a quedarse en eso: en preguntas sin respuesta.
Matteo Vescovi, que era el único y el último hombre que había visto vivo a Su Eminencia, en ese momento parecía un vegetal. Estaba para ingresarlo en un psiquiátrico.
Stan se pasó una mano por la cara.
—Esto no puede ser… —dijo susurrando.
Minerva no lo escuchó y decidió jugársela al todo o nada.
Se acercó y se puso al lado de la oreja de Matteo.
—Sé que finges…
Matteo no dijo nada.
—Inspectora, hay que dejar una distancia —indicó el policía que lo vigilaba.
—Sí, ya, pero este hijo de puta está fingiendo, ¿no lo ve?
El policía negó.
—Llevo varios días aquí y todo el rato se ha comportado así. No sé a qué se refiere, pero no puede tocarlo.
—¡Estás fingiendo, despierta! —gritó cerca de su oreja.
El policía se levantó y se le acercó.
A Minerva solo le dio tiempo de apartarse.
—Está bien, está bien, nos vamos —dijo Stan, interrumpiendo el paso al policía—. Ya nos vamos, vámonos Minerva.
Justo entonces, Minerva vio cómo Matteo movía los labios.
—¡Está hablando!
—Yo no lo veo —respondió el policía.
—Sí, espere —dijo Minerva, y le habló a Matteo—. ¿Qué quieres decirme?
Esperó unos instantes hasta que se escuchó la voz de Matteo.
—Ya te lo dije, la justicia italiana va a fallar… —susurró—. Tanto da que salga pronto, ¿no te parece?
Minerva se apartó y miró a la cara a Matteo. Este, sin que lo viera el policía, le guiñó un ojo.
Acto seguido, siguió con su movimiento compulsivo.
En ese momento, Minerva tuvo la certeza de que el famoso Matteo Vescovi, el hombre más buscado de Milán durante varios días, estaba de nuevo interpretando un papel.
Y lo hacía tan bien, que hasta ella habría caído en su segunda trampa.
Solo pudo negar con la cabeza y resignarse.
Al salir de esa habitación, con las mismas dudas con las que había entrado, entendió que el secreto de Su Eminencia seguía tan lejos de ella como siempre.