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Minerva y los demás investigadores de la DAS se pasaron dos días esperando para hablar con Matteo.
Al tercer día, por la mañana, parecía que finalmente podrían acceder a la habitación de Matteo y realizar un interrogatorio preliminar.
Mientras tanto, Minerva había estado revisando pruebas y hablando con el resto de investigadores, pero tenía una idea clavada en la mente. Había una persona a quien había conocido durante la investigación.
Alguien que la había dejado sin aliento.
Para Minerva, encontrar a alguien que la sorprendiera y la dejara sin palabras, era decir mucho. Pero esa mujer, un cruce entre una pitonisa, una abuela y la mujer de la puerta de al lado, despertó una gran curiosidad en ella. Tanto, que decidió volver a su casa.
Llegó en un taxi.
Antes de que Minerva hablara, Filomena le indicó que subiera y la invitó a cenar juntas.
—¿Cómo sabías que no había cenado?
Filomena sonrió.
—No hay que imaginarse mucho, yo ceno a la seis, mientras que la mayoría de la gente por aquí cena a las ocho o las nueve…
Minerva le sonrió.
La mujer, a pesar del frío que hacía en Milán y en su casa, donde no parecía estar encendida la calefacción, llevaba solo una camisa con un estampado extraño y un foulard al cuello.
Tenía el pelo largo y recogido con un moño, y casi todo era blanco, menos algún mechón, que seguía conservando su color natural.
La cocina era el único lugar que tenía una temperatura más alta, debido a que el horno, cuando se abría, despedía un vaho agradable.
Cuando dejó en la mesa la fuente de barro, Minerva vio lo que había en el menú esa noche. Un bloque de tofu, verduras asadas y muchas hierbas aromáticas.
—Estas hierbas son de mi balcón, para ocasiones especiales.
—¿Todo esto come usted cada noche?
Ella negó.
—Es para dos…
—Pero, cuando yo llegué, usted ya había metido esto en el horno, ¿no?
Filomena sonrió y fue repartiendo la verdura y su parte de tofu.
—Soy vegetariana, y en esta casa no entra nada que sea muerto. Cuestión de principios —afirmó la mujer.
Una vez repartido, vertió en un vaso un líquido claro, que recordaba a la Fanta de limón, pero más clara.
—¿Qué es?
—Kéfir de agua, lo hago yo misma. Es una colonia de bacterias que gracias a… a ver cómo te lo explico… digamos que, gracias a sus ventosidades, nos regala esta bebida probiótica, que es sanísima.
A Minerva no le hizo mucha gracia beber eso, pero no pudo echarse atrás. Dio un sorbo y le pareció que no era tan terrible como se había imaginado.
—Así que te sorprendió lo que te dije el otro día —dijo Filomena.
Minerva asintió.
—¿Y por qué?
—¿¡Por qué!? ¿En serio?
Filomena comió el primer bocado y asintió.
—¿Me lo dice de verdad? Estoy a casi dos mil kilómetros de casa y alguien completamente desconocido, me habla de mi ex y me recomienda que deje la policía.
Filomena arrugó el ceño.
—No, espérate un momento —indicó y dejó el tenedor y cogió el vaso con la bebida amarillenta—, no dije exactamente eso. Creo recordar que te dije que reflexionaras sobre dejar este caso y te dedicaras a ser una policía normal y corriente.
Al acabar, dio un sorbo y dejó el vaso en la mesa.
Minerva arrugó el ceño.
—¿A qué caso se refiere? —preguntó.
—Al que estás investigando.
Minerva quería saber más de esa mujer, ¿cómo podía saber tantas cosas?
—¿Qué caso? —dijo, tratando de sonsacarle detalles sobre lo que sabía.
—El Asesino de los Diez Mandamientos.
Minerva se detuvo.
Filomena cogió los cubiertos y se dispuso a prepararse otro bocado, bajo la mirada fija de la policía.
—No es muy complicado adivinarlo, ¿no crees? Tu foto aparece en Google y está vinculada al caso. Viniste preguntando por los cálices de Matteo Vescovi… No soy ninguna bruja ni vidente… ¿no te parece?
Minerva entendió lo que estaba haciendo: esa mujer estaba desestimando sus propias capacidades. No cabía duda.
La señora comía y parecía disfrutar de la presencia de su invitada.
—Pero usted habló del caso, dijo que era mejor para mí que lo dejara. ¿Qué sabe? ¿Qué es lo que yo no sé? ¿Qué ha visto del pasado… o del futuro?
Filomena apuntó al plato que tenía delante con el tofu y verduras.
—¿No te gusta? Se va a poner frío y frío no está tan bueno.
—Se me ha pasado un poco el hambre.
Ella se encogió de hombros.
—¿Qué sabe?
Filomena acabó de comer y se tragó el último bocado. Luego dejó los cubiertos, se separó un palmo de la mesa y cruzó sus piernas.
—A veces no sabemos cómo pasan las cosas, Minerva.
—¿Qué quiere decir?
Filomena bajó la mirada y suspiró mientras intentaba buscar las palabras adecuadas.
—La gente quiere creer en cosas, ¿no? Da igual la religión que uno tenga. La gente cree, necesita aferrarse a algo. La gente necesita pensar que hay algo mayor que ellos mismos y que no todo se reduce a lo que vemos —dijo y sonrió—. ¿Lo entiendes?
Minerva se quedó callada.
—Claro que lo entiendes… —afirmó Filomena con un gesto rápido de manos—. Si no lo entiendes tú, con todo lo que te ha pasado, ya me dirás…
—¿Qué me ha pasado?
—Espera, Minerva, que nos desviamos. Lo que quiero decir es que es posible que haya algo más…
¿ok? —Esa frase cambió la expresión del rostro de Minerva—.
No tengas miedo, Minerva, lo que pasa es que tú ya lo sabías en tu interior, pero nunca has querido escucharlo.
Unos lo llaman Dios, otros Karma, otros Buda, otros destino, otros física cuántica, etcétera, etcétera, etcétera…
—dijo Filomena acompañando con un gesto de su mano, y esperó unos instantes para poder beber—.
Lo que quiero decir es que hay personas con una sensibilidad especial, que vemos lo que la mayoría no ve.
Minerva se levantó de repente.
—¿Puede ver a mi madre?
Filomena negó con la cabeza.
—Siento decepcionarte, pero no. No veo lo que quiero, solo veo… —dijo y Filomena hizo un ademán en el aire—, lo que veo. Sin orden, sin explicación.
Minerva se volvió a sentar, pero esta vez se apoyó en la mesa y se colocó más cerca de la otra mujer.
—Y… entonces… ¿Qué ha visto? —preguntó Minerva con recelo.
Filomena no quiso responder enseguida, dejó que pasaran unos segundos. No por hacerse la misteriosa, sino por valorar si lo que iba a decir podría servir para algo.
—Sabes, Minerva, muchas personas creen que tengo poderes.
A ver, poderes, me refiero a que echo las cartas de tarot y que la interpretación de lo que sale, parece que se puede acercar a lo que se avecina.
No es magia, no es brujería, es solo energía.
Yo sé canalizar mejor que otras personas.
Si estuviéramos en el Milán de los Sforza, cuando Leonardo da Vinci pintó Il Cenacolo, me habrían quemado viva.
Por suerte eso ya no existe y solo tenemos a la Hacienda italiana.
Eso, digamos, te asfixia, pero al menos no te quema.
Minerva no entendió la broma; estaba demasiado focalizada en lo que quería saber.
—Solo quiero saber por qué tengo que dejar este caso ¿Por qué debería volver con Rodrigo, por qué debería volver con mi ex? ¡Ahora que me he librado de él!
Filomena asintió.
—¿Quieres saberlo? ¿En serio quieres saberlo?
Minerva asintió lentamente y con los ojos tristes y llenos de dudas.
—Porque este caso te llevará al límite y creo que te podrían llegar a matar.
Posiblemente en algún momento cometas un error y te quedes por el camino.
Este caso es el más exigente que has llevado nunca, y siento que para ti es un reto personal.
Quieres demostrar que eres la mejor. Quieres demostrar que puedes llevar sola esa división después de la jubilación de tu jefe. Pero…
—¿Pero?
Filomena suspiró.
—Pero creo que no verás el fin de esta investigación —dijo negando con la cabeza—. Lo siento, Minerva, puede que me equivoque, pero podrías morir en el intento y lo peor… —dijo y se calló.
Minerva se levantó.
—¿Qué es lo peor…?
Filomena la miraba con desasosiego. Veía la fuerza, la juventud, la energía y, sobre todo, la impulsividad que la caracterizaba.
—No quiero su compasión, quiero la verdad.
—Arrastrarás contigo a alguien más.
Minerva bajó la mirada y arrugó el ceño.
—¿A quién?
Filomena asintió.
—Es quien estás pensando… precisamente él.
Sé lo que sientes y te lo llevarás al fondo —dijo y levantó los brazos—.
Lo siento, no era lo que querías escuchar, pero es lo que…
él tiene su camino y es posible que interfieras en él y lo arrastres a tu propio abismo.
Al abismo de este caso y de todo lo que pueda suceder, y luego no habrá vuelta atrás.
¿Es lo que quieres? ¿Es lo que realmente quieres?
Minerva se quedó mirando a un punto indeterminado de la mesa.
Asintió, se levantó y se dio la vuelta. Era demasiada información para digerir en una sola noche.
No soportaba más estar allí escuchando todas esas cosas que no quería escuchar.
Filomena le había dado una dosis demasiado grande de realidad, de temores y de futuro.
Un jarro de agua fría. Un puñetazo en pleno rostro.
Dio un paso y se detuvo. La miró por encima del hombro, sin darse la vuelta.
—¿Por eso lo de Rodrigo?
Filomena asintió y Minerva echó a caminar hacia la puerta.
—Gracias…
—Espera, Minerva. Piensa que podrás venir las veces que quieras, para lo que necesites. Estaré aquí.
Minerva no dijo nada, solo abrió la puerta y desapareció detrás de ella.
Mientras ella bajaba las escaleras que llevaban a la tienda de artículos religiosos, Filomena suspiró. Se puso delante de un cuadro que representaba una carta del tarot. En él aparecían dos personas que se daban la mano, desnudos y con una manzana roja. Debajo se leía: Los amantes.
—Lo siento, Minerva, pero a veces no necesitamos conocer la verdad, sino solo lo necesario para cambiarla —dijo Filomena, y en su rostro, apareció una sonrisa enigmática.