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Al inspector Carlo Cestaro aún le humeaba la caña de la pistola cuando Minerva se dio la vuelta.
Había tomado una decisión sin consultarlo con nadie y sin una orden específica de Minerva.
Minerva abrió los ojos de par en par. El mejor de los escenarios se había abierto ante ella, y de pronto, acababa de torcerse por completo.
¿Cómo era posible?
Minerva se había equivocado.
Entraron sin estrategia, sin un orden claro, sin un plan. Entraron y reaccionaron en base a los sucesos que tenían delante, sin haberse puesto de acuerdo con antelación. Y, ahora, el inspector Cestaro había tomado la peor decisión de su carrera, desde el punto de vista de Minerva.
Y justo en el momento en que la situación estaba tomando una dirección sorprendentemente positiva.
Minerva se giró hacia Matteo, herido por la bala que había disparado el inspector Carlo Cestaro. El disparo le reventó la rodilla. Eso lo desestabilizó y, al ver que la situación se le estaba escapando de las manos, también él tomó la peor de las decisiones.
Todo sucedió en un pestañeo.
El cuchillo de Matteo atravesó la garganta de Su Eminencia.
El mismo cuchillo que había atravesado la garganta de Federico Moretti, el diseñador de moda.
El mismo cuchillo que mató a Lorenzo Bellandi, el patrón del plástico milanés.
Y el mismo cuchillo que degolló a Gabriele Conti, su exjefe, el financiero.
La sangre de la garganta de Su Eminencia estaba empapando su sotana, cayendo sobre la larga y continua hilera de botones.
Su Eminencia cayó encima de Matteo tapándose la garganta con las manos, en un desesperado intento de detener la hemorragia, en una estéril e infructuosa búsqueda de oxígeno que nunca llegaría.
Matteo gritaba con todas sus fuerzas, en una queja estrepitosa de auxilio y de dolor.
—¡Diooos, por qué me has hecho esto, solo quería ser tu esclavo!
Minerva dio una patada al cuchillo de Matteo y se abalanzó sobre Su Eminencia. Intentó taparle con las dos manos la hemorragia.
—¡Llamad a una ambulancia! —ordenó Minerva.
Claudio se puso las manos en la cabeza. No se esperaba que esa situación, casi controlada, tomase esa dirección.
Por fin habían encontrado a Su Eminencia y ahora se les estaba escapando de los dedos como arena.
—Yo, yo… No quería… —dijo el inspector.
—Cestaro, un lazo hemostático a Matteo. Rápido —gritó Minerva.
El inspector seguía de pie, aún sin entender lo que había hecho y cómo había desencadenado todo ese desastre.
Stan apartó al inspector con el hombro. Se sacó el cinturón y se agachó sobre Matteo.
—Venga, aguanta, esto se resuelve rápido —dijo Stan mientras le apretaba el cinturón.
Lo apretó tanto que Matteo gritó con todas sus fuerzas por el dolor.
—Tampoco pasa nada si sufres un poco, mamarracho, después de todas las muertes que has dejado tras de ti…
Minerva seguía con las manos en el cuello de Su Eminencia. Este miraba a Minerva con terror y desesperación en los ojos. Casi parecía que ella era un ángel oscuro que le estaba arrebatando el alma y la vida.
Su Eminencia fue aflojando la intensidad de sus espasmos y los movimientos de la boca. En sus pupilas estaba aflorando la muerte y, con ella, de la misma manera, iba quedando enterrada la verdad.
—¡Una ambulancia, joder! —gritó Minerva.
Una mano llegó y la apartó con fuerza. Vio el abrigo naranja reflectante de un sanitario. Luego se sintió arrastrada por alguien y aparecieron los médicos.
Rápidamente empezaron a hacerle una reanimación y a tapar la herida con gasas.
Minerva se levantó lentamente y Claudio la abrazó, mientras los sanitarios actuaban rápidamente.
Los fuertes brazos de Claudio la estrecharon. Aunque sus ojos color mediterráneo intentaban cruzarse con su mirada, ella seguía atenta a los médicos.
Tenían que salvarlo. No podía ser que se muriera ahora. No, no podía ser. No podía ser que se les estuviera escapando Su Eminencia, su verdad y todo lo que escondía detrás. No, no lo aceptaría.
—Hemos hecho todo lo que podíamos, Minerva, no somos invencibles —dijo Claudio y ella negó con la cabeza.
Cuando los sanitarios dejaron de intentar reanimar a Su Eminencia, en el interior de Minerva se encendió una rabia que no podía explicar.
Alzó la mirada. Tenía los brazos y las manos sucios de sangre.
—No puede ser. No, no me lo creo, no lo puedo aceptar —dijo.
Se liberó de los brazos de Claudio y se acercó a Su Eminencia, que estaba tendido en el suelo, con la boca tan abierta como su yugular y los ojos de par en par, sin expresión. Parecía un maniquí o una figura de cera.
Negaba con la cabeza, lentamente.
Alzó la mirada hacia el inspector Carlo Cestaro y este le devolvió la mirada.
—Lo siento, no pensaba…
Ella no lo dejó acabar. Se giró y se fue caminando hacia el altar.
Caminó hasta justo antes del escalón, se acercó a las largas velas y cogió una. Se disponía a tirarla contra el altar, cuando una fuerza se lo impidió.
Al girarse, Stan estaba allí, sujetándola.
Le quitó la vela por la fuerza y la dejó en su lugar.
Luego cogió a Minerva por los hombros.
—Escúchame bien —dijo Stan con su voz ronca y profunda de exfumador, a la que se añadía un tono de padre, de tutor, de mentor—.
Hemos hecho lo que hemos podido. Hemos conseguido capturar a Matteo.
Ahora nos toca seguir, Minerva. Debemos entender lo que tenía planificado Su Eminencia antes de morir.
Tenemos que buscar al tal Rufus, él es la clave.
Si no lo pillamos, es posible que él continúe asesinando en nombre de Su Eminencia.
—Intentó cruzar su mirada con la de su pupila—.
¿Me oyes? Minerva, me temo que esto no ha acabado.
Su Eminencia solo era un eslabón. Y para que no siga esta estela de muerte y locura, necesito que estés centrada y no hagas tonterías —dijo señalando las velas—. ¿Estamos de acuerdo?
Ella asintió.
—Lo tenía, Stan. Lo tenía. Ya era mío. Y ese cretino del tres al cuarto nos ha arrebatado la posibilidad de saber, de meterlo en la cárcel y de entender. ¡Joder!
Stan la abrazó. Entendía que la frustración más fuerte de Minerva derivaba de su necesidad de saciar su sed de criminóloga. Saber, entender, prevenir, estudiar la mente de un asesino en serie, o en este caso, de un asesino subliminal. Stan asintió.
—Te entiendo, Minerva, no sabes cuánto, y te apoyo —afirmó.
Luego se giró hacia los demás.
—Tenemos que irnos, el trabajo no ha terminado.
Minerva, con los ojos llenos de lágrimas de rabia, asintió y se intentó limpiar, pero estaba llena de sangre. Stan le secó las lágrimas que bajaban por sus mejillas con la manga de su gabardina.
—¿Somos un equipo? —preguntó Stan.
—Ya lo sabes… —respondió, molesta de que la tratara como si fuera una niña.
—Me gusta que me lo digas.
Ella bufó.
—Sí, somos un equipo.
—Solo serás una buena policía si no te dejas afectar por las situaciones y te distancias de los problemas. Mientras te dejes llevar por tu mala hostia, no lo serás del todo —dijo y ella sonrió—. ¿Entendido?
Ella asintió y suspiró.
—Venga, volvamos —dijo Minerva y alzó la mirada.
Vio que Claudio la miraba con ternura. Intentó esconder su estado de ánimo, y siguió caminando. A Matteo se lo estaban llevando en camilla, y Minerva sintió unas ganas tremendas de poder hablar con ese miserable; de conocer todos los entresijos y los detalles de Su Eminencia. Y lo haría muy pronto.