79
El Alfa Romeo de Cestaro fue el último en llegar a la iglesia.
Cuando apareció, el edificio estaba rodeado y sus hombres esperaban instrucciones.
Minerva, Claudio y el inspector Cestaro bajaron del coche y avanzaron hasta pocos metros de la puerta de la iglesia. Allí ya los esperaban Stan y Tilda.
—No hemos dejado entrar a la policía todavía —dijo Stan—, sabía que querrías estar presente.
Minerva asintió y sacó su pistola.
—No perdamos ni un minuto más —afirmó y se acercó a la puerta.
Cuando estuvo delante, se giró para coordinar quién entraba, cómo y en qué orden.
En cuanto abrió, antes de que pudiera decir una sola palabra, escucharon gritos provenientes del interior de la iglesia.
—¡Rufus!
Los ojos de Minerva se abrieron de repente. Se dispararon todas las alertas en su interior. Ya no había tiempo, tenían que actuar inmediatamente.
—¡Rufus, date prisa!
Minerva ni siquiera sabía dónde entraba, ni a cuántos se podría encontrar delante, pero abrió la puerta rápidamente.
Se oyó un chirrido de bisagras viejas y oxidadas, que se propagó por toda la basílica.
Minerva se encontró una escena oscura, donde solo se veían dos cosas al fondo: el gran crucifijo dorado que colgaba del ábside y dos individuos sentados a lo lejos.
Minerva levantó la pistola hacia ellos.
—¡Quietos, policía! —gritó la inspectora y se fue acercando con paso rápido y cauto a la vez.
Los dos hombres, que se habían girado por la incursión, se levantaron a la vez. Uno se ayudaba con un bastón. El otro alargó los brazos y cogió al otro por el cuello.
—¡Quietos! —gritó Minerva nuevamente.
Cuando llegó a pocos pasos de los dos individuos, el haz de luz lo iluminó todo y por fin entendió la situación.
Delante de ella estaba, finalmente, Su Eminencia. Iba vestido con una sotana con botones rojos. Usaba bastón y el solideo de color purpura se le había caído.
El otro, sin duda, era el hombre que habían perseguido durante todos esos días. Matteo, el hombre más buscado de la ciudad lombarda.
Matteo sujetaba a Su Eminencia. Le apretaba el brazo en torno al cuello, casi impidiéndole respirar. Con la otra mano sujetaba un cuchillo, que estaba a punto de clavarle en el abdomen.
—Deteneos —dijo Matteo con voz titubeante.
Minerva se había parado a pocos pasos, demasiado lejos para poder hacer nada.
Antes de contestar, decidió mirar a su alrededor.
Parecía que no había nadie más. Detrás de ella estaba Claudio, a un paso por detrás a su izquierda, y a la derecha, el inspector Cestaro. A varios pasos por detrás se encontraban Stan y el resto de la policía milanesa.
—Matteo —dijo Minerva con delicadeza—. Soy la inspectora Minerva Cadalso, de la Interpol. Por favor, baja el cuchillo y deja ir a Su Eminencia. No hace falta que esto acabe así.
Matteo la miraba con los ojos bien abiertos, apretando cada vez más el cuello de Su Eminencia.
—No tiene que acabar así, Matteo, ¿me oyes? —insistió Minerva—. Te entiendo, has pasado por un problema familiar muy grave y te has dejado llevar por este hombre, pero aún podemos arreglar la situación, no la compliques más, por favor.
Matteo negó con la cabeza.
—Este cerdo tiene que pagar. No puede seguir con su cruzada de vanidad y muerte.
—Estoy de acuerdo contigo, Matteo, pero necesitamos llevarlo delante de un juez. ¿Lo entiendes?
—No hace falta, inspectora. La Ley de Dios es mucho más justa que la que tenemos en este país de pandereta —afirmó Matteo y dio un apretón aún más fuerte en el cuello de Su Eminencia.
Este tenía los ojos salidos, y su rostro empezaba a volverse del mismo color que los botones que adornaban su pechera.
—Tenemos que procesarlo, ¿entiendes, Matteo? Quiero hablar con él, somos de una división de asesinos en serie y queremos entender qué ha llevado a este hombre a hacer lo que ha hecho.
Matteo miraba a Minerva y, de vez en cuando, dedicaba unos instantes a mirar a las personas que estaban detrás de ella y a su alrededor.
—No me vengas con bromas, ¿me oyes, inspectora?
Minerva asintió.
—No es ninguna broma; nadie te hará nada.
Solo quiero hablar contigo y con Su Eminencia.
Nadie te va a hacer nada, Matteo —dijo Minerva y se giró hacia los agentes y compañeros que iban detrás de ella.
Levantó la pistola y luego volvió a mirar a Matteo.
Después dejó la pistola en el suelo. Cuando se volvió a erguir, la apartó unos centímetros con el pie derecho, hacia los bancos.
—¿Ves? Nadie te quiere hacer nada. Ahora, suelta el cuchillo y vamos a hablar. Deja respirar a Su Eminencia. Si sigues así, lo vas a asfixiar, y en el fondo no lo quieres matar, ¿verdad?
Matteo no respondió enseguida, solo miró a Su Eminencia a la cara y apartó de su vientre el cuchillo.
Al verlo, Minerva suspiró; eso estaba yendo en buen camino. Las técnicas de negociación que había estudiado en la academia, a pesar de estar algo oxidadas, estaban ayudando.
Sin embargo, su sensación de estar consiguiéndolo duró poco. Matteo acercó la hoja del cuchillo al cuello de Su Eminencia.
—Este cerdo se merece morir. ¿Sabes lo que pasará, inspectora?
—dijo sin mirarla—. Te diré lo que pasará.
La justicia me ha fallado ya varias veces.
Me han despedido. La justicia dio la razón a Lorenzo Bellandi porque era quien era.
Y porque se codeaba con la flor y nata de los jueces de media Italia.
Y mi hija, una pobre inocente, se vio desamparada porque era hija de un simple y miserable contable —le espetó con los dientes apretados y con rabia acumulada—.
Lo que te voy a decir es lo siguiente, inspectora: lo que va a pasar es que este cerdo entrará en la cárcel, a los pocos meses pagará una fianza y se marchará de rositas.
Lo van a juzgar, y su abogado se inventará una invalidez mental y entonces saldrá de la cárcel.
Regresará allá donde estaba antes y morirá tan tranquilo, como si esto nunca hubiera pasado. ¡Esto es lo que pasará!
Minerva arrugó el ceño y dio un paso adelante.
—Matteo Vescovi, tú no me conoces, pero te aseguro que le tengo la misma tirria a la iglesia cristiana, y a todas las religiones, o sectas, o llámalas como quieras, que tú le puedas tener a este hombre.
Te lo aseguro. Te lo prometo. Y si no, que te lo diga este medio cura que viene siempre conmigo —dijo y señaló a su derecha, donde estaba Claudio.
Este dio un paso adelante.
—Matteo, te lo aseguro, la inspectora Cadalso dice la verdad. Ella, en nombre de la Interpol, te está asegurando que este asesino tendrá su merecido —dijo Claudio, desde detrás de Minerva—. Confía en ella y confía en mí, que soy seminarista.
De pronto, Matteo se sintió desplazado. Esas dos personas le habían hecho tambalear sus ideas y sus planes. Dio un ligero paso a la derecha, involuntario, sin casi darse cuenta, seguramente llevado por el cambio de peso, porque llevaba muchos minutos con el peso en la misma pierna.
La vista de Matteo saltó de la inspectora al seminarista. Y luego al revés.
Fue a hablar pero, de pronto, en la Basílica de Sant’Eustorgio se escuchó un estruendo terrible, que se difundió por el amplio espacio.
El ruido ensordecedor cogió a todos desprevenidos.
Un fortísimo pitido resonó en la oreja izquierda de Minerva.
Al girarse, vio una pistola humeante. El inspector Cestaro había disparado.