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La frase de Matteo creó un momento de incomodidad entre los dos hombres.
Matteo acababa de decir que los asesinatos de los diez mandamientos eran una patraña.
Su Eminencia lo miró con intensidad.
—¿¡Qué quieres decir con patraña , hijo?! —bramó Su Eminencia.
Matteo sonrió de medio lado.
—Pienso que su labor de difundir los mandamientos es una patraña. Una cruzada que no sirve para nada. Usted busca a personas desesperadas o en una situación límite y las mete en un callejón sin salida. Personas como yo.
Su Eminencia arrugó el ceño. Matteo empezó a ver en el rostro de aquel anciano la desorientación y unos primeros destellos de miedo.
—Creo que te has equivocado, hijo… ¿entonces no quieres la absolución?
Matteo bufó, demostrando que eso era realmente lo que menos le importaba.
—¿Sabe qué creo? —dijo Matteo con calma, como si estuviera sentado cuadrando un balance, en la oficina de Gabriele Conti—.
Creo que usted tiene un problema de vanidad.
No ha sido nada en su iglesia católica y romana.
No ha aparecido en ningún diario, en ninguna bibliografía, no ha salido en la televisión y quería, antes de morir, un último coletazo de atención.
Quería dejar un legado, aunque fuera de muerte o de sangre.
—¡Rufus, ya puedes volver! —dijo Su Eminencia en voz alta.
—Rufus no le va a escuchar —respondió.
Matteo seguía sentado en la silla, ligeramente girada para ver mejor a Su Eminencia. Tenía las piernas cruzadas y miraba muy fijamente al hombre anciano, que se apoyaba en el bastón y parecía cada vez más desorientado.
—No supo dejar un legado de bondad ni de bien, así que lo quiere dejar de mal.
Está claro, Su Eminencia; es mucho más fácil dejar una estela de muerte que de caridad.
Es más fácil llamar la atención con una primera página en los periódicos por matar, que en pequeñas columnas en folletos parroquiales que ya nadie lee por una buena obra. ¿Verdad?
Su Eminencia lo miraba cada vez con más recelo.
—¿¡Rufus!? —vociferó.
—Recuerdo su primera llamada. No sé si usted se acuerda.
—Me acuerdo de cada una de las conversaciones que mantuvimos. Mi cabeza funciona muy bien —replicó Su Eminencia.
—Me dijo que en la vida no podíamos ser siempre corderitos y dejar que nos llevasen al matadero.
A veces hay que ser lobos para que las demás ovejitas no lleguen al matadero —indicó Matteo—, y dijo que teníamos que dejar un legado, un nombre en la historia, que debíamos ayudar a las ovejitas a encontrarse de nuevo con ellas mismas.
Dijo que los mandamientos eran la respuesta.
—Los mandamientos son la respuesta a tanto sufrimiento, a tanta desorientación, a tanta desconexión de la sociedad…
Matteo asintió.
—Lo que no consideró era que una de sus ovejitas se pudiera rebelar.
Su Eminencia intentó levantarse. Matteo descruzó las piernas y lo empujó para que se sentara de nuevo.
—No tan rápido, Su Eminencia.
—¡Rufus! —gritó de nuevo.
—Rufus, aunque venga, ya poco podrá hacer.
La frase le sentó al cura como una patada. Lo miró directamente a los ojos, con los dientes apretados.
—¿Qué quieres realmente, Matteo? —le preguntó—.
No sabes el bien que estamos haciendo. Los feligreses no dejan de hablar y comentar en las redes sociales.
Acuden más a las iglesias. Lo que has hecho tú, lo que hemos conseguido en Madrid y en París, está teniendo repercusión.
¿No lo ves? Eres un héroe. Somos unos héroes.
Tu familia, desde allí arriba, te está viendo con orgullo y con admiración —dijo Su Eminencia.
—No hable de mi hija ni de mi mujer. Ellas no tienen nada que ver con esto.
—Lo sé, te entiendo —dijo Su Eminencia y por primera vez le tocó, apoyando la mano en su brazo—.
Tienes que entender que eres, y somos, unos mesías.
La historia nos recordará como tales. Aunque ahora la sociedad nos vea como asesinos, no te equivoques; las generaciones venideras nos mirarán con admiración, sobre todo los que importan: los feligreses, los cristianos.
Esos son los que realmente nos importan, ¿no es así?
Matteo levantó la mirada. Sus ojos estaban vidriosos y tenía en mente los últimos minutos de vida de su hija, en una cama de hospital.
—Al final, has liberado a la sociedad de tres figuras tóxicas, que solo eran unas manzanas podridas. Como siempre le he dicho a Rufus, lo que estamos haciendo es ir más allá de la ley civil. Porque la ley de Dios, los diez mandamientos, son una ley más dura, más intransigente. ¿Verdad, Matteo?
Matteo negó con la cabeza.
—No lo entiendo, Su Eminencia. Lo siento. Sigo pensando que todo esto es una patraña.
Su Eminencia aún no se había dado cuenta de la peligrosidad de la situación.
No se había dado cuenta del riesgo al que se estaba enfrentando: Matteo no dejaba de ser un asesino.
Él lo había convertido en un asesino. La ocasión, la vida y la injusticia le habían puesto en bandeja la posibilidad de convertirse en uno.
Matteo sacó un cuchillo de su bolsillo.
Los ojos de Su Eminencia se abrieron de par en par.
Matteo miró el arma.
—¿Sabe qué es esto?
—Hijo, guarda eso, por el amor de Dios, que nos podemos hacer daño.
—Daño… —dijo riéndose amargamente—. Sí, mucho daño.
Este es el cuchillo con el que he matado a todas esas víctimas por usted.
Este mismo cuchillo. Y lástima que en mi mochila tenía un cáliz de regalo, pero me temo que tendremos que hacerlo sin eso…
pero no pasa nada. Espero que no le importe si tampoco le envío ningún mensaje, pero no he traído mi móvil. Se lo ha llevado Rufus con la mochila.
—¡Rufus! —gritó Su Eminencia, aún más alto.
—Me temo que su perro faldero no vendrá a salvarle. O, por lo menos, esta vez no.
—¡Rufus, date prisa!
Matteo sonrió con los ojos tan abiertos que Su Eminencia sintió casi más temor de su mirada delirante que del cuchillo.
—No se preocupe, Su Eminencia, le voy a decir su antiextremaunción —afirmó Matteo—. Su cruzada termina aquí.