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Rufus salió preocupado de la iglesia. Tenía un mal presentimiento, que no le daba tranquilidad. Cuando las cosas iban de la manera programada, Rufus se sentía en paz. Pero ahora no era así.
¿Por qué Matteo había querido ver a Su Eminencia?
¿Qué era lo que le quería decir sin su presencia?
¿De verdad quería solo confesarse?
Matteo no sabía que Rufus también lo habría podido confesar sin problemas.
Rufus cruzó la sacristía y siguió caminando hasta la puerta que llevaba fuera. Le vendría bien una bocanada de aire. Dejó la iglesia atrás y salió al exterior.
La Via Santa Croce estaba extrañamente vacía y terriblemente silenciosa. No daba la sensación de estar en una ciudad de casi cuatro millones de habitantes, como era Milano .
Recordó la conversación que había mantenido el día antes con el cura, para pedirle que les dejara la iglesia vacía para ese encuentro. Ahora, lo que iba a ser una reunión rápida se estaba alargando.
La calle estaba adornada con jardineras y árboles majestuosos.
La niebla le impedía ver las copas de los árboles. Hacía frío y, al expirar, su aliento se transformaba en vaho. Pero a pesar de eso, él poco sentía el frío. Había vivido entre la nieve y las montañas, hasta que su vida cambió al encontrar a Su Eminencia.
De pronto se imaginó que Matteo estaría hablándole mal de él a Su Eminencia. Seguramente le diría que lo había tratado mal, o que no había sido tan complaciente como Matteo se imaginaba.
Fuera como fuese, más tarde le preguntaría lo que Matteo le había dicho, y se enteraría de todo.
Al final, no tenía mucha importancia; la operación en Milán estaba completada y él se iría a la mañana siguiente. Pero, aun así, el gusano de la incertidumbre y de la curiosidad le estaba recorriendo el cuerpo.
Miró el reloj y decidió dar un paseo.
Caminó calle abajo, seguro de que en breve le llamarían para que regresara a la iglesia.
Fue caminando hacia la parte donde estaba la entrada principal de la iglesia, cerca de donde estaba aparcado el coche de Matteo.
Le llamó la atención un restaurante que estaba del otro lado de la calle.
Dejó atrás la iglesia y se acercó al restaurante.
Era una osteria con el mismo nombre de la iglesia.
Había cenado ya y no tenía hambre, pero el olor a pan caliente y a comida recién hecha que salía del restaurante era una delicia para su maltrecho olfato.
Maltrecho, sí, porque los puñetazos que había recibido en su vida habían alterado su percepción olfativa.
Mientras, por curiosidad, miraba la carta expuesta en la terraza, algo le llamó la atención.
Se giró, identificando un ruido en la lejanía que le provocó un escalofrío.
Rápidamente, su cerebro imaginó la situación que estaba a punto de suceder.
Dejó de lado la osteria y su carta. Justo en el edificio de al lado, había un pequeño zaguán que daba acceso al patio interior del inmueble contiguo.
Un espacio de un par de metros protegido por una estructura, seguramente creado para resguardar a los propietarios durante los días de lluvia y frío intenso.
Rufus desapareció en él y fue engullido por la oscuridad del zaguán.
Lo hizo justo a tiempo, porque las sirenas de los coches de la policía se oyeron pocos segundos antes de que hicieran su aparición los vehículos de la policía.
Frenaron justo en la entrada de la calle. Por las calles laterales aparecieron otros.
En un abrir y cerrar de ojos, Rufus se dio cuenta de que la iglesia estaba rodeada.
Sintió desasosiego, y también algo de agradecimiento hacia Matteo. Si no hubiera pedido confesarse, en ese momento, Rufus no habría podido escapar a tiempo.
Los agentes bajaron de los vehículos y rápidamente acordonaron la zona.
Rufus no se lo pensó ni un segundo más. Se subió el cuello de la cazadora y se marchó. Recorrió la ciudad en la oscuridad, respaldado por la niebla milanesa. Se sintió un poco mal dejando a esos dos hombres en la Basílica de Sant’Eustorgio, a merced de su destino.
Se giró por última vez, haciendo justamente lo que el Señor les había prohibido a Lot y a su mujer: darse la vuelta. Ella lo hizo y se convirtió en una estatua de sal. Lot, en cambio, sobrevivió a la destrucción apocalíptica de Sodoma.
Rufus, al hacerlo, sintió el paralelismo y pensó enseguida que estaba cometiendo un pecado al marcharse y dejarlos ahí.
Pero siguió y dejó la iglesia atrás, sabiendo que su obligación era llevar a cabo la voluntad de Su Eminencia.
Suspiró y continuó. Debía dirigirse esa misma noche a la próxima misión que estaba establecida. Los feligreses necesitaban que les mostraran el camino, y él seguiría haciéndolo.