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Minerva necesitaba sentarse, pero el hangar para aviones privados no tenía ni una sola silla.
—¿Estás seguro?
Claudio hizo un movimiento inequívoco con la mano.
—Estoy segurísimo. Pero hay más. El problema no es tanto a quién se refiere, que lo sabemos, sino el lugar.
—¿El lugar?
—No dice el lugar.
—¿Y qué dice? —preguntó Minerva.
—Es un acertijo, una pista, una frase para interpretar.
Minerva suspiró. Eso lo odiaba. ¿Por qué un asesino no podía decir simplemente “lo encontraréis aquí”? Al menos, cuando Su Eminencia enviaba a Tilda un correo electrónico, le indicaba las coordenadas de GPS. Sin tantos rodeos, sin tantos flecos.
—¿Y cómo es la frase exactamente? —preguntó el inspector Carlo Cestaro.
Claudio alcanzó el móvil.
—La frase es la siguiente: «Su Eminencia. Donde la verdad de Leonardo fue juzgada». —dijo y levantó la mirada.
Minerva se pasó las manos por la cara.
—¡Por todos los malditos curas! —exclamó Minerva y alzó la mirada hacia Claudio—. No me mires así, he dicho cura, tú no lo eres…
Él negó con la cabeza.
—Sabemos que es un lugar de Milán con Leonardo como figura importante, ¿entiendo bien, verdad? —preguntó el inspector.
Claudio asintió.
—Eso parece. Matteo quiere que vayamos a un lugar donde en el pasado, estuvo Leonardo. Mierda… —dijo Claudio, mirando a su alrededor.
—¡Claudio! —le espetó Minerva, sorprendida por aquella blasfemia tan poco propia de él.
El seminarista, muy concentrado, dejó atrás la escena del delito, caminó hasta las escaleras del avión y subió.
Allí, buscó entre las cosas del piloto y del copiloto. Sacó un bolígrafo y unas hojas de papel en blanco. Pasó por delante de la puerta e indicó a los otros dos que subieran. Se sentaron en la mesa del avión de Gabriele Conti, y Claudio empezó a escribir.
—¿Qué haces?
—Tenemos que buscar, para luego descartar, todos los lugares de Milán donde estuvo Leonardo. En este listado empieza todo —afirmó Claudio.
La lista era larga, pero en un momento se detuvo y alzó la mirada al inspector.
—Ayúdeme a completarla, seguro que me dejo algo —dijo Claudio y giró el papel y empezó a enumerar todos los lugares que había apuntado—.
El primero es la iglesia de Santa Maria delle Grazie y el Refectorio, donde pintó La Última Cena .
Luego estuvo en el Castello Sforzesco , donde estuvo trabajando en la corte de Ludovico Sforza.
Dentro de su castillo, dibujó La Sala delle Asse , donde dibujó la obra, el gran mural de Leonardo, La Vigna di Leonardo .
—¿ Vigna significa viñedo? ¿Leonardo era también agricultor? —preguntó Minerva.
—Es el famoso viñedo que le regaló Ludovico Sforza. Contigua a las viñas, está la Casa degli Atellani . Su residencia, vinculada a la Vigna en ese terreno. ¿Qué más me dejo? —preguntó Claudio al inspector.
—¿Puedo? —preguntó el inspector, gesticulando para escribir algo.
Claudio le pasó el bolígrafo.
—Qué más, a ver, vamos a ver… Alcro , la Biblioteca Ambrosiana donde se conserva el Codex Atlanticus , el Ospedale Maggiore donde llevó a cabo sus famosos estudios anatómicos.
La Conca dell’Incoronata donde realizó la más importante esclusa, recordando sus trabajos hidráulicos —dijo y se acercó al labio el bolígrafo—. ¿Qué más…?
Claudio intervino.
—El Naviglio Grande , los canales que estudió y mejoró.
El inspector escribió.
—Exacto. Y no nos olvidemos de la Basílica di Sant’Eustorgio , importante centro religioso de la Milán de los Sforza y la Abbazia di Chiaravalle , donde llevó a cabo los estudios de arquitectura e hidráulica —dijo entusiasta el inspector, dejando el bolígrafo en la mesa del avión.
Minerva levantó la mirada, en sus ojos estaba la más pura y sincera preocupación.
—¿Cuántos lugares son? —espetó Minerva—. ¿Diez, once? Eso es media ciudad. ¿Cómo podemos revisar todos esos sitios?
—No te preocupes, usaremos los efectivos que haga falta y los revisaremos todos a la vez. De eso me ocupo yo —aseguró el inspector.
Claudio negó con la cabeza.
—No, lo que quiero decir es que, a partir de ahora, deberíamos ir descartando lugares, en vez de ir a todos.
Minerva seguía mirando el listado.
—Vamos a ver, la frase dice: «Su Eminencia. Donde la verdad de Leonardo fue Juzgada». Eso quiere decir que algo tiene que ver con mentir, o algo que tenía escondido Leonardo. En su momento, Leonardo, escondió algo o tuvo que mentir por algún motivo…
Claudio lanzó su idea y los otros dos se callaron, pensando.
—Cuando explicaban en el instituto sobre Leonardo y todos los otros renacentistas, yo pensaba en mis cosas y saqué un dos en ese examen. Ojalá hubiera escuchado —dijo Minerva de mal humor.
—Está bien, no te preocupes. Vamos por partes —dijo Claudio.
—Es fácil —aseguró el inspector Cestaro—. Leonardo da Vinci era famoso por ser gay. Seguramente su mentira fuera algo relacionado con su orientación sexual. En esa época, no podía decirlo abiertamente. ¿No os parece?
Claudio asintió.
—Cierto. Entonces tenemos que buscar un lugar, o un edificio, que encaje con ese dato; un lugar donde fuera juzgado. ¿Se os ocurre algo?
El inspector negó con la cabeza.
—Busca en Google, a ver qué dice.
Claudio lo hizo, pero no encontró ningún resultado que encajara para la situación.
—Nada, no sabría decirte dónde pudo ser juzgado por esas cosas —añadió Claudio.
—A lo mejor no fue juzgado exactamente por eso —indicó Minerva.
—En esa época, ser gay era ir en contra de Dios y de los cánones naturales, era una herejía… lo consideraban casi una enfermedad, por desgracia.
—¿Has dicho una enfermedad? ¡El hospital! ¿No hay un hospital? El Hospital Maggiore, donde realizó los estudios anatómicos —indicó Minerva apuntando el folio—. Allí es, ese es el lugar donde está Su Eminencia.
Claudio negó con la cabeza.
—Espera, en ningún momento hay constancia histórica de una declaración oficial, ni de que lo pillaran con las manos en la masa. Todo son suposiciones hechas en el presente —añadió Claudio.
—¿Quieres decir que, a lo mejor, Leonardo no fue juzgado por eso? —preguntó Minerva.
—Sí, eso pienso. Tiene que ser otra cosa —aseguró Claudio.
Minerva se apoyó en el respaldo del sillón del avión.
Miró por la ventanilla, desde donde solo se podía ver el otro lado del hangar.
—Vale, no nos enfriemos, chicos —dijo Claudio—. ¿Por qué más fue juzgado Leonardo?
El inspector se rio.
—¿De qué te ríes?
Entonces Claudio también se rio.
—¿De qué os reís? No lo pillo, ¿de qué va esto?
—¿Estás pensando lo mismo que pienso yo? —preguntó Claudio al inspector.
—Es curioso que lo piense un cura…
—¡Seminarista! —puntualizó Minerva—. ¿De qué va esto? ¡Dímelo!
—Leonardo da Vinci era un hereje. Alguien que no creía en Dios.
—Pero, a pesar de eso, pintó la mejor obra de la Última Cena —dijo Claudio.
—Bueno, lo que ocurrió es que él quería demostrar su gran habilidad con la pintura, y dejar para la posteridad algo grande. Por eso Ludovico Sforza le dejó pintar ese fresco. Pero él era un hereje.
—¿Por qué hereje? —preguntó Minerva.
—Leonardo da Vinci era cátaro.
Minerva negó con la cabeza.
—¿Eso no aparece en El código da Vinci de Dan Brown?
—Sí y no. En ese libro se barajan varias teorías controvertidas, pero se dice que Leonardo era cátaro, y los cátaros eran perseguidos en esa época.
—¿Pero quiénes eran los cátaros? —preguntó Minerva.
—Los cátaros —explicó Claudio— eran miembros de un movimiento religioso cristiano. Eran ascéticos y agnósticos que se extendieron por Europa Occidental, especialmente en el norte de Italia y el sur de Francia, entre los siglos diez y catorce.
—Entonces, esperad… —dijo Minerva, mientras apoyaba los codos en la mesa y se acercaba con la barbilla—. Eso quiere decir que sí juzgaron a Leonardo, pero por ser cátaro.
Claudio se calló y miró de nuevo el listado. Se lo acercó a los ojos y sonrió.
—Creo que ya sé dónde está Su Eminencia.
Minerva le dio un codazo.
—¿¡Dónde!?
Claudio se pasó la mano por el pelo y suspiró profundamente.
—Creo que estará en una iglesia que durante siglos fue el Tribunal de la Inquisición de Milán. Allí es donde juzgaron a Leonardo y, a partir de eso, tuvo que marcharse a Francia.
—Basta de acertijos, Claudio. ¿Dónde?
—La basílica de Sant’Eustorgio, ahí está Su Eminencia. Seguro —afirmó mirando directamente a los ojos a Minerva y señalando la línea donde aparecía la catedral—. Era donde los dominicos acusaban a los cátaros.
Minerva se levantó y se acercó a la puerta.
Sin girarse, comenzó a bajar la escalera.
Tenían que recuperar el Alfa Romeo y volver a Milán.
La sola idea de poder atrapar por fin a Su Eminencia hacía que apenas pudiera contener la impaciencia.
El momento del juicio final estaba cada vez más cerca.
Y, esta vez, sería él quien tendría que responder por todos sus pecados.