75
Matteo no sabía qué pensar exactamente.
Por un lado, no se había imaginado así a Su Eminencia. Pero, por otro, era difícil imaginar a alguien solo por su voz al teléfono.
Para Su Eminencia debía de ser diferente: después de todo, la cara de Matteo salía en todos los noticieros: primero con un retrato robot y ahora en el vídeo que habían enviado a Tilda.
Su Eminencia era más alto que él y debía de pesar más de cien kilos. La sotana le iba justa; tanto, que los botones que cruzaban su pecho estaban tirantes por la presión. Por encima de su vestido le colgaba del cuello un crucifijo de oro con una cadena gruesa, y un solideo le tapaba la coronilla.
Matteo sonrió: aunque no se había podido imaginar bien la cara de Su Eminencia, al menos había acertado en algo: era un arzobispo, o incluso un cardenal. Por sus vestiduras supo al instante que era un cargo importante en la Iglesia.
Su Eminencia, después de haberlo estudiado, lo santiguó.
— Dio sia lodato —dijo con voz tosca y rasposa.
— Sempre sia lodato —contestó Matteo y sonrió de nuevo—. Tenía muchas ganas de verle, Su Eminencia.
El religioso asintió, sin añadir nada más.
—¿Le puedo llamar por su nombre o debo hacerlo de alguna manera diferente? —preguntó algo titubeante y con la voz temblorosa.
Su Eminencia suspiró. Se giró de nuevo hacia el altar y negó con la cabeza.
—Su Eminencia está bien, gracias.
Matteo bajó la cabeza en señal de respeto.
—Has completado una gran labor en Milán, Matteo. Estoy seguro de que el octavo mandamiento ha quedado muy claro a todos los feligreses. Estoy convencido de ello.
—Gracias, Su Eminencia, he sido muy meticuloso y creo que ha quedado tal y como ha indicado en sus manuales y en sus enseñanzas. Y… —dijo Matteo y se giró hacia el otro hombre—, con la ayuda de Rufus, por supuesto.
Su Eminencia no apartó la mirada del altar de la iglesia. Mantuvo el silencio por unos segundos, mientras seguía pasando las esferas del rosario que sujetaba con la mano derecha, ya que la izquierda seguía sujetando un bastón que, por alguna razón que Matteo no comprendía, no apoyaba en el suelo.
La iglesia estaba casi a oscuras. Solo estaban iluminadas dos secciones de ella, un foco iluminaba precariamente los bancos alrededor de Su Eminencia y parte del pasillo, y el altar con su crucifijo colgado del techo.
Matteo miró a su alrededor por un segundo. A su izquierda, una pequeña capilla con una figura de la Virgen María estaba iluminada por unas velas que, con el movimiento del aire, hacían un baile de sombras que creaban la ilusión de que la imagen se movía.
—¿Cómo se encuentra, Su Eminencia? Me pareció oír, en una de nuestras llamadas, que estaba ingresado, o que llevaba un pulsioxímetro, de esos que usan en los hospitales para medir las pulsaciones y el nivel de oxígeno en sangre. ¿Ya se encuentra mejor?
Su Eminencia suspiró profundamente.
—A mi edad, los achaques no perdonan. Pero de momento, Nuestro Señor aún no me quiere a su lado. Así que podemos seguir con nuestra misión —afirmó con convicción—. Hasta que esta se acabe.
Se quedaron unos instantes en silencio.
—Has insistido tanto en ver a Su Eminencia, y con tanto secretismo… —dijo Rufus, volviendo a llamar la atención de Matteo—, pues aquí lo tienes, ¿qué le tienes que decir?
Matteo tragó saliva.
Su Eminencia se detuvo con el rosario y dejó de mover los labios como si estuviera rezando.
Se giró hacia Matteo.
—Verá, he insistido tanto para verle porque me gustaría… —dijo Matteo, se detuvo para pensar y decidió seguir con un tono más firme—, mejor dicho, necesito…
—¿Qué necesitas, Matteo? —preguntó Su Eminencia.
Él respiró profundamente.
—Necesito que me confiese —dijo Matteo—. Sí, necesito que me confiese usted y que me dé la absolución, para mí, para mi hija y para mi mujer, por supuesto.
Matteo bajó la cabeza, en señal de respeto.
Su Eminencia, sin cambiar de expresión, se giró hacia Rufus. Los dos se miraron unos instantes. Cuando Matteo levantó la cabeza, Su Eminencia lo miró directamente a los ojos.
A Matteo lo intimidó esa mirada. En sus ojos vio más fuerza de lo normal, y una sensación extraña le recorrió el cuerpo. No supo explicarlo, pero ese hombre era muchas más cosas de las que escondía detrás de sus vestiduras.
—Está bien, te confesaré y bendeciremos a toda tu familia —dijo asintiendo.
Matteo sonrió y se giró hacia Rufus. Lo miró, y luego se giró de nuevo hacia Su Eminencia.
—Pero me gustaría que estuviéramos solos, ya me entiende, por el secreto confesional —dijo Matteo.
Su Eminencia, sin pensárselo, inclinó la cabeza casi imperceptiblemente y luego la levantó.
—Puedes irte, Rufus, hijo mío. Matteo tiene razón. Esto debe quedar bajo sigilo sacramental, solo entre nosotros dos —dijo a Rufus.
—¿Está seguro, Su Eminencia?
—Sí, claro, está todo bajo control —indicó con la cabeza mientras asentía—. Puedes marcharte.
—Esperaré unas filas más atrás —indicó Rufus.
—Preferiría estar a solas con usted —puntualizó Matteo—. A solas de verdad. Solo Nuestro Señor, usted y yo.
Al decir estas palabras, se giró hacia Rufus y este le dirigió una mirada nada amistosa.
—Me quedo al final de los bancos —dijo Rufus señalando la última fila de la iglesia, que casi no se veía en la oscuridad—. Será suficiente.
Su Eminencia hizo una mueca.
—Rufus, no será necesario. Me quedaré a solas con Matteo, no pasa nada.
Rufus gruñó, mirando a Matteo, y obedeció la orden.
Cogió la mochila que le había confiscado a Matteo y se la puso en el hombro.
Caminó en silencio hasta una puerta que daba a la sacristía.
Matteo y Su Eminencia se quedaron en silencio, observando al hombre de cuello ancho mientras salía.
Al cerrar la puerta lo hizo seguramente más fuerte de lo debido y el portazo resonó en toda la iglesia.
Cuando el eco se detuvo, Su Eminencia se giró un instante hacia Matteo y volvió a santiguarse.
—Que el Señor esté en tu corazón para que puedas arrepentirte y confesar humildemente tus pecados.
—Ave María Purísima —respondió Matteo.
—Sin pecado concebida —añadió Su Eminencia—. ¿En qué has pecado, hijo?
Matteo suspiró y comenzó a decir todos los pecados que había cometido, relacionados con los asesinatos de los últimos tres días.
El listado parecía que no acababa nunca, hasta que concluyó.
—Y por último quiero confesar que, después de todo esto, he cometido un error aún más grande.
A esta frase, Su Eminencia se quedó sorprendido.
—¿A qué te refieres, hijo?
—Me refiero al error más grande de todos; ser partícipe de esta patraña de los asesinatos de los diez mandamientos —le soltó y vio cómo Su Eminencia se giraba hacia él con extrema lentitud, como si desconfiara de ese hombre que estaba a su lado después de oír una frase tan afilada y contundente.
—¿Qué quieres decir con “patraña”? —preguntó Su Eminencia.
El tono molesto no solo se notó en su voz; Matteo lo vio también en sus ojos.